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Store Publicación, de Manu Alarcón:
Cuando la fotografía se convierte en geometría variable,
cuando Mondrian o Malevich ofrecen sus planos de color al
objetivo, cuando el diseño industrial se incrusta en la
cámara, cuando la cinética se tamiza de filtros, cuando
el ángulo recto de una viga se convierte en línea de fuga,
cuando el estatismo de la estructura se convierte en el
dinamismo de la composición, cuando la asimetría interpela
al espectador, cuando el frío artilugio de la era
post-industrial se convierte en cálido sujeto de una fotografía,
entonces ...
Cuando el remolque de un camión se estrella contra la noche
estrellada, cuando la puerta de plancha es la arruga de una
pared lisa, cuando la brocha del pintor construye un mundo
mítico en el asfalto, cuando el cromo es hierro, cuando el
hombre se ausenta de un mundo poblado por sus enseres y sus
construcciones, cuando el reflejo de un objeto despide
destellos como caricias, entonces ...
Cuando el frío se torna abrigo, cuando el canalón de un
desagüe lleva a la luna, cuando el cubismo se convierte en
fábrica y la fábrica en ausencia, cuando surgen brillos de
los rojos y los amarillos para desafiar utilidades, cuando
lo práctico se torna instantáneamente verdadero, cuando lo
verdadero deja de ser práctico, cuando el color reclama
pureza, cuando la pureza reclama atención, entonces ...
Cuando el suelo pierde su condición de soporte, cuando el
cielo olvida su misión de resguardo, cuando el suelo y el
cielo se tornan planos en la composición, cuando el encuadre
juega con el objeto, cuando la nave rotunda se torna liviana,
cuando la mole se torna ligera, cuando se puede saltar de
hierro en hierro hasta la nube, cuando la cámara fotográfica
invita a mirar lo invisible por reiterado, entonces ...
Entonces aparece la mano-click de Manu Alarcón y la obra-crash
de su Store.
Sabe Manu que la fotografía apareció casi al mismo tiempo que
el ferrocarril: a qué negar, pues, la colusión.
La industria que trastornó nuestros paisajes y nuestros adentros
desde ese arranque del siglo XIX no fue asunto predilecto del
fotógrafo, más ocupado en el retrato burgués y en campo bucólico.
Pero el fotógrafo hubo de asumir lo inevitable: sus paisajes
cambiaban, como su alma.
Como su experiencia, como su técnica, como sus prótesis ópticas,
como sus deseos.
Y la fotografía dejó de huir.
Manu no huye.
Compone.
Sus materiales: la soledad, el color plano, la superficie lisa,
el metal, el cemento, la carretera, el aire.
Rescata eso que alguien llamó la cualidad objetual de la imagen:
su condición física, su rotundidad, su perdurabilidad.
Y propone.
Nos propone ver armonía donde cotidianamente vemos tráfago.
Nos propone el silencio allí donde estamos acostumbrados al ruido.
Nos propone el encanto allí donde solemos encontrar grasa, hollín
o suciedad.
Nos propone arropar con la mirada lo que hemos construido, porque
también forma parte de nosotros.
Lo hecho no echa a andar por sí mismo.
Sigue siendo un producto de nuestra mano, de nuestro cerebro, de
nuestro corazón.
Y podemos reapropiarnos de sus cualidades, de sus texturas, de
sus reflejos.
Para redescubrirlo, para abrirlo, para inventarlo una y otra vez.
Manu Alarcón inventa lo que ya estaba ahí.
Su plástica es la de la evidencia.
Su fotografía es la ilustración de nuestra ceguera con relación
a lo cotidiano.
Pero es un amigo: nos invita a ver con la mirada.
Con Store.
Veamos.
Francesc A. Martínez Gallego
Departamento de Teoría de los Lenguajes
Universitat de València
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