En el 2002 los empresarios freseros empezaron a contratar
temporeras rumanas en origen, lo que complicó la situación
de los que llegaban por libre en busca de unas peonadas.
Un mar de plásticos, bajo los que crece la fresa, sirve de
encuadre a ese inmigrante, a esa persona que, en definitiva,
está buscando su sentido y su vida.