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Charles Clifford es uno de los múltiples fotógrafos que a mediados del
siglo XIX, abandonan su país y deciden establecerse en otro en el cual es desarrollo
de la fotografía aún no se había producido.
España es uno de sus destinos.
Su intención era ganarse la vida con la fotografía y lo intentan y en
muchos casos lo consiguen vendiendo equipos fotográficos, haciendo de maestros o
realizando colecciones de vistas panorámicas de las ciudades españolas.
Pero la importancia de Charles Clifford es notable, para nosotros, en un doble sentido.
Por un lado, la calidad de algunas de sus fotografóias es extraordinaria, por ejemplo
las contenidas en su álbum de Andalucía.
Pero el mayor atractivo lo tienen las imágenes realizadas durante
la construcción de diversas obras públicas, en las cuales refleja de manera
excepcional el desarrollo de las mismas.
Es muy importante su colección de fotografías sobre la construcción del
Canal de Isabel II, que permitió la llegada del agua canalizada a Madrid. El detalle de las
obras, la forma de salvar los obstáculos de la naturaleza, la utilización de
los materiales de construcción, ... son toda una lección de historia
de la ingeniería.
Su obra constituye un extraordinario documento sobre una época.
Es muy importante para un país como España y además una enorme suerte
que fotógrafos como Charles Clifford, pudieran recalar en nuestro país, ya
que ante la inexistencia de fotógrafos autóctonos consolidados, cubrieron
un espacio que, en su ausencia, no hubiese ocupado nadie.
Si, además, como es el caso de Charles Clifford, la calidad de su trabajo
es excepcional, podemos congratularnos de poder disfrutar de un retazo de nuestro pasado
de una manera no sustituible con ningún otro medio.
Comentario: Manuel Rodríguez, Marzo de 2004

Alhambra (Granada), 1854-1856
Charles Clifford
Recogemos a continuación la reflexión que Roland Barthes hace en su libro
"La cámara lúcida"
sobre una fotografía que Charles Clifford realizó en la Alhambra de Granada
en 1854-1856, dice así:
"Un caserón, un porche con sombra, unas tejas, una decoración árabe
deslucida, un hombre sentado apoyado contra el muro, una calle desierta, un árbol
mediterráneo: esta fotografía antigua ( 1854 ) me impresiona: es que, ni
más mi menos, tengo ganas de vivir allí.
Estas ganas se sumergen en mí
hasta una profundidad y por medio de unas raíces que desconozco: ¿calor
del clima? ¿Mito mediterráneo, apolinismo? ¿Deshederamiento?
¿Jubilación? ¿Anonimato? ¿Nobleza? Sea lo que sea
( de mí mismo, de mis móviles, de mi fantasma ), tengo ganas de vivir
allí, con tenuidad, y esta tenuidad jamás la foto de turismo puede satisfacerla.
Para mí, las fotografías de paisajes ( urbanos o campesinos ) deben
ser habitables, y no visitables.
Este deseo de habitación, si lo observo a fondo
en mí mismo, no es ni onírico ( no sueño con un lugar extravagente )
ni empírico ( no intento comprar una casa a partir de las vistas de un prospecto
de agencia inmobiliaria ); es fantasmático, deriva de una especie de videncia
que parece impulsarme hacia adelante, hacia un tiempo utópico, o volverme hacia
atrás, no sé adónde de mí mismo: doble movimiento que
Baudelaire ha cantado en Invitation au Voyage y en Vie Antérieure.
Ante esos paisajes predilectos, todo sucede como si yo estuviese seguro de haber estado en ellos
o de tener que ir.
Freud dice del cuerpo materno que "no hay ningún otro lugar
del que se pueda decir con tanta certidumbre que se ha estado ya en él".
Tal sería entonces la esencia del paisaje (elegido por el deseo): heimlich, despertando
en mí la Madre (en modo alguno inquietante)."
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