Vislumbre del santuario
J. Bielsa
Vislumbre del santuario - J. Bielsa
Fragmento de graffiti
en el Instituto Luís de Lucena
(Guadalajara - España)
No todo es como nos lo cuentan.
Tampoco como yo lo digo, ni como tú lo piensas.
¿Qué tal si debatimos sobre ello?
La literatura tampoco es inocente.
Vislumbre del santuario

Con una llamada a pie de página en el Werther (Leiden des jungen Werthers, 1774), nos introduce J. W. Goethe en lo que dos siglos después podría denominarse turismo literario: El lector hará bien en no perder el tiempo buscando los lugares que se citen, porque ha sido necesario cambiar los verdaderos que se encontraban en el original.

Un lector o lectora metódicos pueden encontrar en esta nota otros caminos y otras ideas que dirijan sus pensamientos al deseo de preservar, por parte del joven escritor, la identidad de los personajes reales o la de los modelos en que fijó su atención; con seguridad acertarían pero no es esa puerta la que pretendemos abrir, sino aquella que invita a los mismos recorridos en busca de similares impresiones del espíritu.

Creemos que también a través de la epidermis se nos revelan secretos de ciertas obras. Por ello algunas personas encuentran una extensión de la lectura viajando a los lugares que se citan en los libros.

Años ha tuve la fortuna de viajar con frecuencia a Argamasilla de Alba, gozando de la posibilidad de descender a deshoras y en completa soledad a la cueva de Medrano -no importa que algunos cervantistas discrepen de su localización-. Estas visitas, que lograban alterar mi piel a medida que descendía sus escaleras en la humedad oscura de la noche, se convertían en un placer íntimo difícil de referir.

A mano tengo la peregrinación de Virginia Woolf a Haworth: noviembre de 1904; en su introducción retórica, escrita antes de emprender la excursión, nos deja intuir cierto displacer ante las visitas a los santuarios movidas por el sentimentalismo, y argumenta su viaje: La curiosidad sólo es legítima cuando la casa de un gran escritor o el país en que se encuentra añade algo a nuestra comprensión de sus libros. Esto justificaría una peregrinación a la casa y el paisaje de Charlotte Brontë y sus hermanas.

El artículo de Woolf está escrito ciento treinta años más tarde que el Werther, pero todavía en una época en la que sólo la clase adinerada puede permitirse ese lujo de giras. Nos había preocupado, al principio, intuir que doña Virginia mostrara aversión al sentimentalismo, pero avanzando en su lectura nos restituye la sensibilidad: …y nuestra única ocupación era ver la delicada figura de Charlotte yendo de acá para allá por las calles con su delgada capa, empujada hacia el arroyo por viandantes fornidos… Pero la vitrina más conmovedora -tan conmovedora que casi sientes reverencia al contemplarla- es la que contiene pequeñas reliquias personales, vestidos y zapatos de las difuntas mujeres.

El lector o lectora que siente que el placer de la lectura se prolonga con el sueño de visitar los parajes de ciertos libros, o con el deseo de conocer a quien los escribió, se habrá alegrado al comprobar cómo esa idea anida también, a través del tiempo, en la cabeza de reconocidas artistas, pero sobre todo al percibir de la mano de la escritora hasta dónde pueden conmover estas peregrinaciones.

J. Bielsa
Guadalajara, abril de 2006

pepe@elangelcaido.org

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Octubre 2009