© Fabio Borquez


En la mañana lo había visto por primera vez desde el Agra Fort, desde el pabellón de oro que daba al río Yamuna, quizás desde el mismo lugar desde donde Shah Jahal lo comtempló hasta su muerte en el cautiverio. Aunque la lejanía no nos daba la escala, se erguía majestuosamente entre una arboleda, que acentuaba su brillo, era otro símbolo de la contradicción del pueblo indio, esos extremos vertiginosos que uno sólo respira bajo este cielo color lavanda. Entre la piedra trabajada apoyé mi cámara para plasmar, lo que había enceguecido mis ojos, mi compañera se encargaba de transportar al infinito la imagen de un segundo, la eternidad misma de cada hecho que aparecía ante mí inesperadamente.