
La mujer que sale en las fotos se llama Encarnita, tiene 63 años y es mi madre.
Unos días antes de la Navidad pasada recibí una llamada nocturna de mi hermana Arantza. Una llamada que no traía buenas noticias. Con la voz más calmada que podía emitir, intentaba explicarme, que mi madre estaba en las urgencias de un hospital madrileño porque se encontraba un poco mal: “No respira bien, pero no te preocupes porque ya la están atendiendo.”
Que no me preocupase. Mi madre no puede respirar… Y ella me dice que no me preocupe. Cómo somos a veces para evitar malos ratos a nuestros cercanos.
Era muy tarde y se quedaba ingresada.
A la mañana siguiente fui temprano al hospital, y en la calle estaba mi padre, cigarro en una mano, móvil en otra y ojos lacrimosos. Le explicaba a mi tía lo que había sucedido. Los pulmones se le encharcaron y necesitaba bastantes pruebas para saber qué conllevaba ese maldito síntoma.
A mi padre le he visto llorar muy pocas veces. Que yo recuerde, la primera vez fue cuando llamaron a casa el 24 de octubre de hace más o menos 20 años, para informar que mi abuelo materno Juan, había fallecido.
Mi padre se puso al teléfono, escuchó, colgó y mientras miraba los cordones de los zapatos y los intentaba abrochar atropelladamente, nos decía a mi hermana y a mí, que el abuelo había muerto. Parecía tan entero que su sorpresivo y cortísimo llanto, fue el detonante para ver con claridad la tristeza de ese momento. Yo tenía unos 10 años y mi padre, que era el padre más alto y fuerte de todos, también lloraba.
Las otras veces siempre han estado relacionadas con la pérdida de seres queridos.
Desde que mi hermana y yo éramos pequeños tuvimos un perro que se llamaba Tobby. La verdad es que a mí no me hacía ni puto caso. No le culpo, porque siempre le utilizaba de luchador contrincante en feroces peleas que intentaba imitar del programa Pressing Cath.
A mi madre le hacía caso porque pasaban todo el día juntos, y además le proporcionaba el alimento necesario para mantenerse en una felicísima forma redondeada. A mi hermana le hacía caso porque simplemente no le hacía llaves ni proyecciones cutres contra la cama de mis padres. Y a mi padre le hacía caso porque le paseaba muy a menudo, le defendía de otros perros, y además le permitía subirse a la cama para acariciarle y dormir a pata suelta lomo con tripa.
Se hizo viejo, muy viejo. 17 años y problemas de corazón. Le llevamos al veterinario y, desgraciadamente, salimos de allí sin él. Tuvimos que engañar a mi hermana y dejar con el marrón de si preguntaba, a mi madre. Mi padre y yo fuimos quienes, bien aconsejados por el veterinario, pusimos nuestras manos en la gordita tripa de Tobby mientras recibía la inyección que nos dejaría sin su presencia para siempre. Dejé de sentir su latido y empecé a sentir de nuevo el llanto de mi padre.
La verdad es que siento muchísimo haber ocultado el tema a mi hermana, y que no hubiera podido despedirse en condiciones de él.
Pasaron varios años en los cuales, aunque seguro que ha sucedido, no vi llorar a mi padre. Pero el año pasado con la muerte de mi abuela Gloria, su madre, llegó ese tercer momento donde observé su sufrimiento en forma de sollozo.
Fue al día siguiente de enterrarla en el cementerio de La Almudena. Era domingo por la mañana y me llamó para decirme que había ido a hablar con su madre y que se había encontrado la tapa de la tumba totalmente destrozada en pedazos. Quedé con él para ir a ver cómo se podía resolver. Mi padre lloraba leve pero rabiosamente, y me decía que era injusto lo que había sucedido. Quería matar al responsable. Evidentemente movieron el culo para poder solucionar el tema en la mayor brevedad.
El ingreso de mi madre trajo consigo otra de esas duras visiones.
Subimos hacia la habitación donde se encontraba mi madre. Tragué la mayor cantidad de saliva que pueda recordar, para poder acabar con ese nudo que se me estaba haciendo mientras viajaba en el ascensor del hospital. Pensaba gracietas para soltar nada más verla, y así intentar relajar el ambiente para egoístamente sentirme mejor. En mi familia siempre ha sido un clásico afrontar los malos momentos con chistes malos.
Quería llegar cuanto antes para escuchar su voz y poder tocarla.
Los días fueron pasando y en la cara de mi madre se veían mejores gestos, excepto en las comidas y cenas. “Habría que veros en mi situación… Si no hay sal, no como”, esa era su cabezonería. Yo no entendía su actitud, si no comía no lograría recuperarse con prontitud.
Su poca salerosa mala hostia, llevó a que yo estuviera varios días sin pisar el hospital y sin hablar con ella. Sí, sí, ya lo sé…
Cuando empezó a comer mejor, me dejé caer deseoso de ver cómo iba. Estaba bastante bien. Sin un mililitro de líquido en los pulmones y con un diagnóstico en firme: dos arterias colapsadas y otra a medias, derivadas del mal hábito de fumar, la alimentación nada light y el poco ejercicio.
De cajón que se iba al quirófano en cuestión de días.
La mayoría de las imágenes que muestro en esta serie, son de las dos jornadas anteriores a la operación múltiple de bypass y la semana posterior, en la cual afortunadamente, la recuperación se produjo de manera vertiginosa.
Decidí combatir estos asquerosos momentos haciendo este reportaje, donde mi cámara es utilizada como elemento de protección a esos momentos tan complicados. Para mí, el observar la realidad a través del visor, es una ayuda fundamental para asimilar la realidad, a veces excesivamente dura.
A día de hoy, mi madre ha dejado de fumar y realiza 30 minutos de bici estática cada mañana.
Sin duda alguna mi ganadora del Tour de Francia, el Giro de Italia o la Vuelta a España.
Agradecimientos, dedicatorias, recuerdos y demás:
Me gustaría dedicar esta última publicación en “El Ángel Caído”, a Manolo, su fabuloso webmaster, que año tras año y proyecto tras proyecto, me ha enseñado a la perfección que no es necesario una subvención para poder llevar a cabo un sueño. Gracias por ese prisma tuyo por el que miras el mundo, e invitas a todos y todas a mirar. Larga vida al Ángel.
Además quiero que este trabajo sirva como homenaje a la memoria de Amparo González, madre de Manolo R. Barreiro; Raúl Posada, padre de Sara y a la madre de Ricardo Cases. Dolorosas pérdidas que aunque sean ley de vida, es duro acostumbrarse a ellas. Va por vosotras/os.
Y como no, a mi madre, por su ejemplo de entereza y convertirse así en mi referente más cercano de lucha.