| |
La Gran Hermana y su extensa familia

Nan Goldin
Valerie y Gotscho abrazados. París, 1999
Nan Goldin es una terapia de grupo abrumadora. Cientos de imágenes cargadas de dolor, pasión, glamour,
sexo, dulzura, sordidez, soledad, caos... Lo mejor y lo peor del ser humano espetado sin achicarse lo
más mínimo ante las críticas o alabanzas.
Para ver esta serie de secuencias narrativas hay que arrinconar los remilgos en las escaleras del
Palacio de Velázquez. Dejarse llevar por la oculta senda de los espacios marginales y las pasiones.
Deleitarse en ese desafío colorista que deja bien patente el desconocimiento de los mundos paralelos
que siempre nos acompañan sin solaparse.
Todas las fotos forman una gran serie continuada de dramatizaciones realizadas en la improvisación de
los espacios privados. Una lucha titánica por apresar con la cámara la felicidad ajena que se desliza
de la propia. Un apreciable llanto por el dolor sufrido y la tranquilidad deseada. Incluyendo los
paisajes de los últimos tiempos, que se antojan espacios más relacionados con una búsqueda interior
que un intento por mostrar lo que ya está a la vista de todos.
Sus más severos críticos le acusan de suavizar sus últimas imágenes e interesarse
por temas fotográficos
que se alejan de sus orígenes, no sin razón aparente. Pero no es menos cierto que toda su obra es una
petición de ayuda, de solicitud de contemplación de lo que le mantiene en una terrible
tensión, y que
inunda sus fotos hasta doler: la lucha por mostrar sus fuentes de padecimiento y sufrimiento (las series
The Boston Years, Sida, Detox, o The Ballad of Sexual Dependency), y el placer y la felicidad arrebatada
a sus amigos y lejana en su propia vida (Sweat, First love, Fever).
No cabe duda que la serie Self-Portraid, en la que nos muestra su vida en poco más de ochenta imágenes,
consigue turbar. Es, sin duda, lo mejor de su obra, junto a The Ballad. Pero sería difícil entender su
trabajo sin la existencia de aquellas otras series en las que nos cuenta lo que no tiene. Quizá sus
imágenes de sexo y madres con bebés, que algún rechazo han tenido, fueran su única
posibilidad de gozar
del cariño que se encierra en la convivencia cotidiana en cualquier hogar. Una vida vivida a través de
los otros, de su intimidad. Si no es así, ¿ cómo es posible que alguien se dedique
con tanta perseverancia
a recoger esos momentos de amor y pasión ? Un diario íntimo montado entre toda la extensa familia, sus
obsesiones y sus carencias.
En los últimos trabajos sus imágenes han sufrido una transformación sustancial. Paisajes
bucólicos
inundados de luz y color y cada vez más carentes de referencias. Una mirada al vacío, a espacios arrancados
de la realidad para transmutar el tiempo y el espacio en una abstracción idílica. Una mirada que escapa
de la crudeza de buena parte de sus obras más afamadas. Y una imagen que sintetiza esa relación sublime
con la naturaleza sería, sin duda, Seascape at Subset, donde la niebla es la protagonista de un paisaje
inexistente. Prácticamente el vacío como protagonista. La Gran Hermana Goldin llena el espacio con una
sabiduría y valentía realmente excepcionales.
Comentario: Cheek to Cheek
|
|