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Malevich nos enseñó a mirar el infinito en un lienzo.
Cuando te enfrentas a su "Cuadrado negro sobre fondo blanco" o a su
"Blanco sobre blanco", sientes que no necesitas "leer" nada,
interpretar una escena, analizar un símbolo, recorrer una
composición teatral, en suma, una historia.
Eso ya no cuenta.
Estamos ante algo completamente distinto.
Abstracción pura.
Eso nos deja, como espectadores, muy solos, pero también más libres.
Son tus emociones ante el enigma de sus formas geométricas, ante su misterio.
Siempre podemos recurrir, para ayudarnos, a sus manifiestos,
a sus textos.
Escribió bastante, y si no él, su amigo Maiakovski.
Palabras como éxtasis, angustia, sensibilidad moral, perfección de
la inobjetividad, liberación del objeto ... se repiten con frecuencia
y tranquilizan al espectador, sobre todo, cuando te convence de que no
hay un fin práctico.
El arte ya es otra cosa.
Este es el Malevich que más me gusta.
El suprematista más puro.
El que va de 1915 a los inicios de la década siguiente.
Bien es verdad, que para llegar aquí hizo un recorrido audaz y con
maestría (¡y en tan poco tiempo!) por las vanguardias de su época,
con un dominio del color que estará presente hasta el final de su obra.
Esa alegría de su paleta no la perderá nunca.
Hasta ocho estilos diferentes le han llegado a etiquetar hasta llegar
a la no-figuración de estos años: desde el neoprimitivismo inicial,
pasando por el impresionismo, fauvismo, cezanismo geométrico,
cubo-futurismo-tubular, realismo transmental, cubismo analítico y alogismo.
Sin olvidar los dibujos patrióticos, de clara raíz popular, de 1914
ridiculizando al enemigo austriaco o alemán a la vez que enaltece al campesino ruso.
¿Y una vez que nos colocó delante del abismo, qué hizo? ¿qué hacer cuando
el entorno ruso de los años veinte se está complicando tanto para las
vanguardias y burócratas-revolucionarios están dictando cánones de los
términos artísticos? ¿qué hacer, si además, no quieres irte
(como Kandisnsky, Chagall, ...) y te gusta enseñar? Basta contemplar
obras como "Figura roja" o "Presentimiento complejo" para ver que hace un
peculiar retorno a la figuración.
Siluetas estáticas o en movimiento, figuras planas, en ocasiones mutiladas
de ojos, brazos, barbas; otras tienen un carácter distante y monumental
(Trabajadora, 1933); si algunas nos remiten a los viejos iconos rusos,
otras al arte renacentista del siglo XV.
No queda muy claro qué quiere decirnos, y nada es casual en la obra de un
pintor tan reflexivo: ¿son guiños a la cada vez mayor presión política?
¿es un defensa del espíritu libre del campesino ruso sometido a la
colectivización y traslado forzosos? ¿es una reivindicación de su
propia autonomía creadora? (ver Autorretrato de 1933 y ese gesto de
su mano que parece sostener un cuadrado, "su cuadrado"; su vacío
lo hace aún más presente, lo reivindica con más fuerza).
Cuando ya creíamos que no nos iba a sorprender más, aparecen retratos
de su entorno familiar en colecciones privadas.
Dos retratos de su madre, ensimismada, y uno de su hermano Mecheslav
que mira directamente al espectador.
Sabemos que son de los años 30 y poco más (por tanto, de su última etapa).
Si el de la madre parece estar hecho desde el punto de vista del hijo
que se recrea con mimo en el rostro de una mujer que envejece, el del
hermano es más desafiante, es él quien nos observa, distante.
Un hermoso retrato fiel al modelo, sin ocultamientos de ropajes renacentistas.
¿Seguro que no oculta nada? ¿quién fue Mecheslav? ¿por qué hay un tren
rojo en marcha, detrás, en el horizonte, como una ráfaga de color en movimiento?
Han pasado muchas décadas y el viejo maestro de las vanguardias aún nos
provoca interrogantes.
Es la mejor manera de seguir vivos.
Gracias, Malevich.
Teresa Lañarova
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