La mayoría de los profesores y muchos padres miramos con ojos de asombro y un preocupado desconcierto intelectual el modo en que se visten, se adornan y se agreden los cuerpos buena parte de los jóvenes actuales.
A nadie se le escapa que imitan las imágenes que el
cine ofrece de los presos, equipados con sus calzados deportivos abiertos y sus
pantalones caídos, probablemente porque en las prisiones sigue sin permitirse
el uso de cinturones y cordones para evitar suicidios y agresiones.
También imitan la concisión de las cabezas, que allí son
rapadas por razones de higiene y los inquietantes tatuajes, que responden a
códigos de fidelidades gansteriles o a afectos burdamente teatralizados.
Los "pircings" en la lengua y boca reproducen viejas prácticas eróticas
de los profesionales del sexo y los del resto de la cara y cuerpo, que son heridas
simbólicas, no hacen más que recordar los rituales de paso de la
adolescencia a la madurez entre las tribus primitivas.
El que estas agresiones en cuerpo propio puedan desencadenar graves problemas de salud no parece preocupar a la mayoría de los usuarios, es probable que intuyan que las heridas fatales las propicia el sistema de vida actual.
Las palabras insultantes y descalificadoras, los monosílabos y la jerga subtecnológica conforman su lenguaje específico que adornan con una música elemental, asincopada y con rima trenzada de ripios.
A mi todo esto no me parece otra cosa que un acto inconsciente
de rebelión con el que consiguen reflejar la otra cara del sistema, la
posición de los mayores mansamente integrados en nuestras cárceles
de la moda.
De los que vivimos tan férreamente atados a un sinnúmero de convenciones
culturales, económicas y sociales que consideramos universalmente aceptables.
Las relaciones humanas son prácticamente todas mercantiles, el consumo de objetos pretende ocultar las frustrantes relaciones afectivas y el individualismo ha llegado a penetrar de tal modo en nuestra conciencia, que cualquier planteamiento de acciones colectivas, de solidaridad o de responsabilidad ecológica es sospechoso de inutilidad y de candidez.
Consecuencia de todo ello es que vivimos en una sociedad dual,
cada día más polarizada en sus extremos (pobres-ricos, instruidos-analfabetos,
estados explotadores-estados explotados), violentamente depredadora de los recursos
naturales y banalizadora de nuestra cotidianeidad, que se diluye entre el fútbol
y sus severos avatares, añadidos a la biliosa realidad rosa de los famosos.
Nuestras patéticas cárceles del alma.
Me da la impresión de que estos jóvenes, al igual que los de épocas anteriores, debatiéndose dentro del permanente conflicto entre la identidad individual y la pertenencia al grupo, lo que sí han conseguido es reflejar nuestra realidad de presos inconscientes.