Henri Cartier-Bresson. Madrid, 1933


A propósito de Cartier-Bresson

El hombre discreto que atrapaba momentos ha partido y un lugar de nuestra memoria ha sido golpeado por el frío y el desconcierto.
A la vez, en un caluroso día de verano resplandece el mito, los medios de difusión le recuerdan, el gobierno francés ha interrumpido sus vacaciones para recrear una gloria nacional, y muchos se preguntan quién era ese fotógrafo del que hasta ahora no tuvieron noticias.
La confusión y el desconocimiento acerca de los protagonistas de la cultura hace que hoy en el mismo periódico y en la misma página figuren tres lugares como escenarios de su muerte, París, Cereste y Montjustin.

"El más ligero de los equipajes es la vieja lección que no se aprende, pero que una vez comprendida nos acompaña siempre; la que le ha permitido a Henri Cartier-Bresson ausentarse como persona, borrarse para recoger mejor el instante, pero dándole un sentido a la instantánea".

Mientras escribo estas líneas una mujer ha entrado en el vagón del metro en donde viajo y canta un aria que templa mi corazón helado.
Recuerdo especialmente sus imágenes presentadas en la exposición Variaciones en España, Fotografía y Arte 1900-1980, que tuvo lugar este mes de julio en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, dentro del festival de Photoespaña 2004.
Participó como autor que visitó nuestro país en esa época y en sus fotografías, rodeadas de otras coetáneas, los personajes parecían observados a través del objetivo de la cámara con profundidad psicológica, y revestidos de un halo que trasmitía interés por sus vidas.
El orden y las proporciones, la atención consciente y el aislamiento del autor, concentrado en poner su mente a disposición de la imagen, hacían brotar de estas fotografías la energía y el pensamiento conciso.

Horas antes de conocer la noticia de su desaparición vino a mis manos, tal vez por casualidad, su libro "Fotografiar del Natural" editado por Gustavo Gili, y de cuyo prefacio, escrito por Gérard Macé he recogido el texto antes citado.
Tengo el libro en mis manos en este vagón de metro, en un espacio difuso, en el extraño tiempo de la velocidad, en la oscuridad de los túneles que atravieso en un rayo de luz.
Más allá de la contingencia, más allá de las circunstancias precarias que nos atañen, las personas tal vez podamos concentramos en el íntimo y auténtico ser que todos llevamos dentro para encontrarnos, quién sabe dónde, con los que han partido.

Siento en mi pequeña historia la presencia de su personalidad y su obra, y en ella reconozco el pensamiento de aquellos que procedemos del universo del arte y de la pasión pictórica.
Recuerdo el día en que como él y como tantos otros decidí salir del mundo de materia y color que bullía en mi interior, para cazar el tiempo y sentir los límites de la realidad de la mano de la fotografía.
Comparto con él y los compañeros de la cámara al cuello el espíritu viajero y el gusto por el documento.
Admiro la dimensión que procuró al periodismo gráfico.
Reconozco en las palabras de mis amigos fotógrafos aquellas de Cartier-Bresson, en las que se negaba a ser artista quitando importancia a su obra como fotógrafo.
Comprendo a los colegas que han enfrentado el arte conceptual al momento decisivo.
Y por último, adoro meditar sobre la realidad mientras dibujo, como él, como todos los que fabricamos nuestras imágenes y escritos desde una esquina con un lápiz y un papel.

Así pues, es un hecho que Cartier-Bresson ha determinado aspectos importantes de aquellos que nos hemos acercado a su obra y a su vida como espectadores, seguidores y admiradores.
Desde el resplandor mítico de toda la información que con motivo de su desaparición espero que se difunda, podremos disfrutar una vez más de su obra, ahondar en las múltiples lecturas que aportan sus imágenes y comprender mejor el arte de nuestro tiempo y del que nos precedió.

Con la lucidez que aporta el paso del tiempo y el mayor de los respetos por su memoria, me gustaría que transcendiéramos las palabras en las que negó la categoría de arte a sus fotografías y nos quedáramos con lo mejor de sus dudas, entre su trabajo de reportero y de autor, y en torno a sus incursiones en distintos medios de expresión visual y escrita.
Me gustaría que profundizáramos también en la idea de que toda su obra está respaldada por un concepto casi zen de atención y consciencia, de búsqueda, contemplación y captura del momento en que la vida se abre para nuestra comprensión.
Por tanto, animo desde mis palabras para que, a la luz de la admiración que sentimos por él, las relaciones entre documento y concepto, y entre arte y fotografía se estrechen, pues las dudas de Cartier-Bresson a este respecto, pertenecen a la incertidumbre que toda persona tiene derecho a albergar sobre los misterios de su propia vida.

Siendo el arte una de las manifestaciones más gozosas de la humanidad, estudiemos a los autores que nos precedieron y a los actuales, demos consistencia a nuestras imágenes, trabajemos nuestro mundo interior y las relaciones con el exterior, amemos tanto a la fotografía que hagamos de ella el arte más hermoso y necesario.

Madrid, 2004
Margarita González
Licenciada en Bellas Artes



Henri Cartier-Bresson. España, 1933