Curanto y otras yerbas, degustar los sabores oscuros de la comida chillota

Hablar de frutos de mar en Chile, es hablar de cholgas, almejas, choritos, picorocos, locos, un océano de distancia con los mariscos que vienen del Atlántico, otros sabores, otras texturas, otros tamaños, quizás paladar para exigentes o sólo para aquellos que abren su mente y estómago para entregarse a nuevos placeres por explorar, uno no debe abandonar la isla sin haber probado el plato típico por naturaleza: "El Curanto".

Se hace un hoyo en la tierra de más o menos medio metro.
Para cubrir ese hoyo se colocan piedras grandes, sobre las que se hace una buena fogata para que las piedras calienten hasta ponerse rojas, además se ponen hojas que son generalmente de pangue.
Luego se retiran los tizones y aunque queden algunas hojas se les rocían los sacos de mariscos.
Luego en fuentes grandes se ponen las carnes, longanizas, pollo, chancho ahumado y chorizos.
Se tapa todo con hojas de pangue o coles y además sacos paperos mojados, dejando todo sumamente cubierto, empleándose para esto champas ( pedazos de tierra con pasto ) y el pasto debe quedar hacia abajo, dejándose cocer al vapor aproximadamente por espacio de una hora.
Este curanto al servir va acompañado de un pebre que consiste en: sal, agua, cebollín, ají de color, cilantro, perejil y otros.

En restaurants o en la vera de algún camino, mejor la segunda opción, que permite no solo los sabores sino tambien disfrutar el paisaje de Chiloé.

La isla cuenta con toda la infraestructura para el turismo, aunque uno puede acceder por un par de pesos a alquilar una habitación en la casa de algún habitante del pueblo y despertarse con un desayuno típico de campo, pan casero, la leche recien ordeñada se calienta sobre la cocina a leña, y la mermelada de frutillas tiene el sello de hecho en casa.

Una isla donde la leyenda y la realidad corren por la misma senda, con una mitología poblada de seres fantásticos, algunos de los cuales se funden con los fundamentos cristianos y cobran vida a través de la fe de gente.

Casas sobre palafitos, iglesias de madera, sabores vedados a nuestro espectro culinario, paisajes de cuento, que se reflejan una y otra vez sobre las tranquilas aguas de un mar sin nombre, visitar Chiloé es un viaje de ida, volver es más dificil, uno se resiste a despertar ...