
Vislumbre del premio
No sé si conocen la historia de dos escritores japoneses que compitieron por un premio. Aconteció el siglo pasado, que no está muy lejos. Al viejo lo llamaban Yasunari y el joven se hacía llamar Yukio. Cuando Yukio comenzó a escribir Yasunari ya gozaba de cierto prestigio en su país y, sirviéndose de ese reconocimiento, dicen que contribuyó a que se estimaran los primeros trabajos del joven, convirtiéndose en su protector.
Transcurrieron los años y creció la amistad y el respeto entre ellos. Sus obras traspasaron los límites de El País del Sol Naciente y se alzaron expectativas de que ambos optarían al premio Nobel, siendo la primera vez que algún escritor japonés podría alcanzarlo. Uno y otro, jugadores de go, templaban sus nervios colocando las piedras sobre el tablero. También hacían otras jugadas.
El joven Yukio visitó distintas ciudades de Asia, América y Europa, dando conferencias que aumentaban su reputación, mientras que el viejo Yasunari esperaba en su casa de Kamakura paseando entre los pinos o sentado en la sala de té, con las piedras de go entre las manos. Cuando Yukio volvió de su largo viaje encontró una nota de Yasunari: Lamento insistirle tanto en la cuestión del premio Nobel, pero si me limito a enviar un simple telegrama, corro el riesgo de parecer demasiado superficial (incluso si no tuviera ninguna posibilidad). ¿Aceptaría escribir una carta recomendando mi candidatura? (algunas líneas muy simples serán suficientes). La enviaría a la Academia de Estocolmo con los otros documentos necesarios, después de haberla hecho traducir al inglés o al francés. Discúlpeme que lo comprometa así a colaborar.
Parece ser que el joven Yukio quedó sorprendido por la petición del viejo Yasunari, pero no pudo eludir el compromiso. Que el viejo modoso pudiera anhelar con tanta vehemencia el Premio podía comprenderse, pero que no detuviera su mano para dirigir aquellas líneas delirantes a alguien que lo deseaba tanto como él, podía considerarse patético.
Cuando, algún tiempo después de haberle sido otorgado el Premio, el viejo Yasunari concedió una entrevista en su casa de Kamakura a un periodista occidental, lo obsequió con su mejor ritual de té, con una sonrisa abierta y sencilla y una inclinación. El periodista se sintió ligeramente intimidado y no sabía cómo llegar a la pregunta más interesante. El pequeño hombrecillo le facilitó las cosas: Suele decirse, equivocadamente, que Mishima Yukio es mi discípulo. No lo es. Tiene un talento muy superior al mío, comprensible en Japón y en Occidente. Es un genio universal. Probablemente querrá saber usted qué opino del premio Nobel y no se atreve a preguntarlo. Le diré que antes de concedérmelo siempre pensé que sería para Mishima; creo que me lo han dado como un homenaje a Japón más que a mí. El viejito modoso siguió ejecutando el plan según su sabiduría. Luego despidió al periodista con una última sonrisa e inclinación, que quedaron flotando en el aire.
Al final de la historia los dos escritores, el joven Yukio y el viejo Yasunari, se suicidan.