Cada objeto, cada persona, cada rincón anónimo del mundo tiene
una fina piel sensible, un estado de ánimo apócrifo que solo se
manifiesta en contadas ocasiones.
Un paseo despreocupado en una mañana de invierno con la cámara
al hombro, como un huésped conocido, es la mejor actitud para que los dioses
se nos revelen.
