Vislumbre de ilusión
J. Bielsa
Vislumbre de ilusión - J. Bielsa
Graffiti en el parque de la calle C. J. Cela
(Guadalajara, España)
14-12-2008
No todo es como nos lo cuentan.
Tampoco como yo lo digo, ni como tú lo piensas.
¿Qué tal si debatimos sobre ello?
La literatura tampoco es inocente.
Vislumbre de ilusión

Cuando estaba a punto de recibir mi sesenta y dos aniversario me presentaron a Jean Marie Gustave Le Clézio, que era unos cinco o seis años mayor y recién le habían otorgado el Premio Nobel. A mí se me acababa de asegurar, de palabra, la publicación de esta columna. Enseguida, aunque no venía a cuento porque él se había mostrado natural en su trato, establecí una distancia tal entre nosotros como la que pudiera existir entre un impresionista que colgara sus cuadros en el Jeu de Paume de París, o en una sala del Ermitage de San Petersburgo, y un grafitero que pintara en un kiosco de nuestros parques. Jean Marie pronto podría convertirse en un clásico de la literatura (siempre que su obra fuera digna de imitación) mientras que yo seguiría escribiendo sólo por ser feliz.

Al principio no supe de dónde había nacido esa última apreciación. ¿Acaso Le Clézio no había coronado un peldaño más en la escala de la felicidad? Por entonces trataba de precisar mi doctrina sobre las vislumbres, y comencé la lectura de uno de sus libros: La cuarentena, con la viva urgencia de encontrar alguna que surgiera de sus textos y aportara luz a mis pesquisas, confiando tanto en mis posibilidades de pensador provinciano como en la capacidad para generarlas que a él le atribuía su premio planetario. Hube de comenzar varias veces la lectura del libro hasta caer en la cuenta de que el extraño pensamiento sobre la felicidad había surgido al recordar un comentario de otro Nobel ya legendario: GGM contaba que Pablo Neruda no anticipó la noticia de su premio a los amigos porque nunca creía en nada hasta que no lo veía escrito.

Lo que me resultaba enorme era el reconocimiento que había anidado en mi interior de que esa sensación, en la espera de que mis trabajos fueran publicados en el periódico, podía ser comparable a la ilusión que sintiera un poeta en la espera de recibir el Premio Nobel. Tampoco yo lo creería hasta que no lo viera publicado. Pero ¿qué era en realidad aquella ilusión que se cocía en la cámara oscura de mi cerebro? Tal vez, como pensaba Augusto Comte, la necesidad de aprobación que precisa una persona vanidosa por parte de quienquiera que sea.

Avanzaba en la lectura del libro del recién premiado mientras transcurría el tiempo que había decidido como normal en la espera por ver mi columna impresa, tal vez mi vanidad colmada. Mas, qué decir de la espera, de ese lapso sin paredes, sin límites, que como para Jorge Luís Borges es capaz de extender ilimitadamente sus lindes. Ya eternamente la espera, hay quien dice que por haber asistido en audiencia solemne ante el dictador Pinochet y no haber sido comprendido por los miembros de la Academia Sueca.

¿Es acaso comparable la ansiedad que se pueda generar en el hipotálamo de un personaje de tamaño planetario a la de un aprendiz? ¿Guardará también relación la ansiedad con el tamaño de los errores?

J. Bielsa
Guadalajara, diciembre de 2008

pepe@elangelcaido.org

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Enero 2010