Buscarse, encontrarse, todos llegamos a este mundo perdidos y a menudo nunca jamás nos encontramos, porque el camino es disuasorio, como caminar sobre el lomo de una serpiente hecha de millares de diamantes.
Huimos de aquello que nos daña, y nos aferramos de forma desesperada a todo aquello bueno que la diosa fortuna se le antoja cruzar en nuestro camino, sólo la muerte es reveladora, pero llegados a su encuentro no hay posibilidad de rehacer el camino, y con voz implacable pero llena de comprensión, sentencia nuestras vidas, bajando el telón de nuestro teatro particular.
Recuerdo un verano cuando era pequeño, los días se sucedían en la playa junto a mi madre, y el mar que hipnotizaba mis ojos me atraía hacia el juego sinfín de las olas, a la fuerza de la marea, a la que abandonaba mi cuerpo impulsándome hasta la orilla, y vuelta a empezar, y el momento en que una gran ola me sumergía con su fuerza en el mar, ese instante de confusión, agonía y redención a la incontrolable fuerza de la naturaleza es la mejor metáfora que puedo expresar para definir cómo es el encuentro con la muerte, no por el dolor del instante, sino por su similitud, al ser una fuerza que se escapa a cualquier control.
Salí de la ola.
Aire de nuevo en mis pulmones.
El mundo nunca antes fue tan fascinante.
Nunca quise amar tanto.
Nunca quise vengar tanto.
Nueva vida.
Una mañana de invierno.
Desperté de un verano muerto.