
Vislumbre de ilusión
La vanidad exige que se nos considere dotados
de condiciones excepcionales.
Augusto Comte
En diciembre de 1976 gasté, con la aprobación de mi mujer, toda la paga de navidad en la librería El Galeón, de Madrid. En el paquete de libros incluí uno titulado El ojo de Buñuel, de Fernando Cesarman con prólogo de Carlos Fuentes. Es a ese prólogo al que voy a referirme treinta y dos años después, como Fuentes se refiere en él a una conversación con Luís Buñuel cuarenta años después de la filmación de Un perro andaluz.
Los lustros pasan sin darnos cuenta y el poder de los recuerdos se desvanece salvo cuando se escribe.
Al releer el primer párrafo de esta columna, descubro lo que el autor podría considerar una falta de atención a su libro, al esfuerzo de su escritura, por mi explícita mención a un prólogo y no a una totalidad, mas ese es el sino de quien se deja prologar; como lo es de quien ilumina el título con luces de feria. En aquellas fechas mi curiosidad surgió porque su título incluía a Buñuel y una fotografía surrealista en la que éste camina con botas de goma cargando una cruz, mas, debo añadir que también lo habría comprado con sólo atender al subtítulo: Psicoanálisis desde una butaca, aunque ello no invalida lo dicho.
Cuando hace unos días vi desde mi butaca al maestro Saramago y le escuché aquella frase: Es verdad que me han dado el Nobel, ¿y qué?, se me ocurrió que también don José pretendía ejercer de surrealista una década después de haberlo recibido. Sabido es que con los premios o sin ellos él habría vivido escribiendo. Que lo importante eran sus personajes, escribió y declamó en los Discursos de Estocolmo.
Dicen que también este año sonó el nombre de Carlos Fuentes para el premio, pero que alguien del jurado había leído, como yo, ese prólogo surrealista y votó en contra por aquello de la primera página: Desde Un perro andaluz, Buñuel ha concebido la pantalla como un ojo dormido que sólo puede ser despertado por una cámara que haga las veces de navaja, clavo, alfiler, picahielo: la mirada cinematográfica, como el sexo de una mujer, debe ser una herida que jamás cicatriza.
Esta mañana festiva y fría de diciembre, he paseado por lo que considero Sala de Exposiciones al aire libre y he encontrado algunos grafiteros metidos en faena: deshacían sus propias pinturas (que no habían permanecido expuestas más allá de unos meses) y comenzaban nuevas obras. Entoné un réquiem en el lugar más recóndito de mi cerebro por el arte que desaparecía y un aleluya por el que alumbraban con cada chispeante y colorido chorro de espray.
¿Cómo era aquello de que es fácil mostrarse humilde cuando ya se ha conseguido todo?
Todo es imposible de alcanzar si no es con el advenimiento de la muerte, mas, entre tanto, queda otro posible paso cuando se ha recibido un galardón: contar que se podía haber pasado sin él.