El pintor
Carlos Almira Picazo

Tras dos meses de travesía, El Pintado arribó al fin a La Habana. Allí don Diego de Alburquerque y Mendoza se alojó en el Palacio del Gobernador, don Baldomero de Alburquerque y Artacho, primo de su padre. Aparte de la travesía, y los meses de vagabundeo por Flandes, Italia y España, con el pretexto de seguir a los Tercios, volvía agotado por una misteriosa enfermedad: las malas lenguas hablaban de sífilis; muy bien sabía él, sin embargo, que era el corazón.

En La Habana sufrió por su pasión oculta, inconfesable. En cuanto pudo levantarse comenzó a hacer gestiones para fletar una pequeña escuadra para México. En el entretanto, hubo de sufrir la nube de peticionarios y clientes de su tío; criados; prelados; y nobles, que le exigían una etiqueta agotadora. Al fin, con la excusa de su enfermedad, Su Excelencia don Baldomero consintió en permitirle vivir en lo más profundo del Palacio, junto a su extraño acompañante, un genovés a quien él llamaba mi Poullaiolo:

-lo único que te pido es que no nos avergüences, le suplicó.

-descuida, tío.

-en cuanto a él, añadió con voz temblorosa.

-mío servo de su Excelencia, dijo el muchacho.

Dejó atrás a la extraña pareja: su sobrino, demacrado, rígido, esbelto, como una estatua funeraria; el italiano, ancho, vivaz, sanguíneo; su voz cantarina le persiguió aún cascabeleándole, hasta el fondo de los corredores, en el silencio de las salas desiertas, llenas de espejos, cuadros y tapices.

Don Diego se recuperó rápidamente allí: madrugaba; se sentaba en la soledad del patio recóndito con el primer sol, a escuchar la fuente y ver resbalar la luz por el limonero; acariciaba el perro ocioso; escuchaba los pájaros invisibles del trópico; y hablaba con el italiano, en voz muy baja (aunque nadie podía oírles), de sus viajes y su pasión compartida, a la que de vez en cuando incluso se entregaba, tras cerciorarse de que nadie los veía.

Con ello, no faltaba a su palabra de ser discreto.

Así, pronto recobró la rubicundez; el paso elástico y firme; el apetito voraz de los Alburquerque; incluso dos o tres veces por semana, en la discreción de la noche, le deslizaban alguna mulata o una fogosa negra de Santiago, a la que despachaba rápidamente para no desperdiciar sus preciosas fuerzas. El agua ya no le sabía a salitre; y la brisa no le arrancaba escalofríos.

Sólo el corazón seguía avisándole, heraldo puntual, con sus punzadas siniestras al final de una cuesta o en medio de sus abrazos nocturnos.

Al caer la noche, no veían la hora de deslizarse por las calles, siempre al puerto, donde su tripulación ya estaba casi completa, y dispuesta. Embozados, al amparo de los muros de las casas y las iglesias, las tapias por donde sobresalían los frutales, les daban las campanadas de laúdes, de maitines.

Su Excelencia fue a despedirles la víspera. Sin mirar al italiano, entregó a su sobrino el dinero y las cartas de recomendación habituales, deseándole buen viaje (sin mencionar el regreso). Luego, con un gesto casi imperceptible, se despidió del llamado Poullaiolo, y salió a toda prisa como si el suelo le quemara.

La extraña pareja quedó atrás, para siempre.

El viaje fue aún más duro que cruzar el Atlántico, Italia, los Alpes, las llanuras alemanas y borgoñonas, y la meseta castellana.

Don Diego arribó exhausto, con su Poullaiolo, una mañana radiante a un pequeño puerto desconocido del Yucatán. Una tormenta había estado a punto de hacerlos naufragar, de desbaratar la flota, y desviarla de su destino.

En la primera ciudad que toparon, contrataron porteadores, compraron provisiones, y escogieron entre la guardia que les había de acompañar, siguiendo las instrucciones de su tío. Por fin, una mañana partieron hacia el interior, y en pocas jornadas llegaron a las primeras montañas de Sierra Madre Occidental, que se recortan sobre la planicie.

Conforme ascendían, el calor y la humedad pegajosa del Atlántico, con su cortejo de mosquitos y moscas, desaparecieron: los días ahora eran soleados y frescos; las noches, frías y estrelladas, hasta el punto de forzarles a envolverse en gruesas mantas en cuanto caía el sol; dormían juntos, pegados al fuego que la guardia se encargaba de mantener vivo toda la noche, rodeados por el aullido del viento y los ruidos sigilosos de las alimañas invisibles.

En otros viajes idénticos a aquel, con otros Poullaiolos, don Diego de Alburquerque y Mendoza había fletado un carro cubierto para transportar sus útiles vergonzosos. La timidez y el bochorno, insuflados en su conciencia desde la infancia, desde los días remotos en que se manifestó por primera aquella inclinación impropia, hacían espiar al entonces joven garbanzo negro de los Alburquerque las risas, las burlas, las comidillas en su propio séquito. Al principio le exasperaban, arrancándole destellos súbitos de cólera; no obstante, a todo se acostumbra el hombre, incluso el noble, y don Diego acabó por ignorarlas al fin, y éstas desaparecieron.

Ya no iba a necesitar aquellos útiles en adelante, por desgracia. Sin embargo, no renunció a las cabalgadas vespertinas con su nuevo compañero de pasiones; ni a los baños en las horas de más calor del día, en los pozos umbríos, los manantiales y los remansos recónditos de la Sierra. Conocía bien el camino, y no tardó en verse recompensado con la alegría pajaril de los primeros árboles, insólitos y trémulos, ya muy cerca de la Hacienda.

Pero sobre todo, no renunció a sentarse junto a su amigo, los útiles imprescindibles y sencillos al alcance de la mano, ante aquel paisaje familiar pero siempre nuevo, aún a costa de retrasar en una hora o dos la marcha, para apresar un último centelleo de belleza, allí donde en otro tiempo había sido feliz por el sólo ejercicio de mirar. ¡Mirar! ¿Qué más le quedaba?

De sobra sabía que debía a su inclinación inaceptable, y no a sus méritos ni sus deseos, el permiso, casi la orden paterna de embarcarse para América, con el pretexto de servir allí al Rey de España, el Emperador, con más eficacia que en la atestada Europa. Tal vez, pensaba en su nostalgia ya incurable, su afición hubiese sido aceptada como normal en algún país del norte de Europa, donde las ideas luteranas habían prendido; o en la propia Italia, al albur de los propagadores del nuevo paganismo, que no cesaban de ganar terreno desde su infancia. Antes de que cumpliera la edad de enrolarse, lo embarcaron en aquella Cádiz remota, con cartas de recomendación para su tío, que entonces aún no era Gobernador de Cuba.

Sea como fuere, América era tan grande que allí incluso un noble, descendiente de Grandes de España, podía ser casi cualquier cosa, con tal de estar lo suficientemente lejos (aunque, ahora lo sabía con amargura, jamás se está lo suficientemente lejos), del rumor y la maledicencia. Al menos, en esto debía darle la razón a su padre.

Poco después de su segundo viaje, casi clandestino, por Italia y Flandes, aquel hombre rígido y antiguo, que jamás imprimió un beso en sus mejillas, murió. Tras el entierro en una lúgubre iglesia de Toledo, don Diego no volvió a pisar la casa familiar, cuyo recuerdo curiosamente, se avivaba ahora que se acercaba el fin, en su memoria.

Cada viaje a Italia llenaba su alma y sus ojos de visiones nuevas; y le aportaba un nuevo acompañante. Luego la vasta América (porque su tío, ya gobernador de Cuba, desde que comprobó de qué pie cojeaba, se encargó de buscarle acomodo lo más lejos posible de él), lo engullía amorosamente en lo más parecido al olvido y la felicidad. Hasta que la murria y el aburrimiento volvían a lanzarlo a los mares, en pos de los colores y los dibujos de su querida Italia, para traerlo de nuevo, al cabo de unos meses, aún más pletórico de Arte, con ojos más sabios y manos más diestras, con otro compañero, invariablemente un pintorcillo de segunda o tercera fila, pero tan sensible y amante de la Belleza como él mismo.

En uno de aquellos regresos había hecho aquello en la Sala Principal del Palacio de su tío, en La Habana, el nuevo gobernador, aprovechando una corta gira de éste por la isla. Al verlo, Don Baldomero quedó estupefacto: hubo de contenerse para no matar a su nuevo acompañante italiano allí mismo, al pie del muro que aún rezumaba a pintura fresca, y donde destellaban inéditas figuras mitológicas, desnudas y vibrantes, como si fuesen a cobrar vida de un momento a otro, emergiendo de la pared. "Esta vez ha ido demasiado lejos", pensó. Y tomó una grave resolución: despedirlo para siempre. Pero sus poderosos parientes españoles, especialmente la viuda señora de Alburquerque, le prohibieron taxativamente dar cualquier escándalo, y hubo de tragarse su rabia y limitarse a revocar y limpiar los muros mancillados, y a deshacerse de él como de costumbre.

A estas alturas, Don Diego apenas escuchaba los consejos, velados de amenazas, de su tío, y casi ni le herían el orgullo las burlas soeces del resto de gañanes: aquellos ignorantes; cuerpos macizos o endebles; cárceles oscuras de almas aún más oscuras; gentes insensibles. Pero no hubo de decirle nada más. Lloró a solas, ante el fresco destruido. Y a los pocos días atravesaba de nuevo el istmo, aquel estrecho del océano pletórico de corrientes y monstruos; con olas disimulando abismos, donde según los marineros vivían sepultados, agazapados día y noche, toda clase de tiburones y sirenas. Y después la hacienda, su rincón hermoso de la Sierra Madre, asomando entre los pocos árboles desafiantes al desierto y la soledad mineral, absoluta, del mundo; el mundo entero estaba lleno de espinas, amenazaba con convertirse en un desierto: allí podría desahogar, aunque fuera sólo por unos meses, en la intimidad de los muros y la frescura de los patios, sus anhelos de vida, belleza, y arte, junto a su nuevo compañero, veinte o treinta años más joven que él, reclutado en algún fonducho de Roma, o en una recoleta plaza de Florencia.

Su último Poullaiolo, ahora sabía que era el último, que nunca volvería a cruzar el océano tempestuoso, marchaba en esta ocasión como un efebo junto a él, por el familiar sendero de gravilla, hacia la casa principal que los aguardaba, maciza, tallada por las sombras del crepúsculo. A diez o quince pasos detrás, vigilando la carga de las bestias, entre banderines mustios, como recién empapados, iban las sombras que los cercaban: los criados y la guardia de su tío, con sus absurdas corazas, alabardas, guanteletes, caballos y cascos empenachados con plumas de pavo real y avestruz. Él los observaba procurando disimular como otras tantas veces (es asombroso como los mismos hechos se repiten aunque cambien las circunstancias), los espiaba doblado sobre el mulo más manso que su nuevo efebo conducía con firmeza de las riendas, flojas, para aminorar las crecientes punzadas de su corazón alocado; y tenía que reprimir como siempre su deseo de invitarlos a todos, con sus armaduras y sus armas, esa misma noche a visitar su estudio, siempre cerrado con llave.

Al fin entraron en la casa.

Criados y soldados se dispersaron entre golpes, ruidos y murmullos; una tras otra, fueron encendiéndose las lámparas y comenzaron a parpadear en las galerías. Muebles, jarrones y tapices fueron apareciendo en los rincones más inesperados, objetos de otro mundo. La noche de la sierra, fría como el cristal, llenaba las ventanas de estrellas.

Al fin llegaron, tras el último patio florido (embalsamado de flores nocturnas, mudo, misterioso), al estrecho corredor que conducía a la última cámara, secreta. Como siempre, el único criado que portaba la lámpara, un viejo mayordomo, la traspasó a su Poullaiolo, ya avisado durante el viaje del protocolo: este la acercó todo lo que pudo a la maciza puerta guarnecida, para que su Señor, que rebuscaba la llave, la abriera. Luego desapareció discretamente en la oscuridad.

-Esta noche, es preciso, murmuró don Diego.

La llave giró, y penetraron a una enorme sala repleta de lámparas, que rezumaba a bencina y aceites, en un humo coloreado.

Una a una, las lámparas iban iluminando el techo y las paredes. El joven Poullaiolo, pese a estar sobre aviso, no pudo reprimir un suspiro gozoso, casi una exclamación:

-¡magnífico, maravillioso!

Al fin, la vasta sala, cerrada de nuevo con llave, quedó completamente iluminada. Desprovista de muebles y adornos, semejaba la cabina de un barco gigantesco a punto de ser engullido en una fantasía.

Don Diego, el autor de aquellas maravillas acumuladas, atesoradas durante casi cincuenta años de trabajo vergonzoso y sublime, hizo esta vez de cicerone, y tomando del brazo tembloroso a su joven acompañante, le fue mostrando y explicando una a una, las telas de las pinturas, que atestaban las paredes y el suelo.

Empezando por las más antiguas, inspiradas aún por el Giotto y Masaccio, e incluso Mantenga, fue recorriendo una a una despacio, hasta completar la sala, hasta llegar a la que él, y no era el único, el pintor vergonzante, don Diego, consideraba su obra maestra: era una soberbia Salomé arrancándose el último velo ante la cabeza recién cortada, atónita aún, repleta de nostalgia, de un adolescente Juan el Bautista:

-observa los tonos azulados de la carne, la veladura de los ojos; el destello de la bandeja que parece escaparse para herir.

Siempre repetía las mismas palabras, ¿pero qué importaba? Permanecieron extasiados un buen rato, mudos, ante el lienzo de más de dos metros de altura, que rozaba el techo artesonado de sombras, durante varios minutos:

-se hace tarde, suspiró entonces el pintor.

Su Poullaiolo salió al punto: al cabo, volvió con una silla, una paleta y un pincel. Don Diego se sentó, lo empapó en el óleo negro, y se lo tendió con manos temblorosas:

-fírmalos.

Uno a uno, ayudándose con una pequeña lámpara, el italiano fue firmando todos los lienzos de Don Diego con su propio nombre: El Poullaiolo. Tardó muchas horas, porque había más de trescientos cuadros, anónimos aún, amontonados tras cincuenta años de labor clandestina. Para llegar a algunos de ellos hubo de encaramarse, inseguro, a unas escaleras.

Al fin, rompió el amanecer, cuando firmó el último cuadro. Entonces Don Diego sintió, por primera vez en meses, que el corazón se le aplacaba, dándole un respiro. Suspiró. Se irguió, y se dedicó una última sonrisa, como si acabase de rescatar un perro del agua turbulenta del muelle.

Carlos Almira Picazo
Castellón, España, 1965

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