Vendimiadores

A la vuelta del verano del 72 - de aquellos intensos años setenta - nos invitaron, a un amigo y a mí, a la vendimia, y allá nos fuimos un día de septiembre.
Era en una finca en Argamasilla de Alba, no muy lejos de Tomelloso, en Castilla-La Mancha.
Llegamos muy de mañana, y nos incorporamos temprano al grupo de jornaleros.
La sorpresa fue encontrarnos con una mezcla de dos tipos de trabajadores, unos eran los habituales de la finca, con los que ya contábamos, y otros un grupo de etnia gitana.
Yo acababa de visitar, en Andalucía oriental, a un grupo de gitanos leprosos que vivían libremente en cuevas, esas cuevas que tanto proliferan en el sur de España.
Aquello sí que me impactó fuertemente, tanto por la enfermedad en sí, como por la entereza con que se enfrentaban a ella.
Por ello, cuando me encontré de nuevo a miembros de esa etnia aquel día de vendimia, no me resultaron extraños.
Sí me resultó muy interesante su presencia, mas que como recolectores de uva, como personas.
Y por eso centré parte de las tomas en ellos.

De esta forma tenemos dos tipos de fotos, las de los "castellanos" - como se refieren en el campo granadino a los payos -, y las de los gitanos.
A los primeros los tenemos fotografiados durante su trabajo.
En el caso de los segundos tenemos imágenes suyas posando sin relación con su tarea aquel día.
Por ello, se trata de fotos realizadas en el momento de iniciar la jornada, o en el momento de la pausa para el almuerzo.

En sus fotos nos encontramos con escenas en las que se palpa una tensión subyacente, como muestra el hecho de que varios hombres levanten sus cuchillos en alto.
Sin embargo, en aquel momento estos gestos no me resultaron agresivos, ni me causaron impresión especial alguna, la verdad sea dicha.
Sólo fui consciente de esa tensión en el laboratorio, al positivar los negativos, en ese lento proceso en que va apareciendo poco a poco todo el contenido de una foto.
Es ese momento mágico el que te permite ver con detenimiento lo que esta contiene, concienciando lo que aporta - vivencia esta que ya no experimentaremos más con el cambio al mundo digital (un precio más que hemos de pagar por la necesaria evolución ...).
Lo que sí me sorprendió fue la disposición tan positiva de todos ellos a posar, tanto los niños como los adultos, a pesar de que ellos estaban allí para ganar su jornal, y no para perder el tiempo posando para un joven que no conocían, y al que probablemente no volverían a ver.
Claro está, que no a todos les gustaba que se les fotografiara, como se ve en la expresión de algún que otro rostro, sobre todo de los mas ancianos.
Pero nadie puso la menor pega.
Había una gitana, con jersey a rayas, que además de ser muy guapa era también muy activa, y que ayudó a movilizar a los demás.
Como siempre, las mujeres son más activas, más animosas, más abiertas, más lanzadas.

Los niños me generan mucha ternura.
Alguno de ellos, como la niña con el hermanillo en brazos, presentaba una expresión con un punto de tristeza, mientras que otros - como la otra niña abrochándose la chaquetita - estaban encantados de posar.
Por otro lado, los jóvenes se mostraban contentos, llenos de energía, muy vitalistas.
Eran los más exhibicionistas con sus cuchillos de vendimiar.
Es interesante ver con qué naturalidad vive esta etnia la tensión que vemos en algunas de las fotos.
Aquello era algo muy suyo, no dirigido de forma personal contra nadie, y menos contra el ocasional fotógrafo.
Muy posiblemente por esta razón, no lo percibí nunca como una amenaza, si no como un gesto más, propio de aquellas personas.
La verdad es que fue un día magnífico, en el que nos pateamos el campo acompañando a las distintas cuadrillas, y todo bajo un sol "de justicia".
Lo importante para mí fueron las personas, bien en su función de vendimiadores, bien en tanto que personas que aprovechaban intensamente sus momentos de descanso, como la pausa para el almuerzo.

Pasado el tiempo, ahora, siento no haber sido mas ortodoxo en los procesos de laboratorio, que hubieran aportado mayor calidad a los negativos, aunque éstos también pueden haber sufrido el paso de los años, la forma de archivarlos, los diversos traslados, etc.
En fin, era una época en la que yo experimentaba con todo, sin ser consciente - es decir, incurriendo en un típico pecado de soberbia juvenil, al pensar que las oportunidades se dan tantas veces como uno desea - de que la mayoría de las oportunidades no suelen repetirse.
Al menos para un aficionado.



Julio Vidosa G.
Madrid, Diciembre de 2004

jvidosa@argo.es