Vislumbre del género II
J. Bielsa
Vislumbre del género II - J. Bielsa
Fragmentos de graffiti
en el parque de la calle C. J. Cela
(Guadalajara, España)
No todo es como nos lo cuentan.
Tampoco como yo lo digo, ni como tú lo piensas.
¿Qué tal si debatimos sobre ello?
La literatura tampoco es inocente.
Vislumbre del género II
(Stevenson, Huxley, Woolf y Borges)

Una de esas ideas originales, y parece que inagotable, con que nos sorprende de vez en cuando la sociedad del arte, la ofrece Stevenson con su famosa historia El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886), que influyó en artistas de todo el mundo tanto de su época como de generaciones posteriores.

Al caso, me digo sin encontrarle aún un sentido claro, el recuerdo de una variante de esa obra refiriéndome a la novela de Aldous Huxley: Limbo (1920), en la que Dick y Perla vienen a ofertar, en su condición hermafrodita, una representación no menos trágica de la historia de Stevenson.

Tal vez sea el asunto de las influencias de los maestros y las maestras sobre las personas que leemos, y entre sí, que me ha sugerido caminar, escalonadamente, hasta el Orlando (1928) de Virginia Woolf, a quien recurro con frecuencia dada mi admiración por sus matices y sus vislumbres, y pararme en el prólogo, que no es tal sino la elevación a categoría de prólogo lo que sería la de agradecimientos.

Dicho prólogo -me estoy refiriendo a la traducción de Orlando al español por Jorge Luís Borges-, comienza así: Muchos amigos me han ayudado a escribir este libro, y a la vista de la nómina de más de cincuenta personas que colaboraron, hombres y mujeres, uno se pregunta qué mal habría en que hubiera empezado diciendo aquello que mi lector amigo me critica: Muchos amigos y amigas me han ayudado a escribir este libro, de esta manera la frase sería más explícita y no necesariamente menos bella pues no hay belleza que resaltar ni en una ni en otra. Sí hay, sin embargo, la posibilidad de acercarse a la claridad aplicando una vislumbre de las que tanto aprecio en doña Virginia, en la que ella misma la exige: …porque la palabra conjura una visión de bosques y campos, y podemos leer un buen número de obras de estos maestros sin encontrar ninguna razón para creer que el mundo entero no está pavimentado con adoquines. (Geografía literaria, artículo publicado en 1905. Traducción de Marta Pessarrodona). Nos habría evitado la tediosa tarea, aunque reveladora, de leer la nómina en busca de mujeres.

Ahora comienzo a entrever el sentido de mi vislumbre.

No es sólo la historia de una obra, ni la personalidad social -al margen de la literatura- de quien la escribe lo que nos atrapa, sino que es su estilo lo que puede influenciarnos hasta la médula. Y persistir durante siglos. Por fortuna atravesamos una etapa de dudas en lo que se refiere al género y es aceptable el posicionarse. Así, este capricho mío de escribir: autor o autora, lector o lectora, muchachos y muchachas, no sólo es consciente sino meditado.

Creo que en el fondo hay algo de Jekyll y Hyde en la concepción de esta columna, como lo hay en el talante de mi amable lector que, sin duda, se habría sentido molesto, aquí y ahora, si me hubiera referido a él como lectora.

J. Bielsa
Guadalajara, abril de 2006

pepe@elangelcaido.org

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Diciembre 2009