Sant Boi, 1958 - Ricard Terré



Sant Boi, 1958
Ricard Terré


Blancos. Una saturación de blancos cruzados y brillantes, los de las ropas de la primera comunión y de los guantes, de los velos de organdil y de las flores frescas abiertas. Blancos que resplandecen en esta fotografía sin estetismo, donde sólo permanece una extraordinaria carga de humanidad.
Un color metonímico del alma impoluta de estas niñas que comparten su juventud. Un blanco cándido, con el candor del candidato, es decir de aquel que va a cambiar de condición; como el de la casada, de la revelación, de la transfiguración que deslumbra.
Y de estos blancos brota la gracia: " Un ángel entre ángeles ", dirá Ricard Terré de esta preciosa niña anónima que él ha extraído de entre la multitud, con un espíritu de comprensión y una mirada cargada de amor.
Todas los fotógrafos viven con la esperanza de atrapar un instante como éste, uno de los más célebres y más bellos que nos ofrece la fotografía española.

En 1958, Ricard Terré ( Sant Boi, Barcelona, 1928 ) perteneciente entonces a una generación de jóvenes fotógrafos ( reunidos la mayor parte alrededor de la revista AFAL ), influenciados por el trabajo de foto-reporteros extranjeros como Robert Frank, William Klein, Henri Cartier-Bresson o Eugène Smith. Apartándose de los concursos para fotógrafos aficionados o de una estética pictorialista moribunda, ellos intentan practicar un realismo documental y humanista, próximo al mostrado en la monumental exposición "The Family of Man", que Steichen había organizado en 1955 para el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Aquí, en esta instantánea tomada en 1958, en Sant Boi, un pueblo a nueve kilómetros de Barcelona, es la mirada de esta niña, afectada por un estrabismo convergente, lo que llama inmediatamente nuestra atención.
Nos encontramos aquí en un momento de vacilación, de transición, de relajación de la atención de las jóvenes comulgantes, impacientes por pasar a la morada de Dios, y que han olvidado la presencia del fotógrafo, mas ocupadas por el tumulto y la excitación del momento, escudriñando con la mirada a la familia endomingada o la columna de muchachos de los cuales les han separado. Todas, inmersas en la euforia de un domingo de mayo, con la excepción de una de ellas, la única que hace frente a la entrada de la iglesia, en una actitud hierática, magnificada por la luz que alumbra su bello rostro, acentuando los planos y el carácter voluntario.
La mano crispada sobre su delgado ramillete de gipsofilias, - que contrastan con los gladiolos y los aromas de sus compañeras, - y que su madre, sin duda, ha juntado y arreglado con papel de aluminio, ella mira al fotógrafo construir su imagen en el punto central: sus ojos, los únicos que existen en esta fotografía y que miran fijamente al espectador. Las otras comulgantes miran a sus compañeras o están vueltas hacia el exterior de la imagen, acechando también a la madre beata y al padre que estrena su corbata, y por esto mismo dando mayor emoción todavía a la soledad de la que nos mira de frente.

Es de resaltar la diagonal que partiendo del ángulo inferior de la imagen, desde el ramo de gladiolos, hasta otra comulgante con gafas cuya mirada se dirige hacia afuera de la imagen. Esta diagonal nos conduce, en una sinuosidad perfecta, hasta la cara de la "Bizca", situada entre dos comulgantes, con posiciones casi simétricas, y con sus caras borradas por la subexposición. Casi en el centro de la fotografía, la luz ilumina en especial sus ojos, la riqueza de la textura del vestido, sus pendientes, adecuados para el acontecimiento. En las copias que realizará de esta imagen, Ricard Terré se esforzará en hacer resaltar toda la estridencia apagada del vestido, con el fin de distinguir la gasa y el organdil, de mostrar los grises de las manos y de la cara, todos los detalles en fin, que describen la ilusión y el lujo de un día para las personas humildes.

Pero, ¿ qué es esta imagen si nos quedamos en resaltar su perfección plástica ? Una "imagen bella", pero no conoceremos jamás la carga simbólica que encierra.
En una España donde la industria fotográfica estaba moribunda, donde la foto de la escuela, una vez al año, es recibida como un acontecimiento, esta imagen es, puede ser, el primer encuentro fotográficio de esta niña. Y dado que toda fotografía es un auto-retrato, porque es la razón del acto fotográfico, la mirada del fotógrafo se convierte en opinión, no para denunciar sino como "aceptación y constatación", la actitud tranquila del que no cierra los ojos frente a la realidad, incluso si aparece bajo su forma más cruda".

Y puesto que hay un dolor a dejarse tomar una fotografía, esta fotografía nos dice que quizás valemos algo por nuestros sufrimientos, porque son todos aspiraciones. Aquel día de primera comunión y tal vez únicamente aquel día por primera vez, la niña se habrá embriagado del porvenir y, porque ella también tiene derecho a ello, habrá soñado con el amor, esa gran ilusión que embellece la vida.

¿ Quién algún día podrá expresar lo que entraña esta cara tersa y llena de infancia, agobiada demasiado temprano por una carga que hace pesada su vida diaria ? A la edad en la que la vejez no es má que una abstracción, esta niña ya ha aprendido la resignación, es decir a apartar la mirada o a bajar la cabeza. ¿ Quién sabrá decirnos todo lo que le hizo falta en excusas y artificios, durante años, para ocultar el defecto que nos ofrece hoy ?. ¿ Cuántas veces se habrá refugiado en el silencio, como un tartamudo, a quien no le gusta nada más que hablar, pero que se calla ante el temor de las humillaciones a las cuales se expone su minusvalidez que lo aniquila todo, hasta las observaciones más vivas o nada menos que acertadas ?
Cuando los ánimos que le daban no eran mas que la complacencia burlona de los mediocres, ¡ qué fuerza necesitó para buscar ella misma por alguna parte, un sitio más limpio para vivir !.
Toda fotografía muestra y oculta: aquí, más que en cualquier otra parte, es " un secreto a propósito de un secreto ".

En el momento de elegir las obras que iban a ser expuestas en la segunda y muy celebrada exposición en la Sala Aixelá, en 1958, en Barcelona, los amigos del fotógrafo le desaconsejaron que la expusiera: tal vez la interpretarían mal. Ricard Terré no hizo caso de las recomendaciones amistosas, no viendo más en la foto mas " que un ángel el día de su primera comunión, totalmente ajeno a su defecto físico ". Durante esta exposición ( memorable por su resonancia ), un espectador se acerca al fotógrafo y le pregunta si es el autor de la foto:

" Como le contesté que en efecto, era yo ", cuenta Ricard Terré, " me dijo que tenía una ahijada aquejada del síndrome de Down y que viendo la foto, era yo el que tenía que ser el fotógrafo de su primera comunión ". Me agradó su deseo y acepté. Luego añadió: " todo depende de su precio ", y yo, así, sin pensarlo, le dije: " la operación del ojo de la chiquilla ". Aceptó diciendo que su amigo, el doctor Vila Coro, cirujano oftalmólogo, se encargaría de ello. Ya hechas la fotos de su ahijada, tuve que hacer un recorrido por las escuelas de Sant Boi para encontrar a la chiquilla del ojo bizco. Puse en contacto a sus padres ( de humilde condición ) con el doctor, unos días más tarde, dejaba definitivamente la región para instalarme en Vigo ".

Seis meses más tarde, Ricard Terré viaja a Barcelona y pasa una temporada en casa de su padre, en Sant Boi. Al día siguiente de su llegada, se presenta ( avisados por el padre del autor ), la joven bizca, que ya no lo era, acompañada de sus padres. Luce su vestido de primera comunión y lleva un pollo en la mano, a guisa de regalo. " Estuve veinte años sin hablar de esta historia, por pudor, pero mis amigos acabaron convenciéndome para que la contara ".

Juegos de espejos y revelaciones están en el corazón de cada acción fotográfica, y si esta niña nos seduce y nos conmueve, es porque despierta al niño que sobrevive en cada uno de nosotros. Porque revela lo mejor de nosotros mismos.
Conmovido en sus esperas y por los ojos que le miran, el espectador debe afrontar esta auto-revelación: la posibilidad de descubrirse a sí mismo. Así comprenderá que captando lo singular, Ricard Terré ha fijado lo eterno, y sólo en aquel momento, quizás piense que hay en torno nuestro tanta gente cuya alegría es indecente, que tenemos que bendecir nuestra desgracia, si ésta nos hace más dignos.



Comentario: Yann Henry
Profesor Coordinador de español
CNED - Rennes - Francia







Des blancs. Une saturation de blancs matinés et brillants, ceux des aubes de première communion et des mitaines, des voiles d'organdi et des fleurs fraîches écloses. Des blancs qui éclatent dans cette photo sans esthétisme, où seule demeure une extraordinaire charge d'humanité.
Une couleur métonymique de l'âme impolue de ces filles qui ont la jeunesse en partage. Un blanc candide, de la candeur du candidat, c'est-à-dire celui qui va changer de condition ; celui de la mariée, de la révélation, de la transfiguration qui éblouit.
Et de ces blancs jaillit la grâce : " Un ange parmi des anges ", dira Ricard Terré de cette précieuse anonyme qu'il a tirée de la foule, dans un esprit de compréhension et un regard chargé d'amour.
Tous les photographes vivent dans l'espoir de saisir un instant comme celui-là, un des plus célèbres et des plus beaux que nous a offert la photographie espagnole.

En 1958, Ricard Terré (Sant Boi, Barcelone, 1928) appartient alors à une génération de jeunes photographes (réunis pour la plupart autour de la revue AFAL), influencés par le travail de photo reporters étrangers comme Robert Franck, William Klein, Henri Cartier-Bresson ou Eugène Smith. A l'écart des concours pour photographes amateurs ou d'une esthétique pictorialiste finissante, ils essaient de pratiquer un réalisme documentaire et humaniste, proche de celui montré dans la monumentale exposition The Family of Man, que Steichen avait organisée en 1955 pour le musée d'Art Moderne de New York.

Ici, dans cet instantané pris en 1958, à Sant Boi, un village à neuf kilomètres de Barcelone, c'est le regard de cette petite fille, contrefait par un strabisme convergent, qui retient immédiatement notre attention.
On se trouve ici dans un flottement, un entre-deux, un relâchement d'attention des jeunes communiantes, impatientes de franchir la demeure de Dieu, et qui ont oublié la présence du photographe, trop occupées par le tumulte et l'excitation du moment, scrutant du regard la famille endimanchée ou la colonne des garçons dont on les a séparées. Toutes, saisies dans l'euphorie d'un dimanche de mai, à l'exception de l'une d'entre elles, la seule à faire face à l'entrée de l'église, dans une attitude hiératique, magnifiée par la lumière qui éclaire son beau visage, en souligne les méplats et le caractère volontaire.
La main crispée sur son maigre bouquet de gypsophiles, - qui jurent avec les glaïeuls et les arômes de ses compagnes, - et que sa mère, sans doute, a assemblé et arrangé avec du papier aluminium, elle regarde le photographe construire son image sur un point central: ses yeux, les seuls d'ailleurs qui existent sur cette photographie et qui fixent le spectateur. Les autres communiantes regardent leurs camarades ou sont tournées vers le hors-champ de l'image, guettant aussi la mère béate et le père qui étrenne sa cravate, et par là même rendent plus saisissante encore la solitude de celle qui nous fait face.

On remarquera surtout la diagonale partant de l'angle inférieur de l'image, depuis la branche de glaïeuls, jusqu'à une autre communiante à lunettes dont le regard se dirige vers le hors-champ. Cette diagonale nous conduit, par une sinuosité parfaite, jusqu'au visage de la " Bizca ", prise entre deux communiantes, aux positions quasi symétriques, et aux visages gommés par la sous-exposition. Presque au centre de la photographie, la lumière éclaire plus particulièrement ses yeux, la richesse de la texture des vêtement, ou encore ses boucles d'oreille, assorties aux circonstances. Dans les copies qu'il réalisera de cette image, Ricard Terré s'efforcera de faire ressortir toute la stridence sourde de la robe, afin de bien discerner la gaze et l'organdi, de relever les gris des mains et du visage, tous les détails enfin, qui décrivent l'illusion et le luxe d'un jour chez des gens humbles.

Mais que serait cette image si on se contentait de remarquer sa perfection plastique ? Une " belle image ", dont on ne connaîtrait jamais la charge symbolique qui l'entoure.
Dans une Espagne où l'industrie photographique est moribonde, où la photo de classe, une fois l'an, est vécue comme un événement, cette image est peut-être la première rencontre photographique de cette enfant. Et puisque toute photo est un auto-portrait, puisqu'elle est la raison de l'acte photographique, le regard du photographe devient aussi opinion, non pas dénonciation mais " acceptation et constatation, " l'attitude tranquille de celui qui ne ferme pas les yeux face à la réalité, même si celle-ci apparaît sous sa forme la plus crue "

Et puisqu'il y a une douleur à se laisser prendre en photo, cette photographie nous dit que nous valons peut-être quelque chose par nos souffrances, car elle sont toutes des aspirations. En ce jour de première commune-union, et peut-être seulement ce jour-là pour la première fois, la petite fille se sera grisée de l'avenir et, parce qu'elle aussi y a droit, elle aura rêvé de l'amour, ce grand mirage qui embellit la vie.

Qui pourra jamais exprimer ce que renferme ce visage lisse et tout gonflé d'enfance, trop tôt accablé par un fardeau qui alourdit son quotidien? A l'âge où la vieillesse n'est qu'une abstraction, cette petite fille a déjà appris la résignation, c'est-à-dire à tourner les yeux ou à baisser la tête. Qui saura nous dire tout ce qu'il lui a fallu d'excuses et d'artifices, des années durant, pour dissimuler le défaut qu'aujourd'hui elle nous tend? Combien de fois, se sera-t-elle réfugiée dans le silence, telle un bègue, qui n'aime rien tant que parler, mais qui se tait par crainte des humiliations auxquelles l'expose son handicap qui anéantit tout, jusqu'aux remarques les plus vives ou tout simplement justes?
Quand elle n'a reçu pour tout encouragement que la complaisance amusée des médiocres, quelle force alors lui a-t-il fallu pour aller chercher elle-même quelque part un endroit plus propre pour y vivre !
Toute photographie montre et dérobe : ici, plus qu'ailleurs, elle est " un secret au sujet d'un secret ".

Au moment de choisir les eouvres qui allaient figurer dans la seconde et très célèbre exposition de la salle Aixelá, en 1958, à Barcelone, les amis du photographe lui déconseillent de l'exposer : peut-être serait-elle mal interprétée. Ricard Terré passe outre les recommandations amicales, ne voyant dans la photo " qu'un ange le jour de sa première communion, totalement étranger à son défaut physique ". Au cours de cette exposition - mémorable par sa résonance - , un spectateur s'approche du photographe et lui demande s'il est l'auteur de la photo :

" Comme je lui répondis qu'en effet, c'était bien moi" raconte Ricard Terré, "il me dit qu'il avait une filleule atteinte du syndrome de Down, et qu'en voyant la photo, c'était moi qui devait être le photographe de sa première communion ". Son souhait me plut, et j'acceptai. Ensuite il ajouta : " tout dépend de votre prix ", et moi, comme ça, sans réfléchir, je lui dis: "l'opération de l'oeil de la fillette ". Il accepta en disant que son ami, le docteur Vila Coro, chirurgien ophtalmologiste, s'en chargerait. Une fois réalisées les photos de la filleule, je dus faire le tour des écoles de Sant Boi pour trouver la fillette à l'oeil bigle. Je mis ses parents (d'humble condition) en contact avec le docteur; quelques jours plus tard, je quittai définitivement la région pour m'installer à Vigo ".

Six mois plus tard, Ricard Terré voyage à Barcelone et va séjourner chez son père, à Sant Boi. Le lendemain de son arrivée, se présentent (informés par le père de l'auteur) la jeune fille bigle, qui ne l'était plus, accompagnée de ses parents. Elle a revêtu sa robe de première communion et tient dans sa main un poulet, en guise de cadeau. " J'ai été vingt ans sans parler de cette histoire, par pudeur, mais mes amis ont fini par me convaincre de la raconter ".

Jeux de miroirs et révélations sont au coeur de toute entreprise photographique, et si cette petite fille nous séduit et nous émeut, c'est parce qu'elle réveille l'éternel enfant qui survit en chacun de nous. Parce qu'elle révèle le meilleur de nous-mêmes.
Bouleversé dans ses attentes et par ces yeux qui le regardent, le spectateur doit affronter cette auto-révélation : la possibilité de se découvrir soi-même. Ainsi comprendra-t-il qu'en saisissant le singulier, Ricard Terré a arrêté l'éternel, et à ce moment-là seulement, peut-être se dira-t-il qu'il y a autour de nous tant de gens dont la joie est indécente, qu'il faut bénir notre malheur, s'il nous fait plus dignes.



Comentario: Yann Henry
Profesor Coordinador de español
CNED - Rennes - Francia