Se trata éste de un libro de fotografía poco al uso, pues las
imágenes en él contenidas escapan de los límites convencionales
del arte fotográfico tradicional, para abrirse a nuevos
territorios de exploración.
Es un compendio de historias mínimas que, como cuentos inacabados,
deja Alfonso Brezmes para que otros las sueñen, imágenes pobladas
de los "urbanos evanescentes", figura inventada por el autor y
que, según confiesa, son esos seres anónimos, sin rostro, con
quienes nos cruzamos cada día al ir al trabajo, en las escaleras
del metro, al andar y desandar los caminos que otros diseñaron,
recorriendo una y otra vez las rutas innúmeras que conforman el
trazado de las urbes modernas.
El tema del libro es por tanto la ciudad, las ciudades, pero
vistas desde un objetivo poético del que no escapa ni la belleza
ni la crítica aguda al anonimato y la vaciedad de las grandes
urbes en que vivimos.
Así, en el título del prólogo que abre el libro, Juan Manuel Bonet
no duda en calificar a Brezmes de "peatón de las ciudades" afirmando
que lo que hace Alfonso Brezmes son haikus urbanos, haikus de la
soledad entre muchos, haikus del instante detenido, del hombre
urbano que camina a su aire, como aturdido, en la blanca mañana
o en el crepúsculo de oro, entre el asfalto, el ruido del ballet
mécanique, la niebla, el tráfico, los logotipos, los anuncios
luminosos, los pasos de peatones, los relojes torresgarciescos,
los textos en diversos idiomas, los números proliferantes e invasores ...
El libro, que incluye citas y breves poemas de autores que han
glosado la ciudad acompañando las imágenes, ha sido cuidadosamente
editado por Ediciones Moimeme, y se presentó el 7 de marzo de 2005
en el Museo Nacional Reina Sofía por Juan Manuel Bonet.
Alfonso Brezmes, peatón de las ciudades
Pocos temas tan nuestros, tan de nuestros tiempos modernos,
pocos temas tan apasionantes como el del anónimo peatón de
las ciudades.
Si en literatura -del siempre único Charles Baudelaire en
adelante- o en pintura o por supuesto en cine eso está meridianamente
claro, también lo está, y mucho, en ese arte que ya cuenta con más
de 150 años de historia que es la fotografía, y ahí habría que
empezar hablando, precisamente en París, de Eugène Atget, topógrafo
de la sorpresa callejera cotidiana, y seguir con Alfred Stieglitz
en el Nueva York que se asombraba y escandalizaba ante el Flat
Iron Building y otros primitivos rascacielos, o con Josef Sudek
en la melancólica Praga, o con el Robert Frank de Les américains,
o con nuestro Francesc Catalá Roca, con sus visiones fifties de
Barcelona y Madrid.
Hombre moderno y por lo tanto urbano -retomo casi literalmente
una frase suya bien explícita al respecto-, flâneur de las ciudades,
peatón de las ciudades-laberinto, de las "ciudades tentaculares",
de su Madrid natal a Nueva York, pasando por Tokyo o Jerusalén,
es el fotógrafo Alfonso Brezmes, que en estos fragmentos urbanos
que ahora reúne en el volumen que el lector tiene entre sus manos,
se acerca, más que a la de pioneros como los mencionados, a la
poética de la enumeración caótica (Leo Spitzer: La enumeración
caótica en la poesía moderna, Buenos Aires, Instituto de Filología,
1945, traducción de Raimundo Lida), poética del fragmento, del
caos, de la dispersión, tan propia de los viejos vanguardistas,
y que en fotografía dio cosas extraordinarias, y sustancialmente
distintas de las anteriormente aludidas: las imágenes neo-yorquinas
y eléctricas del Alvin Langdon Coburn post-Stieglitz, las visiones
del puente transbordador marsellés tomadas por Moholy Nagy, las
entrevisiones metálicas de Germaine Krull, las tomas constructivas
moscovitas de Rodchenko o, ya en plan completamente montaje,
superposiciones y simultaneísmo, el gran libro, reeditado
facsimilarmente hace poco, del lituano Moi Ver sobre París,
prologado por Fernand Léger.
(En cine, algo parecido sucedería con la sinfonía berlinesa de
Walther Ruttmann. En literatura, bastará con citar Manhattan
Transfer, de John Dos Passos).
"En extrañas cosas moro". En 2001 esta frase de Alejandra Pizarnik,
la argentina más centroeuropea y enigmática, figuró en el frontispicio
del catálogo de la individual de Alfonso Brezmes en la desaparecida
galería madrileña Belarde 20, La vida secreta de las cosas, catálogo
prologado por nuestra común amiga Rosa Pereda, que supo encontrar
las palabras adecuadas para decir la singular belleza de aquella
serie de fotografías en color -en colores por momentos rutilantes-,
basadas en objetos de uso cotidiano.
Dando una vuelta de tuerca más, Alfonso Brezmes nos habla ahora,
en este volumen, fragmentos urbanos, encabezado por
una perfecta cita de Fernando Pessoa -que empieza así: "Soy los
alrededores de una ciudad que no existe"-, de su experiencia de
peatón de las metrópolis, de su recorrer cámara en ristre calles y
plazas, de su sentirse parte de las multitudes, de su toparse con
esos rostros que aparecen de repente, como le aparecieron al Ezra
Pound imagiste en una estación del metro de París, y el resultado,
como es bien sabido, fueron tres versos: uno de los mejores, más
inmortales poemas breves, casi un haiku, de Personae, y de la
poesía moderna toda.
Entre los papeles que me rodean estos días, que andan girando por
mi abarrotada mesa de trabajo mientras pergeño estas líneas, hay
una postal de Alfonso Brezmes -siempre me gustaron las postales-
que se titula Memoria del parque Güell, una imagen en color en la
cual se funden un brazo, y la arquitectura del visionario catalán,
una imagen hermosa y sorprendente, y que brilla. El mismo talento
que ahí demostró el fotógrafo, brilla ahora nuevamente en su
enfrentarse a la calle. Figuras en la niebla se titula una de las
más sugerentes de estas fotografías, unos judíos con sus levitas
negras y sus sombreros, delante del Muro de las Lamentaciones,
aunque lo cierto es que en un primer momento llegué a pensar
-efecto de la referida niebla- que el marco era más prosaico:
la calle 47 de Manhattan, con sus clásicas joyerías y casas de
cambio. Ha hecho bien su autor en elegir esta imagen como motivo
de su tarjeta de visita. Contemplándola, en ese formato mínimo,
vuelvo a acordarme del antes aludido e inolvidable verso poundiano,
y lo cierto es que bien mirado lo que hace Alfonso Brezmes, que
recientemente declaraba querer entregarse al "arriesgado y tal vez
ilusorio intento de fotografiar el alma del hombre contemporáneo",
también son haikus urbanos, haikus de la soledad entre muchos,
haikus del instante detenido, del hombre urbano que camina a su aire,
como aturdido, en la blanca mañana o en el crepúsculo de oro, entre
el asfalto, el ruido del ballet mécanique, la niebla, el tráfico,
los logotipos, los anuncios luminosos, los pasos de peatones, los
relojes torresgarciescos, los textos en diversos idiomas, los
números proliferantes e invasores ...
En la mayoría de los casos, y muy especialmente en las dos versiones
de Urbano evanescente, en la laberíntica Telaraña -que me hace pensar
en la clásica visión de la metrópolis de Paul Citroën, reproducida
en el libro de Franz Roh sobre el Realismo mágico- y habría que seguir
citando muchas más de estas estupendas obras recientes de Alfonso
Brezmes, reina la idea de montaje, de superposición y simultaneidad,
sí, en la onda de los viejos vanguardistas que tanto amamos, y a los
que hice antes referencia. Parecidas son las técnicas que utilizaban
esos viejos vanguardistas, y las de este su heredero espiritual, que
mezcla sus propias tomas, e imágenes encontradas. El perro semihundido,
ese perrito callejero madrileño que comparte protagonismo con un humilde
ciclista, debe ser leído como sentido homenaje al más alucinante de los
cuadros del Goya de la Quinta del Sordo. Amanecer en Nowhere City, que
en un principio se iba a haber titulado Loneliness, se nos aparece como
una patética y esencial canción callejera neo-yorquina, un instante
tierno en el fluir despiadado y frágil -por amenazado- de la ciudad
whitmaniana, simbolizada, en la neblina, por el Chrysler Building.
Ulises vuelve a casa, con su punto de vista descoyuntado, constituye
una invitación a la navegación y la aventura urbana, navegación y
aventura que en El regreso, buena imagen para terminar con ella nuestro
recorrido, se concretan en una cinematográfica y nostálgica noria de
feria -más cerca de Fellini, que de El tercer hombre-, entrevista
al paso, en Tokyo.