|
Sebastião Salgado es un fotógrafo actual de sobra conocido por
su multitud de reportajes a lo largo y ancho del mundo acerca
de los marginados.
En este libro representa en imágenes, que valen más que mil
palabras, la pobreza y el hambre en Africa, donde muchas personas
luchan por sobrevivir ayudados por organizaciones humanitarias
en las que un puñado de héroes se dejan la piel por no asistir
impávidos a la tragedia.
Poco, mejor nada, hay que añadir a las fotografías de Salgado,
que son autodescriptivas a su simple vista. Pero me ha parecido
ejemplar el prólogo del propio libro, de Rosa Montero, por lo
que creo es su mejor comentario.
Lección de Geografía
Rosa Montero
Aguanta la respiración y sumérgete en este libro, como quien
se lanza a una piscina oscura. Toma aliento y enfréntate a estas
fotografías formidables, que son una ventana despiadada a lo que
ya sabemos pero nos empeñamos en ignorar, al reverso de lo que
somos, a la zona en sombras de la vida.
Ánimo. Mantén la mirada en las láminas. Que no se diga que,
viviendo en el privilegio como vives, ni siquiera eres capaz de
soportar por unos instantes el dolor y la desazón del reconocimiento.
Los privilegios son así. Embotan las conciencias y nos embriagan
con la dulzura del olvido. Porque el privilegiado se empeña en vivir
ignorante de su condición, sin recordar jamás que su abundancia se
asienta en el desposeimiento de los otros. Así es que aguanta y mira.
Escuece. El reconocimiento escuece, desde luego. El comprobar una
vez más que son hombres y mujeres como tú. Niños como los tuyos.
Ahí están, con dos ojos, un corazón, una mente llena de miedos y
de ambiciones de felicidad. Como la tuya. Perfectamente humanos
aunque su envoltura exterior sea chocante. Aunque los perfiles de
sus cuerpos padezcan una deformación grotesca. Son los estragos del
sufrimiento. Tú, que sabes del dolor puesto que vives, imagina la
cantidad incalculable de dolor que es necesaria para triturar así
a una persona.
En realidad es una cuestión de geografía. Todo consiste en haber
nacido en éste o en aquel lado de la tierra, por encima de un
determinado paralelo o por debajo. Un puro azar genético, una lotería
paritoria te ha convertido en lector de este libro y no en protagonista.
Pero podías haber estado ahí, encerrado en los perfiles de la foto
y en la miseria.
Son geografía, en fin, estas instantáneas pavorosas. Una geografía
de pieles deshidratadas, cueros resquebrajados pero aún palpitantes.
Geografía anatómica de cuerpos imposibles, con nalgas infantiles tan
huesudas como un omóplato y omóplatos tan aguzados como el espinazo
acorazado de un saurio prehistórico. Sí, parecen cuerpos imposibles,
pero existen. Míralos bien: si te desasosiega contemplarlos es porque
son reales. Y porque, aun antes de haber visto las fotos, sabías - y
procurabas olvidarte - de su existencia. El reencuentro con lo oscuro
siempre duele.
Pero no te confundas: las impecables fotos de Salgado no andan reclamando
tu horror, no buscan un pasajero espasmo de conciencia, ni un vahído de
culpabilidad narcisista e inútil. Las fotos de Salgado no van dirigidas
a la emoción, sino al conocimiento. Hay que conocer la realidad, por dura
que ésta sea, para poder actuar en consecuencia.
Porque se pueden hacer cosas, existe solución para este genocidio
millonario, es posible luchar contra el espanto. Salgado lucha, por
ejemplo, cuando dedica su inmensa sensibilidad fotográfica a retratar
estos temas. Y los profesionales de Médicos sin Fronteras luchan desde
su esfera sanitaria con toda sensatez y gran sentido práctico. Hay muchas
formas de combatir la indignidad de la miseria. Desde exigir a nuestros
gobernantes que aumenten la ayuda a los países subdesarrollados hasta
impedir la destrucción de los sobrantes alimentarios, pasando por las
aportaciones personales, de tiempo o de dinero, en cualquiera de las
organizaciones de ayuda ya existentes. Por fortuna la Tierra está
empequeñeciendo día a día. Hoy volamos de un hemisferio al otro en unas
horas; viajamos mucho, nos vemos en la televisión, empezamos a conocernos
mutuamente. Hoy los ojos de esos niños moribundos del Sahel te están
mirando a tí, me están mirando a mí, pidiéndonos ayuda. Son de
nuestra carne y nuestra sangre, colegas de este mundo pequeño, vecinos
de vida ante los que hemos de sentirnos responsables. Escucha, lo único
que puede perpetuar esta situación atroz es el olvido; el estremecerse
momentáneamente ante las fotos para luego borrarlas de la memoria con
diligente alivio. Este libro es una impresionante lección de geografía
humana, y como tal hay que leerlo y aprenderlo. Estremezcámonos menos
y recordemos.
|