© José Ortega


En el 2002 los empresarios freseros empezaron a contratar temporeras rumanas en origen, lo que complicó la situación de los que llegaban por libre en busca de unas peonadas.
Un mar de plásticos, bajo los que crece la fresa, sirve de encuadre a ese inmigrante, a esa persona que, en definitiva, está buscando su sentido y su vida.


Fotografías: © José Ortega
Textos: Ángel Luis Domínguez