© Ramón Siscart Sabaté

 
 
 

Polígono

En los núcleos urbanos, la civilización del hombre mantiene unos espacios generalmente apartados del centro donde se aglutinan empresas y servicios que abastecen las necesidades que genera la sociedad actual.
Talleres mecánicos, carpinterías, almacenes, fábricas de todo tipo rellenan el espacio urbano para el que inicialmente fueron diseñados.

Su nombre suena a espacio cerrado, a cárcel.
Los llamamos "polígonos industriales".

Desde primeras horas de la mañana y hasta en horario nocturno, laborables y festivos, acuden diariamente las personas que allí trabajan y que permanecen encerradas en locales construidos con total anarquía en sus fachadas.

Unos los llaman naves, otros lonjas o pabellones y algunos más humildemente locales, lo cual da una idea de sus pretensiones industriales.

Caminando por estos lugares uno observa que sus calles, generalmente, están desiertas.
La presencia humana en el exterior apenas existe.
Sin embargo en el interior de las construcciones la actividad es continua, incesante.

El hombre pasa las horas encerrado en su puesto de trabajo.
Únicamente al objeto de alimentarse, condición imprescindible para obtener un buen rendimiento, sale al exterior siempre dentro del mismo polígono donde existen restaurantes creados a tal fin, con la misma ropa de trabajo para reintegrarse a la tarea una vez acabado el periodo de descanso.

Cabe preguntarse por la condición humana y los efectos de la civilización.

La primitiva urbanización con el paso del tiempo se ha degradado; jardines y árboles plantados en las obras iniciales, han sido descuidados y la ausencia de limpieza de residuos, plásticos, deshechos de todo tipo ha ido cubriendo todos los espacios y rincones del exterior.
Las hierbas y matorrales se cuelan reclamando su derecho a la vida en los rincones donde el cemento ha dejado un lugar donde respirar a la tierra.

Algunas construcciones mantienen un aspecto "elegante" en su fachada principal.
Se ven algunos jardines con césped y plantas a la entrada pero si uno da la vuelta a la fachada y encara la parte trasera observa el estado de abandono ante lo que no es rentable o no sirve ya.

Durante años he tenido que recorrer el mismo camino por lugares de este tipo.
Y siempre me ha embargado la misma sensación de encierro y desamparo.
También de impotencia.

El hombre necesita el trabajo para conseguir sustentar su vida, sigue su camino y la naturaleza sigue el que deja libre el hombre con su "civilización".

Ramón Siscart Sabaté