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Ansel Adams:
En medio del horror y la pesadumbre

Las fotografías de Ansel Adams siempre me han producido una emoción especial.
Algo que, tristemente, cada vez menos cosas consiguen: que me toquen el corazón.
Sus bosques, sus cielos, sus cascadas, sus montañas, llegan a proporcionarme ...
una especie de beatitud, de calma feliz, de exaltación por el simple hecho de estar vivo.

Lo más cercano que me viene a la memoria es algo parecido a cuando mi mujer me
comunicó que íbamos a ser padres.
Recuerdo que durante toda la tarde estuve con una sonrisa floja, todo me parecía
bonito, de color de rosa, que iba pisando baldosas negras y amarillas por la calle.
Me sentía especialmente contento de poder caminar, ver, respirar.
Tenía ganas de decir a todo el mundo lo contento que yo estaba en aquellos momentos.

Debo decir que mis conocimientos fotográficos son prácticamente nulos.
Tal vez por ello lo que me transmiten las fotografías de Ansel Adams siga siendo
algo primal, único.
Para mí, al menos, insuperable.
Y posiblemente por ello sostengo ahora este libro entre mis manos: el catálogo de la
exposición que tuve la ocasión de presenciar el pasado verano en A
Coruña, en la Fundación Pedro Barrié de la Maza, de parte de su obra.
Quizá con la esperanza de que las fotografías que contemplo me sigan tocando
el corazón, continúen siendo un anclaje con este mundo, un asidero con mi familia,
con mis amigos, con todas las personas que me rodean, con todas las cosas que me gustan.

Porque hoy más que nunca necesito que algo, alguien, me diga que es estupendo estar vivo.
Que merece la pena luchar por estar vivo.
Que merece la pena luchar por una vida digna, en convivencia respetuosa con nuestros semejantes.
Porque hoy es 12 de marzo de 2004.
Y todo es un auténtico horror ...

Todo sigue siendo un auténtico horror, apenas un día después de la
masacre ocurrida en Madrid, en donde cerca de doscientas personas han muerto y más
de mil cuatrocientas han resultado heridas (de momento).

Bajo los efectos de la noticia, en mi cabeza no han dejado de repetirse las imágenes
que todas las cadenas de televisión están emitiendo a cada instante: los
trenes destrozados, los cuerpos de las víctimas, de los heridos, las tareas de
salvamento y auxilio, el terror en los supervivientes, ...
Y sobre todo una sensación de asco ... de asco por la raza humana en general por
tamaña barbarie, que provoca que me pregunte: "¿Cómo alguien ha
podido hacer algo así?"

Tratando de atenuar un poco tanto horror y pesadumbre, me he puesto a repasar todas las
cosas que tengo y que muchas veces no soy consciente del privilegio que eso significa.
Cojo una foto donde estamos Cristina, Carlos y yo.
"Cuánto los quiero", no puedo dejar de decirme mientras se me escapan
las lágrimas y dejo la foto a un lado e inconscientemente desvío la vista
hacia la colección de música que llena parte de la estantería.
"Lo que he disfrutado con todos estos CDs", me limpio las lágrimas y leo
los títulos: "Murmur, Dark Side of the Moon, Passages, Tubular Bells,
Café Bleu, Secrets of the Beehive ...".
Luego me fijo en los libros que llenan la otra parte de la estantería.
"Cien años de soledad, El palacio de la luna, Ni un pelo de tonto, La noche del
cazador, Mientras agonizo ...". Lo bien que me lo he pasado leyéndolos.
Cojo al azar un grueso volumen y lo levanto, sin dejar de pensar: "¿Cómo
alguien ha podido hacer algo así?"

El libro que sostengo en mis manos, como he dicho, lo compré en A Coruña.
Es el catálogo que recoge la exposición que se celebró el año
pasado de Ansel Adams.
Aprovechando que estuvimos de vacaciones en Galicia, visité por dos veces la
Fundación Pedro Barrié de la Maza, que presentaba en primicia mundial,
organizada en colaboración por el Museo Internacional de Fotografía y Cine
George Eastman House, Rochester de Nueva York, de ciento cincuenta fotografías que
celebraban y estudiaban el desarrollo de la carrera artística de Ansel Adams entre
1920 y 1976, concentrándose especialmente en su etapa más fecunda, pues la
mayor parte de las obras en la exposición eran anteriores a 1950.

Todas eran imágenes originales positivadas por Adams (San Francisco 1902 - 1984).
La mayoría de las obras eran vintages, realizadas en la misma época que los negativos.
La exposición incluía el primer portfolio de Adams del año 1927,
con originales poco comunes denominados Parmelian Prints (papel gelatino-plata).
Era la primera vez que el portfolio se mostraba al público en su totalidad.

Según lo que he leído, Adams creó sus mejores imágenes desde un
conocimiento profundo, casi místico, de la naturaleza.
La muestra incluía sobre todo paisajes, con algunas de las imágenes más
célebres del Oeste Americano realizadas por Adams, entre ellas Moonrise, Hernandez,
New Mexico, 1941 y Mount Williamson from Manzanar, California, ca. 1944; y una selección
de retratos, bodegones y fotografías abstractas.

En mi doble visita a la exposición pude sentir eso que he dicho al principio de estas
líneas: una emoción especial ... una especie de bienestar, de comprensión
del mundo, de comunión con las cosas que me rodean, que muy pocas veces he sentido ...
Porque el arte de Ansel Adams, por encima de consideraciones técnicas, me parece que
llega al núcleo de lo que quiere fotografiar.
No son sólo imágenes de un árbol, un bosque, un glaciar, una montaña,
un río ... lo que me transmiten sus fotografías es lo maravillosa que es la
naturaleza, la suerte que tenemos de poder contemplar y convivir con ese árbol, ese
bosque, ese glaciar, esa montaña, ese río ...
Siempre, en esos momentos, me vienen a la cabeza fragmentos de Walden, del escritor,
filósofo y naturalista estadounidense Henry David Thoreau, o de Allá lejos y
tiempo atrás de William Henry Hudson, o de Mi Antonia de Willa Cather.
Ojalá que las fotografías de Ansel Adams me sigan proporcionando emociones
así ... y que me procuren una pausa, tan sólo unos segundos de calma en medio
de tanto horror y pesadumbre.

Fotografías: Ansel Adams
Texto: Carlos F. Castrosin

Hoy por hoy, Madrid es la capital moral de Europa.
Por supuesto no es la capital política de los europeos,
ni la capital económica, ni mucho menos la capital militar,
pero sí es, clara y rotundamente, la capital moral de esa
Europa a la que osaron llamar "vieja" algunos que de Europa
sabían muy poco y de su propia y supuesta "juventud"
presumían demasiado.
Los doscientos muertos del infame atentado del 11 de marzo
van a quedar para siempre en la memoria y en el corazón de
Madrid, cada uno de ellos será en esta ciudad una imagen que
encontraremos por las calles, cada uno de ellos una mirada
que nos interrogará al pasar, cada uno de ellos una exigencia
y un compromiso.
Al día siguiente, con los ojos llorosos y el dolor pegado
al alma, Madrid salió en masa a la calle, con Madrid salió
España entera de sus casas, con España salieron Europa y
el mundo.
En muchas ciudades y pueblos al otro lado de las fronteras
sonaron las campanas de las iglesias y las sirenas de las
fábricas, de todos los minutos de silencio cumplidos se
hicieron muchas horas de duelo, Madrid no estaba sola,
España no estaba sola, una onda de solidariedad empapada
de lágrimas nos reunió a todos en un clamor unánime contra
la barbarie terrorista.
Un clamor general se irguió contra el terrorismo externo
e interno, y también, como consecuencia ineluctable,
contra los demás terrorismos de todos los colores y
facciones, los del negro y los del azul, los del verde
y los del marrón.
Nadie ignora que de esos colores nefastos se tiñeron
nefastas camisas en el pasado, y nadie puede ignorar
que hoy, bajo la capa de los mejores propósitos y de
las más protectoras intenciones, nuevos autoritarismos
están amenazando el mundo.
Llevan las camisas debajo de la piel pero la sed de poder
es idéntica.
Los procesos han cambiado, sin embargo los objetivos
son los mismos.
Hace un año millones de personas bajaron a la calle para
gritar "No a la guerra" e intentar así cortar el camino
a aquellos que se empeñaban en dar el nombre de guerra
preventiva a lo que simplemente era terrorismo de Estado.
Muchos de nosotros estuvimos aquí, muchos de nosotros
levantamos pancartas de paz y gritos de esperanza, pero
la guerra no se detuvo.
Para el señor Bush y sus dos acólitos principales, los
señores Blair y Aznar, nosotros, en el mejor de los casos,
éramos unos pobres ingenuos, mentalmente incapaces para
comprender la sublime majestad de la gesta bélica que se
preparaba, y, en el peor de los casos, unos miserables
traidores a la civilización occidental que no merecíamos
el pan que comíamos.
No importaba que la famosa gesta bélica fuera sólo un
entramado de groseras manipulaciones y falsedades, no
importaba que de cada tres palabras que ellos proferían
dos fueron mentirosas y la tercera dudosa, no importaba
que los motivos ofrecidos para desencadenar la guerra se
derrumbaran hechos añicos a los pocos días.
Empecinados en la estrategia del engaño sistemático como
instrumento de maniobra política, Bush, Blair y Aznar
dedicaran sus ocios y sus quehaceres a pasear por el
mundo sus impagables narices de Pinocho.
El año que ha pasado entrará seguramente en la Historia
como el tiempo en que más mentiras han sido dichas en el
mundo.
¿Y vosotros, los miles y miles que habéis salido a la calle
hace un año? A primera vista, terminadas las manifestaciones,
no habéis hecho nada más que volver a casa como si, vencidos
y humillados por las mañas de la mentira organizada, de
repente os hubiera faltado la propia conciencia de vuestras
razones.
Hoy, aquí, podemos afirmar que no fue así.
Las enormes masas humanas de protesta y reivindicación de
la paz reunidas hace un año en Madrid y en toda España se
fueron convirtiendo, sin que os dierais cuenta, en el río
Guadiana que deja la superficie de la tierra para proseguir
su camino debajo del suelo.
Y a la manera del Guadiana, el otro río oculto en que os
habéis transformado ascendió de súbito, cuando nadie se
lo esperaba, a la superficie.
Sucedió eso el día 14 de marzo del año 2004.
Que no tiene nada que ver una cosa con la otra, dirán algunos.
Sí tiene que ver.
Sacudidos por el dolor, ahogados por las lágrimas, la palabra
Paz volvió a encontrar el camino de vuestras gargantas y el
"No a la guerra" retomó su primera fuerza para luego doblarla
y multiplicarla.
Lo que parecía dormido despertó y a partir de ahora nada ni
nadie os podrá callar.
No a la guerra, no a la guerra, no a la guerra.
José Saramago
Madrid, 20 de Marzo de 2004.

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