11 de marzo del 2004





 
 

El 11 de marzo del 2004 figurará en la historia como una de las páginas negras de la humanidad, como una de sus fechas sangrientas.
Ya demasiadas.

El terrorismo ha golpeado injustamente, salvajemente, animalmente a centenares de personas del pueblo madrileño, del pueblo español.

En los medios de transporte público, en las zonas populares, han sido masacradas cientos de personas, cientos de trabajadores que acudían a su trabajo, cientos de estudiantes que acudían a sus institutos, ...

No podemos mas que llorar por la tristeza, la amargura, la impotencia que nos causa tanta sinrazón.

Cientos de años han pasado como si nada, parece que hoy como hace miles de años no seamos capaces de entendernos sino con la violencia y la muerte.

Doscientas personas han muerto esta mañana en Madrid.
Miles de personas han sido heridas esta mañana en Madrid.

Siempre empujaremos hacia el futuro, nunca dejaremos que las fuerzas del pasado, que las fuerzas de la intransigencia ganen ni un centímetro del terreno que la humanidad ha sido capaz de avanzar a costa de la sangre y el sufrimiento de miles de personas a lo largo de la historia.

Aún con lágrimas en los ojos debemos empujar el carro de la historia hacia adelante, este esfuerzo que no ha sido fácil en las épocas pretéritas, tampoco lo iba a ser ahora.

El futuro nos pertenece.

Otro mundo más justo, humano y solidario es posible.

Nuestro amor y solidaridad para todos aquellos que en el día de hoy han sufrido en su propia persona el dolor y la muerte.























José Palacios

Me imagino la muerte como un ave muy grande y negra.
Como un águila gigantesca con unas inmensas garras que en cualquier momento se deja caer desde su nido y llega al ras de nuestra tierra para arrancar de allí la vida de unos cuantos.
Se los lleva colgando de sus garras, destrozados, mientras todos miramos con impotencia y con lágrimas en los ojos.

Ya no sé cuantas veces he esperado en la estación de Atocha a que un tren me lleve de paseo, me lleve a trabajar, me lleve a cualquier parte.
En ocasiones se sentía allí la tranquilidad de la espera (como en la foto que adjunto) y en otras ocasiones se experimentaba el vértigo del movimiento de la vida que iba a trabajar o a estudiar.

Hoy me cuesta creer que la muerte a bajado a estos andenes para cortar el destino de tantas personas.
Yo creo que todos los que hemos pasado por esa estación podemos considerarnos desde ahora también sobrevivientes.
Yo pude estar en ese tren como cualquiera de vosotros.
Las lágrimas no me dejan escribir más.
Un abrazo, Jota

Fotografía y texto de José Palacios







Hoy por hoy, Madrid es la capital moral de Europa.
Por supuesto no es la capital política de los europeos, ni la capital económica, ni mucho menos la capital militar, pero sí es, clara y rotundamente, la capital moral de esa Europa a la que osaron llamar "vieja" algunos que de Europa sabían muy poco y de su propia y supuesta "juventud" presumían demasiado.

Los doscientos muertos del infame atentado del 11 de marzo van a quedar para siempre en la memoria y en el corazón de Madrid, cada uno de ellos será en esta ciudad una imagen que encontraremos por las calles, cada uno de ellos una mirada que nos interrogará al pasar, cada uno de ellos una exigencia y un compromiso.

Al día siguiente, con los ojos llorosos y el dolor pegado al alma, Madrid salió en masa a la calle, con Madrid salió España entera de sus casas, con España salieron Europa y el mundo.
En muchas ciudades y pueblos al otro lado de las fronteras sonaron las campanas de las iglesias y las sirenas de las fábricas, de todos los minutos de silencio cumplidos se hicieron muchas horas de duelo, Madrid no estaba sola, España no estaba sola, una onda de solidariedad empapada de lágrimas nos reunió a todos en un clamor unánime contra la barbarie terrorista.

Un clamor general se irguió contra el terrorismo externo e interno, y también, como consecuencia ineluctable, contra los demás terrorismos de todos los colores y facciones, los del negro y los del azul, los del verde y los del marrón.

Nadie ignora que de esos colores nefastos se tiñeron nefastas camisas en el pasado, y nadie puede ignorar que hoy, bajo la capa de los mejores propósitos y de las más protectoras intenciones, nuevos autoritarismos están amenazando el mundo.
Llevan las camisas debajo de la piel pero la sed de poder es idéntica.
Los procesos han cambiado, sin embargo los objetivos son los mismos.

Hace un año millones de personas bajaron a la calle para gritar "No a la guerra" e intentar así cortar el camino a aquellos que se empeñaban en dar el nombre de guerra preventiva a lo que simplemente era terrorismo de Estado.

Muchos de nosotros estuvimos aquí, muchos de nosotros levantamos pancartas de paz y gritos de esperanza, pero la guerra no se detuvo.
Para el señor Bush y sus dos acólitos principales, los señores Blair y Aznar, nosotros, en el mejor de los casos, éramos unos pobres ingenuos, mentalmente incapaces para comprender la sublime majestad de la gesta bélica que se preparaba, y, en el peor de los casos, unos miserables traidores a la civilización occidental que no merecíamos el pan que comíamos.

No importaba que la famosa gesta bélica fuera sólo un entramado de groseras manipulaciones y falsedades, no importaba que de cada tres palabras que ellos proferían dos fueron mentirosas y la tercera dudosa, no importaba que los motivos ofrecidos para desencadenar la guerra se derrumbaran hechos añicos a los pocos días.
Empecinados en la estrategia del engaño sistemático como instrumento de maniobra política, Bush, Blair y Aznar dedicaran sus ocios y sus quehaceres a pasear por el mundo sus impagables narices de Pinocho.

El año que ha pasado entrará seguramente en la Historia como el tiempo en que más mentiras han sido dichas en el mundo.
¿Y vosotros, los miles y miles que habéis salido a la calle hace un año? A primera vista, terminadas las manifestaciones, no habéis hecho nada más que volver a casa como si, vencidos y humillados por las mañas de la mentira organizada, de repente os hubiera faltado la propia conciencia de vuestras razones.

Hoy, aquí, podemos afirmar que no fue así.
Las enormes masas humanas de protesta y reivindicación de la paz reunidas hace un año en Madrid y en toda España se fueron convirtiendo, sin que os dierais cuenta, en el río Guadiana que deja la superficie de la tierra para proseguir su camino debajo del suelo.
Y a la manera del Guadiana, el otro río oculto en que os habéis transformado ascendió de súbito, cuando nadie se lo esperaba, a la superficie.

Sucedió eso el día 14 de marzo del año 2004.
Que no tiene nada que ver una cosa con la otra, dirán algunos.
Sí tiene que ver.

Sacudidos por el dolor, ahogados por las lágrimas, la palabra Paz volvió a encontrar el camino de vuestras gargantas y el "No a la guerra" retomó su primera fuerza para luego doblarla y multiplicarla.
Lo que parecía dormido despertó y a partir de ahora nada ni nadie os podrá callar.
No a la guerra, no a la guerra, no a la guerra.

José Saramago
Madrid, 20 de Marzo de 2004.







Pásalo.
Así terminaba el mensaje que recibí en torno a las tres de la tarde anunciando una concentración silenciosa por la verdad frente a la sede del PP en la calle Génova.
Así comenzaba algo que con el paso de las horas iba difundiéndose minuto a minuto.
Por cada mensaje que la gente recibía, se enviaban diez, quince, veinte mensajes más.
Hubo gente que recibió hasta diez mensajes de grupos de gente diferente: familia, trabajo, lugar de estudios, gente del colegio, del barrio, y esos mensajes se multiplicaron hasta el infinito, propagándose como las llamas de un incendio por efecto del viento.
A las seis de la tarde un despliegue policial protegía la sede del partido y sus efectivos pedían la documentación a todo manifestante que llegaba.
Media hora después, sin embargo, la concurrencia de tantos madrileños sobrepasó la capacidad policial y una hora más tarde la calle Génova era un hervidero de gente gritando de rabia y pidiendo explicaciones al gobierno de la nación.
Había gente que lloraba, otros expresaban su indignación a gritos, mentirosos, asesinos, te dijimos no a la guerra; vuestra guerra, nuestros muertos; no estamos todos, faltan doscientos; mentirosos, vosotros tenéis chófer, nosotros cercanías; lo sabe todo el mundo menos nosotros; los muertos no se utilizan, basta de manipulación, y queremos salir en La Primera.

La prensa que se encontraba tras el cordón policial era mayoritariamente extranjera, y había un gran despliegue de antenas parabólicas de cadenas televisivas europeas.
De las calles adyacentes y bocas del metro salía cada vez más gente de todas las edades y razas que se unían a la concentración, que de silenciosa al final no tuvo casi nada porque se nos hacía difícil permanecer callados cuando se pretendía celebrar un minuto de silencio.
Siempre alguien lo rompía con algún grito: mentirosos, asesinos.
Las lágrimas y la indignación se propagaban de igual modo que la información.
La gente estaba pegada a sus transistores y los móviles sonaban sin parar para transmitir información a la gente, que a su vez propagaba las noticias, que corrían de boca en boca.
Cuando Rajoy declaró a los medios que la concentración era ilegal e ilegítima, y acusó a sectores del PSOE de haberla organizado, la multitud rugió y contestó: "nos han convocado los asesinados", y "la voz del pueblo no es ilegal".
Cómo íbamos a ser ilegales, cuando el gobierno seguía mintiendo, ocultando información y violando los derechos más elementales del pueblo: el derecho a la libertad de expresión y al derecho a la información.
En TVE 1, Cine de Barrio.
En Génova pasaban las horas y los ánimos se iban encendiendo cada vez más. Seguía llegando gente, y no se veían banderas de partidos políticos ni sindicatos.
Sólo pancartas improvisadas con cartones y bolígrafos.
Tampoco la gente cantaba; todo eran gritos de dolor e indignación.
El jefe antidisturbios confesaba a un reportero de la SER que no podían disolver la concentración por la fuerza porque éramos ya más de 5 mil personas y no era cuestión de cargar contra la muchedumbre donde había ancianos y niños.
Cada vez que algún miembro de la sede se asomaba a la ventana la gente rugía y pedía la verdad, y mientras, seguían llegando noticias de concentraciones espontáneas en todas las ciudades de España.
Las nueve de la noche y nadie se movía de allí, pese al frío.
Nos llegó una nota que circulaba en manos de todo el mundo: A las doce en sol.
Pásalo.

De pronto otra noticia que se propaga entre la gente: dos hindúes y tres marroquíes detenidos por su relación con los supuestos asesinos en Lavapiés.
Los servicios de inteligencia por un lado y el gobierno por otro.
Españoles en el extranjero, amigos de todos los puntos del planeta seguían mandando noticias de las principales cadenas televisivas del mundo: Bush lamenta que el apoyo de España a su guerra contra Irak haya tenido estas consecuencias para Madrid.
En cambio, el gobierno no lo lamenta, sino que oculta toda la información y llama a la calma, e insiste en que en la jornada de reflexión el pueblo no puede salir a la calle para expresarse.
Rugimos más aún: no nos vamos, sal al balcón, da la cara, PP responsable, PP culpable, vuestra guerra, nuestros muertos, vosotros tenéis chófer, nosotros Cercanías, vosotros, fascistas, sois los terroristas.
Diez de la noche y la gente sale hacia Sol tomando las calles sin permiso.

Yo me voy a Lavapiés para cenar un poco y ponerme algo de abrigo porque ya no siento las manos del frío.
La plaza está vacía, y al llegar a la calle Cabeza nos encontramos con una chica joven que, en la puerta de su casa, aporrea una cacerola con la cabeza alta y el semblante grave.
Tímidamente salen a los balcones vecinos que salen a aporrear las cacerolas.
Primero es un suave tintineo, después comienzan a abrirse los balcones de todas las calles y comienza un zumbido ensordecedor que se expande por todo el barrio.
Bajamos a la plaza, que comienza a llenarse de gente que aporrea sus cacerolas, sartenes e instrumentos con fuerza.
Aparece una cámara de televisión alemana, mientras la plaza y las calles están llenas de gente protestando sin palabras, y en un momento precioso hasta parece que seguimos todos el mismo ritmo.
Un ritmo fúnebre y contundente, seco, duro, lleno de rabia y solemnidad.
Y marchamos todos hacia Sol, donde ni siquiera podemos entrar porque Madrid está en la calle.
Siguen volando las noticias, siguen multiplicándose los mensajes de solidaridad con las protestas de otras ciudades, siguen propagándose las noticias.
La policía ha cargado contra la gente en Zaragoza y en Barcelona.
Están estudiando suspender las elecciones, ha aparecido en manos del PP, de repente, un vídeo en el que Al Quaeda reivindica el atentado, y la gente comenta asombrada e indignada que no salimos en los medios.
En la SER comentan que pese a la toma de las calles por parte de la ciudadanía, no van a seguir retransmitiendo para mantener la calma y no calentar los ánimos.
La censura del siglo XXI.
Las cámaras, los micrófonos, y las luces desaparecen; solo quedan los reporteros alemanes que trabajan a destajo, y nosotros gritando, y todas las calles que desembocan en Sol colapsadas.
No hay banderas, no hay partidos, no hay magnetófonos, no hay organizadores, no hay órdenes.
La multitud avanza espontáneamente hacia Atocha y la policía se retira discretamente.
La calle es nuestra y caminamos por donde queremos, cortando el tráfico.
Nadie rompe cristales, nadie destroza el mobiliario urbano, Madrid avanza cívicamente y Ansuátegui ordena invisibilidad.
La policía apaga las sirenas, y las lecheras apenas son percibidas.
"Veniros con nosotros", grita alguno a los uniformados, que no se atreven ni a mirarnos a los ojos.
La rabia está en el grito, en las palabras.
La gente exige que el gobierno informe, que los medios informen, la gente exige que el gobierno asuma su responsabilidad, y que deje de mentir a un país entero, que a través de internet y los teléfonos móviles va conectándose con el mundo entero.
Los medios nacionales ningunean la protesta y dejan claro de qué lado están.
La gente alza sus móviles para que los que escuchan al otro lado perciban el ambiente que hay en Madrid.
Más de un millón de personas bajan hacia Atocha por la calle del Prado y por la calle Atocha.
Y circula otro papel: a las dos en punto cinco minutos de silencio.
Pásalo.

Todos al suelo. Silencio sepulcral. No hay cámaras.
Miles de velas encendidas, y se rompe el silencio con el grito lleno de orgullo: viva Madrid, y todos gritamos, viva, viva Madrid.
Aznar escucha, el pueblo está en lucha, y las riadas humanas avanzan hacia el Congreso.
En la radio solo se oye música y resúmenes del partido del Real Madrid.
Las voces ya cascadas por el paso de las horas, los pies doloridos, y no hay miedo, no hay policía, solo el helicóptero rugiendo encima de nuestras cabezas, y una sensación de euforia al ver que somos tantos, que somos incontables.
"También estuvimos en la manifestación de ayer", decían algunos cartones a modo de pancarta.
Frente al congreso, las lecheras protegiendo el recinto sagrado donde unos cuantos toman las decisiones sin preguntar.
La gente vuelve a gritar, dijimos no a la guerra, dijimos no a la guerra, vuestra guerra, nuestros muertos, un pozo de petróleo por un pozo de sangre, embusteros, tve=nodo, urdaci nazi, queremos la verdad.

Pasamos el congreso, llegamos a la Gran Vía, seguimos por Hortaleza.
La gente sale de los bares, los pubs y las discotecas.
Unos se unen, otros provocan preguntando qué pasa y por qué tomamos las calles, y Madrid avanza imparable bajo la atenta mirada del helicóptero.
Los porteros de las discotecas desde las que sale música evasiva y alegre nos miran alucinados, tratando de proteger los imperios del alcohol y la música entretenida.
Llegamos a la sede del PP de nuevo, y la gente, pese al cansancio, sigue aullando.
Cuatro, cinco de la mañana, y la gente grita hoy protestamos, mañana os cesamos, a la hora de votar se tiene que notar, asesinos, mentirosos.

Agotada regreso a casa.
En Sol hay cientos de velas encendidas, y decenas de ramos de flores y carteles, cartas, gritos de papel donde la gente demuestra su solidaridad y su cariño.
La gente se arrodilla, enciende más velas, y todo está en silencio.
Siguen las pancartas colgando de todos los rincones de la Puerta del Sol; los servicios de limpieza esta vez respetan el dolor de una ciudad entera que llora a sus muertos.
Banderas de todas partes del mundo, y escritos en árabe, no al terrorismo, PP responde, mensajes de las familias de los fallecidos, basta de horror, queremos la verdad, televisión manipulación, y cuatro mendigos apoyados contra la pared, rodeados de velas, en silencio.
El pueblo llora, el gobierno miente. Lucía no te olvidaremos nunca. Papá te quiero.
Esta no es nuestra guerra.
Agotada, no puedo ni moverme de allí.
Porque si la gente expresaba la rabia ante la mentira en la calle Génova, allí se concentra el dolor, el silencio, velas encendidas y flores congeladas del frío que hace.

Esto es lo que sucedió en Madrid la víspera de las elecciones.
Y si en los medios no se quiso recoger esta toma de las calles por parte del pueblo madrileño, por lo menos que se difunda por la Red lo que pretende ser acallado y ocultado.
Porque algo ha cambiado desde anoche: ya no tenemos miedo.
Ni en Madrid, ni en el resto de las ciudades, ni los pueblos.
no necesitamos partidos políticos que organicen manifestaciones: ya sabemos que internet y los móviles cuentan lo que no cuentan los medios oficiales, y ya sabemos que tenemos una herramienta de comunicación, la del boca a boca, para expresarnos.
Se nos han negado los derechos fundamentales que reconoce nuestra Constitución, y el pueblo ha pagado caro la incursión de su gobierno en una guerra por petróleo.
Un pueblo que nunca ha tenido problemas con el mundo árabe, un pueblo que se indigna ante la mentira y los insultos del candidato a la presidencia de España.
Madrid demostró que está llena de gente de todas las nacionalidades, edades y condiciones sociales que son sensibles, y fue anoche la verdadera democracia, la de la soberanía del pueblo, en la que la gente se expresaba libremente.
Pásalo.