Cuantas cosas tienes.
Todo mi mundo se me encoge cuando escucho el eco de esas palabras pronunciadas por Salem, el más pequeño de mis hermanos saharauis.
Él, estaba pasando el verano del 2004 en nuestra casa de Madrid, lejos de los 50 grados que asolaban la hamada argelina de Tindouf, pero a su vez, demasiado lejos del calor vital de su familia y amigos.

Un año antes, conocimos a Hassan, su hermano de trece años, y precisamente la persona que nos abrió los ojos a la realidad del pueblo saharaui.
Se creó, desde ese momento, una conexión invisible entre Madrid -nuestra casa- y el Aaiún -el campamento de refugiados donde vive la familia de Salem y Hassan, nuestra familia-.

Hassan, es un niño que a pesar de su corta edad, siempre demuestra una tremenda madurez: no acepta una respuesta sin estar justificada, defiende el derecho a la libertad e incluso el derecho a la igualdad de sexos.
Pero no dejaba de ser un niño, y disfrutábamos tanto como él, con sus travesuras y juegos.
No olvidaré el verano que pasamos en la playa, donde arrugados de tanto estar en el agua, nos contaba como era la vida allí, en el desierto.
Sin darse cuenta, fue el mejor embajador posible de su pueblo y eso provocó, que en poco tiempo, fuésemos parte de la causa de su pueblo: la de cumplir el ya firmado plan de paz que reconoce su derecho a vivir en un Sáhara libre.

Fue entonces cuando decidimos bajar a los campamentos para poder poner imágenes a todo lo que nos había contado el niño.
Una vez allí, es imposible imaginarse como las mujeres saharauis han conseguido levantar un pueblo entero de más de 200.000 personas en el mismo desierto de los desiertos.
Tanta precariedad les ha obligado a desarrollar al límite el instinto de supervivencia, les ha enseñado a compartirlo todo, con hermanos, con vecinos.
Es duro sentir como te dan todo lo que no tienen, y aun más cuando consideras que ya tienes demasiado.
Muy duro.

Pero lo que más me llamó la atención fue las continuas risas de los niños.
Niños correteando por todas partes desde que sale el sol, hasta que se pone.
Niños que te acompañan allá donde vayas, cantando, bailando, jugando.
Me acuerdo que nos reímos mucho al escuchar a una niña saharaui hablando con acento gaditano ... "Lo ves Quillo!"

No quería simplemente mandar las fotos del viaje y algún comentario a pie de foto, sino quería introducir el porqué de mi viaje a los campamentos de refugiados saharauis en Argelia, aprovechando también para reivindicar el que se reconozca la deuda moral que tiene España con estos niños, para que después de casi 30 años, puedan volver a ser libres.

Sin más, me despido con una frase de una canción de Ismael Serrano:
El hombre del desierto esperó demasiado



David Calvo Martínez
Madrid - Octubre 2004

davidcalvo@mi.madritel.es