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11 de septiembre de 1973
" ... Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se
abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre,
para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores! ... "
Con estas palabras de derrota y al tiempo de esperanza, se despedía
de su pueblo un hombre íntegro.
Era Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, en el mensaje a los
ciudadanos transmitido por Radio Corporación a las 08:45 de la mañana.

Aquella mañana, dio inicio lo que sería uno de los mayores
dramas vividos por Chile.
El gobierno de Salvador Allende era derrocado por un cruento golpe militar
que, con el apoyo de la CIA y de los Estados Unidos, estaba encabezado
por el general Augusto Pinochet.
A partir de entonces se inició una auténtica cacería
de opositores, sumergiendo a la nación transandina en una de las
más crueles dictaduras que se han padecido en América Latina.

Son cinco minutos.
La vida es eterna en cinco minutos.
Suena la sirena de vuelta al trabajo,
y tú caminando, lo iluminas todo.
Los cinco minutos te hacen florecer.
( Te recuerdo Amanda - Víctor Jara )

Testimonio de Joan Jara, compañera de Victor, publicado en el
libro "Víctor Jara: Un canto inconcluso", acerca del golpe militar
y la muerte de Víctor Jara.
Despierto temprano, como siempre. Víctor sigue durmiendo, de modo
que me levanto en silencio y llamo a Manuela, que tiene que llegar temprano
a la escuela.
Bajo a poner la tetera al fuego y pocos minutos después
aparece Mónica, frotándose los ojos y bostezando.
Todo es normal, dentro de la anomalía en que vivimos.
Es una mañana fría, melancólica, nublada.
Manuela y yo desayunamos y salimos para la escuela.
Yendo en coche no es lejos, pero resulta difícil llegar en
transporte público, aunque lo hubiera. Por suerte nos queda algo
de gasolina.
Evidentemente somos las únicas personas que están en movimiento.
Todos los demás parecen haber decidido quedarse en la cama, con
excepción de las empleadas domésticas, naturalmente, que
se levantan temprano para hacer cola en la panadería de la esquina.
Mónica había vuelto con la noticia de que el coche de
Allende ya había bajado a toda prisa por la Avenida Colón,
acompañado por su escolta habitual, mucho más temprano que de
costumbre.
En la cola del pan y en el quiosco la gente decía que se estaba tramando algo.
El Liceo Manuel de Salas está lleno de alumnos. Aquí no hay
indicios de huelga. Sólo un mínimo porcentaje de familias no es
partidaria de la Unidad Popular.
En el camino de vuelta enciendo la radio del
coche y me entero de que Valparaíso ha sido acordonado y está
teniendo efecto un movimiento de tropas desacostumbrado.
Los sindicatos convocan
a todos los trabajadores a reunirse en los lugares de trabajo porque se trata de
una emergencia, una alerta roja.
Me doy prisa para contárselo a Víctor. Cuando llego le encuentro
levantado y manipulando la radio, con la intención de sintonizar Magallanes
u otra emisora partidaria de la Unidad Popular.
"Parece que ya empezó", nos decimos.
Aquella mañana Víctor debía cantar en la Universidad Técnica,
en la inauguración de una exposición sobre los horrores de la guerra civil
y el fascismo, donde hablaría Allende...
Eso no creo que se haga, dije.
No, pero creo que debo ir, de todos modos ¿por qué no vas al tiro a buscar
a la Manuela? Es mejor que estén todas juntas en casa.
Voy a llamar por teléfono para tratar de averiguar qué está pasando.
Mientras volvía a salir del patio, nuestros vecinos empezaban a reunirse. Hablaban
en voz alta y ya comenzaban a celebrar. Pasé a su lado sin mirarlos, pero al fijar
la vista en el retrovisor vi que una de las "damas" se agachaba y me dedicaba
el ademán más grosero del lenguaje chileno.
Al llegar me enteré de que habían dado instrucciones de que los más
pequeños volvieran a sus casas, mientras los maestros y los alumnos mayores
podían permanecer en el colegio.
Recogí a Manuela y en el trayecto de regreso oímos a Allende por la radio.
Aunque la recepción era mala, fue tranquilizador
oír su voz desde el Palacio de La Moneda... aunque sonó, casi, como un
discurso de despedida.
Encontré a Víctor en el estudio, escuchando la radio, y juntos oímos
la confusión que se produjo cuando casi todas las emisoras de la Unidad Popular
dejaron de emitir a medida que sus instalaciones eran bombardeadas o tomadas por los
militares.
La música marcial reemplazó la voz de Allende:
"Esta será seguramente la última oportunidad en que me dirijo a
ustedes... Yo no voy a renunciar .... Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo...
Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia
digna de miles y miles de chilenos no puede ser segada definitivamente... No se detienen
los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen
los pueblos...".
Era el discurso de un hombre heroico que se sabía a punto de morir, pero en ese
momento sólo lo escuchamos por fragmentos.
A Víctor le llamaron por teléfono en mitad del discurso.
A mí me resultaba difícil escucharlo.
Víctor esperaba mi regreso para salir.
Había decidido ir a su lugar de
trabajo, la Universidad Técnica, obedeciendo las instrucciones de la CUT.
En silencio vertió nuestra última lata de gasolina reservada para una
emergencia como aquella en el depósito del coche y mientras lo hacía vi
que uno de nuestros vecinos, un piloto de las líneas aéreas nacionales,
se asomaba al balcón de su casa y le gritaba algo burlón a Víctor,
que le respondió con una sonrisa.
Fue imposible despedirnos como correspondía. Si lo hubiésemos hecho,
me habría aferrado a él, y no le habría dejado marchar, de modo
que lo hicimos con aire indiferente.
Volveré en cuanto pueda, mamita... tú sabes que tengo que ir...
mantén la calma.
Chao...
Cuando volví a mirar, Víctor ya no estaba allí.

Escuchando la radio, entre una marcha militar y otra, oí los comunicados:
"Bando número uno", "bando número dos"...
las órdenes militares anunciaban que se había dado un ultimátum
a Allende para su rendición ante los Comandantes de las tres armas al mando
del general Augusto Pinochet... que si a mediodía no se había rendido,
el Palacio de La Moneda sería bombardeado.
Mónica estaba preparando el almuerzo; Amanda y Carola jugaban en el jardín
cuando de pronto se oyó el estruendo y el zumbido de un avión a
reacción bajando en picada y luego una tremenda explosión.
Era como estar otra vez en la guerra.
Salí para meter a las niñas en casa, cerré las persianas
de madera y las convencí de que se trataba de un juego... pero los
aviones seguían volando en picada y daba la impresión de que
los proyectiles que disparaban caían sobre la población de
arriba de nuestra casa, en dirección a las montañas.
Creo que fue en aquel momento cuando me abandonó toda ilusión
que pudiera haber albergado: si luchábamos contra aquello
¿qué esperanza podíamos tener?
Entonces llegaron los helicópteros, rasantes sobre las copas de los
árboles del jardín. Los vi desde el balcón de nuestro
dormitorio, suspendidos en el aire como siniestros insectos, ametrallando
la casa de Allende.
En lo alto, hacia la cordillera, otro avión daba vueltas.
Oímos el agudo zumbido de su motor durante horas.
¿ Sería el avión de control ?
Poco después suena el teléfono. Corro a contestar y oigo la voz
de Víctor: ¿Cómo estás, mamita?. No he
podido llamarte antes. Estoy aquí, en la Universidad Técnica.
¿Sabes lo que pasa, verdad?
Le hablé de los bombarderos en picada, pero le dije que todas
estábamos bien. ¿Cuándo volverás ?
Te llamaré más tarde, ahora necesitan el teléfono, chao.
No hay nada que hacer, salvo escuchar la radio, los bandos militares entre
una marcha y otra.
Los vecinos han salido al patio y hablan excitados, algunos encaramados en
los balcones, para ver mejor el ataque sobre la casa de Allende...
hacen brindis... en una de las casas ondea una bandera.
Oímos la noticia de que el Palacio de La Moneda ha sido bombardeado
e incendiado nos preguntamos si Allende habrá sobrevivido...
no hay ningún comunicado al respecto... se ha impuesto el toque de queda...
Telefonea Quena para saber cómo estamos y le digo que Víctor
ha ido a la Universidad.
¡Qué espanto! exclama y cuelga.
Tenemos que suponer que todos los teléfonos están intervenidos,
pero Víctor vuelve a llamar alrededor de las cuatro y media.
Tengo que quedarme aquí... será difícil que vuelva
por el toque de queda. A primera hora de la mañana, en cuanto lo
levanten, vuelvo a la casa... Mamita, te quiero.
Yo también te quiero... pero me atraganto mientras lo digo,
y él ya ha cortado la comunicación.
Aquella noche me acosté pero no pude conciliar el sueño,
por supuesto. A todo nuestro alrededor se oían, en medio de la
oscuridad, repentinas ráfagas de metralletas.
Esperé la llegada de la mañana pensando si Víctor
tendría frío, si podría dormir, donde quiera que
estuviese, lamentando que no se hubiese llevado al menos una chaqueta,
preguntándome si, dado que el toque de queda se había
postergado hasta la noche, no habría salido de la Universidad y
decidido ir a casa de alguien de las cercanías.
A última hora de la mañana levantaron el toque de queda y
las empleadas salieron en tropel a comprar pan pero hoy la cola estaba
controlada por soldados que golpeaban a la gente con sus armas y la amenazaban.
Rogaba por que Víctor volviera a casa, anhelaba oír el
zumbido del coche al estacionarse debajo de la flor de la pluma.
Calculé cuánto tiempo le llevaría el recorrido desde
la Universidad... Mientras aguardaba me di cuenta de que no había
dinero en la casa, de modo que salí para cubrir a pie el par de
manzanas que me separaban de la tiendecita de Alberto, que siempre
había colaborado con la JAP y que quizá me cambiaría
un cheque.
Por el camino, dos camiones pasaron a mi lado a toda prisa. Iban llenos de
civiles armados con fusiles y ametralladoras. Comprendí que eran
nuestros fascistas locales, salidos de sus ratoneras.
Alberto estaba muy asustado, y con toda razón. En la semana anterior
ya habían explotado un par de bombas en la puerta de su tienda.
Pero tuvo la bondad de cambiarme el cheque y me preguntó por
Víctor.
Volví andando a paso largo, y por el camino
tropecé con una amiga, la esposa de uno de los miembros de
Inti Illimani, que vivía cerca. También ella estaba angustiada
y, para colmo, sola, pues el Conjunto se encontraba en Europa.
Por acuerdo mutuo volvió conmigo a casa y se quedó varios
días. La víspera se había sentido enferma y no
había ido a su trabajo en una repartición gubernamental.
Ahora sufría atrozmente, pensando qué habría
ocurrido allí y qué suerte habrían corrido sus
compañeras.
Esperamos juntas, pero Víctor no volvió.
Pegada a la televisión, aunque a punto de vomitar por lo que
veía, contemplé los rostros de los generales hablando
de "erradicar el cáncer del marxismo" del país,
oyendo el anuncio oficial de la muerte de Allende, viendo la
filmación de las ruinas del Palacio de La Moneda y de la casa
de Allende, repetida hasta el infinito, con primeras planos de su
dormitorio, de su cuarto de baño o de lo que quedaba de ellos,
con un "arsenal" que parecía patéticamente
pequeño considerando que sus guardias habían tenido que
protegerle contra ataques terroristas.
Sólo a última hora de la tarde me enteré de que
la Universidad Técnica había sido reducida, que aquella
mañana habían entrado tanques en el recinto y que un
gran número de "extremistas" había sido arrestado.
Mi salvación aunque sospechosa porque tenía oídos
era el teléfono.
Supe que Quena estaba tratando de averiguar qué le había
ocurrido a Víctor, y ella estaba en mejores condiciones que yo
para hacerlo discretamente. Yo no me atrevía a dar un paso,
temerosa de identificar a Víctor ante las autoridades militares.
No quería llamar la atención sobre él ... quizás
había logrado salir de la Universidad antes de que la atacaran.
Al menos, eso esperaba.
Transcurrió la noche del miércoles, otra noche fría,
glacial para septiembre. La cama era grande y percibí un doloroso
vacío a mi lado. Dormí a rachas y soñé con
Víctor, en su cuerpo entrelazado con el mío. Desperté
en la oscuridad, presa de pánico por él. Recordé sus pesadillas.
La mañana siguiente tampoco hubo noticias. Traté de telefonear
a diferentes personas que podían saber qué había ocurrido
en la Universidad Técnica.
Nadie estaba seguro de nada.
Después, otra vez Quena... había averiguado que los detenidos
de la UTE habían sido trasladados al Estadio Chile, donde Víctor
había cantado tan a menudo y donde se celebraban los festivales de la
canción.
Quena no sabía con certeza si Víctor se encontraba entre
ellos; la mayoría de las mujeres habían sido puestas en
libertad, y le habían transmitido la noticia... pero no estaban
plenamente seguras de que Víctor hubiese sido arrestado con los
demás, pues las habían separado de los hombres.
Por la tarde suena el teléfono. El corazón me da un vuelco
y corro a responder. Una voz desconocida, muy nerviosa, pregunta
por la compañera Joan.
Sí, soy yo.
Entonces hay un recado para mí:
Tú no me conoces, compañera, pero tengo un mensaje para ti
de tu marido. Acabo de salir del Estadio Chile. Víctor está
allí. Me pidió que te dijera que trates de mantener la
calma y quedarte en la casa con las niñas, que él dejó
el coche en el estacionamiento de la Universidad Técnica y que
quizá tú puedas enviar a alguien para que te lo traiga.
No cree que le dejen salir del estadio.
Gracias por llamarme, compañero, ¿pero qué quiso decir con eso?
Eso es lo que me pidió que te dijera. Buena suerte, compañera colgó.
Cuando Quena me telefoneó pocos minutos más tarde, le di
la noticia.
A partir de ese momento se dedicó a hacer todo lo
posible para averiguar más, para descubrir cuál sería
la mejor forma de salvar a Víctor.
Incluso fue a ver al cardenal Silva Henríquez para pedirle que
interviniera.
A mí me inmovilizaba el terror de identificar a Víctor
suponiendo que todavía no supieran quien era, las instrucciones
que me había transmitido y mi fe ciega en el poder y la
organización del Partido Comunista que, según yo creía,
conocería la mejor manera de proteger a personas como él.
En esa etapa yo no tenía una verdadera idea de los horrores que se
estaban produciendo.
Estábamos privados de noticias y de información, aunque
abundaban los rumores.
Un dirigente político responsable me telefoneó para decirme que el
General Prats avanzaba desde el norte con un ejército: debía de
ser el principio de la guerra civil sobre la que nos habían advertido
(sólo después supimos que el General Prats estaba encarcelado
y que durante la noche del 10 de Septiembre, incluso antes de que empezara
realmente el golpe, había habido una purga de todos los oficiales
sospechosos de apoyar al gobierno de Allende).
Durante el breve plazo que se levantó el toque de queda el viernes,
decidí atravesar Santiago para ir a buscar el coche.
Pensé que nos convenía tenerlo por si era necesario marcharnos
de prisa.
Era mi primera salida fuera de nuestro barrio, y bajo o el sol de mediodía
todo parecía artificialmente normal: los autobuses funcionaban,
había comida en las tiendas.
Lo único anormal era el número de soldados en las calles, en
todas las esquinas, pero había mucha gente que trajinaba, caminando
de prisa, con el rostro carente de expresión.
En el lento trayecto del autobús por la Alameda, pasamos junto al
Palacio de La Moneda, mejor dicho su esqueleto, acordonado desde la plaza.
Mucha gente paseaba por delante, supongo que curiosa por ver los resultados
del bombardeo y el incendio... pero nadie expresaba sus sentimientos, ya
fuesen de ira y tristeza o de satisfacción.
La Estación Central y los puestos de alrededor estaban tan concurridos
como de costumbre.
Me apeé del autobús y vacilé en la esquina de la calle
lateral que conducía al Estadio Chile. Me quedé mirando a la
multitud que esperaba afuera, a los guardias con sus ametralladoras
en posición de disparar. Era imposible acercarse y de todos modos...
¿qué podría haber hecho? Caminé las pocas
manzanas que me separaban de la Universidad Técnica.
El campus y el nuevo edificio moderno estaban extrañamente desiertos.
Después me di cuenta de que los grandes ventanales y puertas de cristal
estaban rotos, la fachada dañada y plagada de señales de balas.
El estacionamiento delantero, en general lleno, estaba vacío con
excepción de nuestra citroneta, que se veía solitaria allí
en medio. Seguramente había guardias militares cerca, pero no noté
su presencia. Sólo vi a un anciano sentado en un muro, a cierta distancia.
Pongo un pie delante del otro hasta que llego al coche, busco a tientas las llaves
y descubro que estoy pisando un charco de sangre que mana por debajo del coche,
que donde debería haber una ventanilla no hay nada, que el interior
está lleno de vidrios rotos.
Pienso que no puede ser el nuestro y empiezo a probar las llaves para ver si
encajan.
Entonces veo que el anciano se acerca hacia mí.
¿Quién es usted?, me grita:
Es mi auto tartamudeo, es el auto de mi marido... lo dejó aquí.
Entonces está bien responde el anciano. Se lo estaba cuidando a don
Víctor. Encontré su carnet en el suelo. Será mejor que
lo tengas tú. Me lo entrega.
¿Pero de dónde viene toda esa sangre? ¿De quién es?
le pregunto.
Supongo que alguien le dio una puñalada a un ladrón que
intentó robarlo. Por aquí se ha derramado mucha sangre
últimamente. Será mejor que te vayas cuanto antes.
Aquí corres peligro.
Me ayuda a quitar los vidrios rotos de los asientos del coche, para que
pueda conducir, e insiste en que me aleje.
Eso ocurrió el viernes.
No sé cómo pasé el sábado.
La gente me telefoneaba. Yo telefoneaba a la gente.
Marta fue a verme. Angel había sido detenido y trasladado al
Estadió Nacional.
Tuve malas noticias de otros amigos... todos los dirigentes de la
Unidad Popular estaban detenidos u ocultos y les buscaban como a
criminales.
Otros amigos habían desaparecido.
Acostada en la cama el sábado por la noche no puedo decir que
durmiendo, con la vista fija en el techo, empezó a cubrirme un
tipo distinto de fría desesperanza.
Me incorporé bruscamente, con el corazón en la boca:
Víctor no estaba allí.
En cuanto amaneció abrí el armario y empecé a
sacar prendas que no había usado durante años: ropas
convencionales de Marks & Spencer, que me daría aspecto de
extranjera. Me recogí el pelo, me puse gafas oscuras y traté
de cobrar fuerzas para ir a la Embajada Británica con el fin
de pedirles que ayudaran a Víctor.
Era demasiado temprano, por supuesto.
Tuve que esperar a que se levantara el toque de queda.
Como era domingo, no debía ir a la Embajada, que estaba en el
centro, sino a la residencia del Embajador.
El Embajador vivía en una de las grandes mansiones del barrio
alto, con verjas de hierro forjado y rejas, cerrada y con guardia policial
en el exterior.
No había señales de vida.
Llamé al timbre y esperé hasta que salió uno de los criados.
Soy británica. Necesito ayuda.
Pensé que me abriría la puerta, pero no fue así.
Me dijo que esperara. Esperé.
La policía me observaba. Me pregunté si parecería lo
bastante inglesa. Entonces se abrió la puerta principal de la
mansión y un joven indudablemente británico se acercó a la verja.
Disculpe por todas estas precauciones un tanto dramáticas.
Son órdenes superiores. ¿En qué puedo servirla?
En un incoherente y entrecortado inglés que no resultó del
todo correcto, le expliqué que mi marido estaba en el Estadio Chile,
que temía por su seguridad y que quería saber cómo
podían ayudarme.
Observándome a través de la verja herméticamente cerrada, me dijo:
¿Es un súbdito británico? De lo contrario, usted sabe
muy bien que no podemos hacer nada.
No, es chileno, pero creo que corre un peligro especial porque es una persona
conocida. Por favor, traten de hacer algo para ayudarle... si saben que
la Embajada Británica se interesa por él, quizá podarnos salvarle.
No creo que podamos hacer nada, pero dadas las circunstancias, probablemente
lo más aconsejable sea que nuestro Agregado Naval pregunte por
él a las autoridades militares. Veré qué podemos hacer,
pero no le prometo nada. La llamaré por teléfono si tengo alguna noticia.
Volví a casa preguntándome si había hecho bien,
albergando la esperanza de no haber traicionado a Víctor.
Si se había desprendido de su documento de identidad era porque
esperaba que no lo reconocieran.
A menos que ya estuviese muerto.
El lunes es una laguna en mi memoria. Supongo que hice todos los movimientos
que corresponden a estar viva.
Por decreto militar, mañana debemos sacar las banderas para
celebrar el día de la Independencia de Chile.
El martes 18 de septiembre, aproximadamente una hora después de
levantarse el toque de queda, oigo el ruido del portón, como
si alguien intentara entrar. Todavía está cerrado con llave.
Me asomo a la ventana del cuarto de baño y veo a un joven afuera.
Parece inofensivo y me decido a abrirle.
Me dice con voz baja:
Estoy buscando a la compañera de Victor Jara. ¿Vive aquí?
Por favor, confíe en mí. Soy un amigo me muestra su carnet.
¿Puedo entrar un minuto? Tengo que hablar con usted parece nervioso y preocupado.
Me dice en un susurro: Soy miembro de las Juventudes Comunistas.
Abro la puerta para que entre y nos sentamos en la sala.
Lo siento, tenía que encontrarla... Lamento decirle que
Víctor ha muerto... Encontraron su cuerpo en la morgue.
Un compañero que trabaja allí lo reconoció.
Le ruego que sea valiente y que me acompañe para identificarle.
¿Llevaba calzoncillos azul oscuro? Tiene que venir, porque
su cadáver lleva allí casi cuarenta y ocho horas y,
si nadie lo reclama, se lo llevarán y lo enterrarán en una fosa común.
Media hora más tarde me encuentro conduciendo como una
autómata a través de las calles de Santiago con
el joven desconocido a mi lado.
Héctor así se llamaba había estado trabajando
en la morgue, el depósito de cadáveres municipal durante
la última semana, tratando de identificar cuerpos anónimos
que llegaban diariamente.
Era un muchacho amable y sensible y había corrido un gran
riesgo yendo a buscarme.
En su condición de empleado tenía una tarjeta especial
y, después de mostrarla en la entrada, me introdujo por una
pequeña puerta lateral del edificio, a pocos metros de los
portales del Cementerio General.
Estoy en una especie de trance pero mi cuerpo sigue funcionando.
Tal vez vista desde afuera parezca normal y dueña de mí
misma: mis ojos continúan viendo, mi nariz oliendo, mis piernas andando...
Bajamos un oscuro pasadizo y entramos en una enorme sala.
Mi nuevo amigo me apoya la mano en el codo para sostenerme mientras
contemplo las filas y filas de cuerpos desnudos que cubren el suelo,
apilados en montones, en su mayoría con heridas abiertas,
algunos con las manos todavía atadas a la espalda.
Hay jóvenes y viejos... cientos de cadáveres... en su
mayoría parecen trabajadores... cientos de cadáveres
que son seleccionados, arrastrados por los pies y puestos en un
montón u otro por la gente que trabaja en el depósito,
extrañas figuras silenciosas con las caras cubiertas con
máscaras para protegerse del olor a putrefacción.
Me paro en el centro de la sala, buscando a Víctor sin querer
encontrarle, y me asalta una oleada de furia.
Sé que mi garganta emite incoherentes ruidos de protesta,
pero Héctor reacciona instantáneamente
¡Shhh! No debes decir nada, si no tendremos problemas. Espera un momento.
Iré a averiguar dónde debemos ir. Creo que no es aquí.
Nos envían a la planta superior.
El depósito está tan repleto que los cadáveres
llenan todo el edificio, incluyendo las oficinas.
Un largo pasillo, hileras de puertas y, en el suelo, una larga fila
de cadáveres, éstos vestidos, algunos con aspecto de
estudiantes, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta... y en mitad
de la fila descubro a Víctor.
Era Víctor, aunque le vi delgado y demacrado.
¿Qué te han hecho para consumirte así en una semana?
Tenía los ojos abiertos y parecía mirar al frente con
intensidad y desafiante, a pesar de una herida en la cabeza y terribles
moratones en la mejilla.
Tenía la ropa hecha jirones, los pantalones alrededor de los
tobillos, el jersey arrollado bajo las axilas, los calzoncillos azules,
harapos alrededor de las caderas, como si hubieran sido cortados por
una navaja o una bayoneta... el pecho acribillado y una herida abierta
en el abdomen... las manos parecían colgarle de los brazos en
extraño ángulo, como si tuviera rotas las muñecas...
pero era Víctor, mi marido, mi amor.
En ese momento también murió una parte de mí.
Sentí que una buena parte de mí moría mientras
permanecía allí, inmóvil y callada...
incapaz de moverme, de hablar.
Tendría que haber desaparecido.
Sólo porque su rostro
fue reconocido entre cientos de cadáveres anónimos no
le enterraron en una fosa común, con lo cual yo nunca habría
sabido qué había sido de él.
Le di las gracias al trabajador que llamó la atención
sobre él y al joven Héctor, sólo tenía
diecinueve años, que decidió correr el riesgo de ir a
buscarme, que buscó y encontró mi nombre y mi domicilio
en los archivos de "Identificaciones", donde pidió
colaboración a otras personas.
Todos habían ayudado.
Ahora era necesario reclamar legalmente el cadáver de Víctor.
La única forma posible era llevarle inmediatamente desde el
depósito hasta el cementerio y enterrarle... tales eran las órdenes.
Me hicieron volver a casa a buscar el certificado de matrimonio.
Una vez más, ahora sola, tuve que atravesar Santiago, que ya
se había engalanado con banderas para la celebración
de las Fiestas Patrias.
Todavía no podía decirle nada a mis hijas, el depósito
de cadáveres no era lugar para ellas.
Pero habían estado llamando mis amigos, muchos alumnos que
querían saber cómo estábamos.
Uno de ellos insistió en acompañarme, un buen amigo que
se tildaba a sí mismo de momio.
Por extraña coincidencia, también se llamaba Héctor.
El papeleo, el cumplimiento de todos los trámites, llevó horas.
A las tres de la tarde todavía esperaba en el patio que conducía
al sótano del depósito, desde donde me dijeron que saldría
el cadáver de Víctor.
Había allí otras mujeres que hojeaban las inútiles
listas fijadas en los muros y que sólo indicaban un número,
el sexo, el "sin nombre", encontrado en tal o cual zona.
Mientras aguardaba, intermitentemente entraban desde la calle vehículos
militares cerrados, con una cruz roja pintada en los costados, que bajaban
al sótano para descargar, evidentemente, otra partida de cadáveres,
y que al instante volvían a salir en busca de más.
Por fin todo estuvo dispuesto.
Con el ataúd sobre un carrito de ruedas, estábamos listos para
cruzar hasta el cementerio.
Al llegar a la puerta nos encontramos ante un vehículo militar que
entraba con más cadáveres.
Alguien tenía que ceder el paso... el conductor tocó la bocina
y nos hizo ademanes airados, pero permanecimos inmóviles y en silencio
hasta que retrocedió para dar paso al ataúd de Víctor.
La caminata hasta el lugar del cementerio donde Víctor sería
enterrado debió de llevarnos entre veinte y treinta minutos.
El carrito chirriaba, y rechinaba sobre el pavimento irregular.
Caminamos y caminamos... mi nuevo amigo Héctor a un lado, mi viejo
amigo Héctor al otro.
Sólo cuando el ataúd de Víctor desapareció en el
nicho que nos habían asignado estuve a punto de desplomarme.
Pero estaba vacía de sentimientos o sensaciones y sólo se
mantenía viva la idea de que Manuela y Amanda esperaban en casa,
preguntándose qué ocurría, dónde estaba yo.
Al día siguiente el diario La Segunda publicó un breve
párrafo en el que informaba de la muerte de Víctor como si
hubiera fallecido plácidamente en la cama: "El funeral fue de
carácter privado y sólo asistieron los familiares".
Después todos los medios de difusión recibieron la orden de no
volver a mencionar a Víctor.
Pero en la televisión alguien arriesgó su vida insertando unos
pocos compases de "la plegaria" sobre la banda sonora de una
película norteamericana.

Bordado de Violeta Parra

Augusto Pinochet y Henry Kissinger
El 11 de septiembre de 1973 ardió el palacio presidencial de Chile.
Kissinger había anticipado el epitafio de Salvador Allende y de la
democracia chilena, al comentar el resultado de las elecciones:
"No tenemos por qué aceptar que un país se haga marxista
por la irresponsabilidad de su pueblo."
( Eduardo Galeano - Octubre 2001 )
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