Vislumbre de la boa
J. Bielsa
Vislumbre de la boa - J. Bielsa
Fragmento de graffiti
en el parque de la calle C. J. Cela
(Guadalajara - España)
No todo es como nos lo cuentan.
Tampoco como yo lo digo, ni como tú lo piensas.
¿Qué tal si debatimos sobre ello?
La literatura tampoco es inocente.
Vislumbre de la boa

En aquellos días de pesimismo había dos espacios para la música: el autobús, cuando visitábamos los hospitales, y el hall del hotel, cuando veíamos los informativos en la televisión.

Cada vez que rememoro a mi amigo Costa la imaginación me lo muestra sentado sobre las rodillas de otro amigo, postura en la que quedaron después de dar un par de vueltas de campana con el coche; él todavía con la pipa en la boca y su amigo poniendo el final, como si nada hubiera pasado, a la frase que tenía en los labios antes de iniciarse el accidente. Hablaban de música.

Música podría haber titulado Proust a los sentimientos que Odette despertaba en Swann cuando interpretaba al piano a petición suya, diez, veinte veces, más mal que bien, aquella frase de la sonata de Vinteuil, y ella protestaba entre risas porque no podía tocar el piano e intercambiar besos al mismo tiempo.

Ongaku es el título original de una novela psicológica de Mishima, en la que la protagonista, una joven, pierde su capacidad de oír y sentir la música.

Con estos y otros antecedentes más íntimos sobre la música, encontré sencilla y natural la pregunta que me hiciera Rosa en las escaleras del sótano del hotel, cuando nos habíamos quedado sin luz y veíamos las noticias de la invasión gracias a un generador cedido por la gente de la prensa: ¿Qué música es esa? Es un fragmento del Carmina Burana. Era el famoso fragmento de La fortuna, de Kart Orff, que después de haberlo escuchado tantas veces en mi vida lo tenía tan interiorizado que creía no prestarle atención.

Ha sido algunos años más tarde cuando he venido a recordar la pregunta de Rosa para sacarle otros matices, porque estoy seguro de que no era tanto el impulso del conocimiento como los estragos que causaba en su interior aquella música, lo que la llevó a interesarse.

La fragosa fortuna, de Orff, se convirtió en los hogares de Iraq en el preludio de la invasión. Ella era la sintonía del programa que convocaba en el hall, frente al televisor, a todos los habitantes del hotel, ciñendo con gran intensidad sus anillos musicales sobre nuestros pechos, como el abrazo de un gran ofidio, pero entonces no me daba cuenta de esa opresión.

Si alguno de nosotros se había sentido perturbado, veinticinco años antes con La cabalgata de las Walkyrias, de Wagner, acoplada a los ruidos de las hélices y bombardeos de los helicópteros en una aldea vietnamita, no podía ser Rosa, la más joven. En Bagdad la música de los misiles y las bombas de los B-52 la ponía La fortuna. Rosa solía abrazarse a Teresa con cariño en los momentos menos dramáticos, y Teresa, siempre tan tierna, nos sorprendió a todos denominando aquel gesto como el abrazo de la boa constrictor, porque su pecho necesitaba expandirse y cualquier abrazo lo asfixiaba.

Cuando escucho la cantata la opresión llega con las primeras notas y el pecho siente el abrazo de la boa.

J. Bielsa
Guadalajara, abril de 2006

pepe@elangelcaido.org

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Septiembre 2009