© Tito Álvarez por Ramón Grandal

 
 
 

Tito Álvarez

Tenia 20 años, era diseñador gráfico y soñaba ser fotógrafo.
Encontré la posibilidad como fotógrafo de teatro en el Consejo Nacional de Cultura, en 1970.
La entrevista con el jefe de fotografía de ese organismo -y otro señor- transcurría, y fui sincero -no sé nada de nada de fotografía, pero quiero aprender -.
El señor acompañante del jefe dijo -todos los que hemos entrevistado dicen que saben, tú no, yo te voy a enseñar-.
Años después, Tito me dijo que lo había ganado con mi sinceridad.

No me despegué de el nunca jamás.
Creció una hermosa amistad con el maestro de maestros; maestro de la vida y la fotografía.
El viejo, como lo llamaba, me fue trasmitiendo su pasión y dedicación por la fotografía.
A él debo lo que soy como fotógrafo y poder contemplar su trabajo calmo y paciente, Rolleiflex y Leica al cuello Tito desarrolló una de las obras más profundas y consecuentes de la fotografía cubana.
Es esa la palabra: cubana.
El viejo era profundamente cubano y así actuó en vida y obra.

Bresson decía que "la fotografía es una manera de vivir", esto para mí tiene una doble lectura: en vida, vivir la pasión de interpretar el mundo; después, que las imágenes te hagan vivir.
Bresson y Tito vivirán siempre juntos en sus imágenes, en la fotografía, la mente y el corazón, el tiempo y la memoria.
Sirva este portafolio en el Ángel Caído como tributo agradecido a mi maestro, Tito Álvarez.

Ramón Grandal
Caracas, abril del 2007


 
 


© Ramón Grandal por Tito Álvarez