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En esta serie de fotografías que nos ha remitido Antonio Chagín tenemos un
claro ejemplo del "matrimonio" entre la fotografía convencional, la de siempre,
y la moderna o digital.
Las fotografías están tomadas a la que casi deberíamos denominar antigua usanza,
reveladas con líquidos, tiempos y temperaturas y además con un clásico entre los
reveladores como sigue siendo el KODAK D76.
Una vez obtenidos los negativos, su digitalización nos brinda la posibilidad de
atacarlos con el famoso programa "potochó" y conseguir los resultados que
tenemos ante nuestros ojos.
Partiendo de unos buenos encuadres, una muy correcta iluminación, el resultado
es formidable.
La maestría del fotógrafo, en la toma y en el manejo informático posterior son
palpables.
No en vano Antonio nos confiesa estar dedicado en cuerpo y alma al mundo digital
en las numerosas facetas que este brinda en cuanto a diseño y confección de
páginas y libros digitales.
Pero yo quiero hacer el esfuerzo de suponer que las fotografías que tengo ante
mi vista son así, como si las estuviera viendo hace veinte años en que no existían
toda esta serie de formidables herramientas a nuestra disposición.
Podría enfocar mi atención a la parte técnica y seguramente me devanaría los
sesos intentando intuir que tipo de manipulación habían sufrido ¿algún revelado
especial? ¿solarización? ¿película infrarroja? ¿virado? ...
La obtención de imágenes impactantes hace años llevaba sus dosis de técnica,
conocimiento y el aditamento de mucha, mucha, paciencia.
El manejo del color y sus alteraciones era complicado y difícil.
En blanco y negro se hacían muchas más cosas con una relativa sencillez.
Ahora todo se ha simplificado y el fotógrafo tiene a su alcance multitud de
posibilidades para transmitir su hacer sin casi ningún tipo e cortapisas.
Pero acercándonos cautelosamente al resultado final, alejándonos de divagar
acerca de las técnicas utilizadas, la iluminación y la frescura que rezuman
las fotos de Antonio nos transportan a un mundo pleno de luz, de frescor,
de agua, de esos paraísos olvidados por los que suspiramos con demasiada
frecuencia, y mucho más, aquellos que vivimos en las ciudades, lejos de esos
paisajes idílicos.
Y eso es captar la emoción en una fotografía y transmitirla al que la visualiza,
que pueda aprehender sensaciones y emociones, aunque imaginarias, que nos
pongan en conexión con el creador de la imagen.
Comentario: Ángel Luis Domínguez - Noviembre de 2004
para El Ángel Caído
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