
Son dos los elementos principales a que intento referirme: la consciencia de la felicidad y la reflexión o el diálogo como herramienta para alcanzarla, pero en estas columnas es la vislumbre lo que me interesa, tal vez porque en literatura y en los mecanismos del pensamiento podría considerarse como el átomo. Tomemos a Ortega para ilustrarlo: La física de Einstein está hecha atendiendo a las mínimas diferencias que antes se despreciaban y no entraban en cuenta por parecer sin importancia. El átomo, en fin, límite ayer del mundo, resulta que hoy se ha hinchado hasta convertirse en todo un sistema planetario.
Dicho de otro modo, la vislumbre significa un instante de emoción en soledad que permite entrever los talentos y potencias propios de la persona que la siente, sin tener en cuenta -en principio- medición o comparación externa alguna. Es el inicio memorable de una pregunta que alguien se formula por primera vez, el arranque de un diálogo que puede hincharse hasta límites insospechados.
La persona pensadora es aquella en la que se acumula un mayor número de vislumbres, y puede, reflexionando sobre ellas, llegar incluso a construir una doctrina.
Conviene detenernos en la diferencia entre reflexión y meditación. Meditar es aplicar el pensamiento a la consideración de una cosa; reflexionar, considerar nueva o detenidamente una cosa. Nueva o detenidamente define con claridad la diferencia. Incita a volver a considerarla cuantas veces sea necesario hasta dejar satisfecha la curiosidad; aclarar la duda, poner el reparo o pensar la aportación. Todo este entramado del pensamiento se asienta en el vivir consciente, y la emoción íntima que produce es fuente de felicidad.
No recuerdo la primera vez que reparé en una vislumbre bajo la forma escrita -supongo que al principio surgían sus destellos y eran absorbidos por la propia lectura-, pero fue leyendo a V. Woolf -en diferentes traducciones- cuando volví a tomar conciencia de ella. Luego todo fue aplicarme como en un juego, ampliando la búsqueda y rastreando los matices.
Hay matices que deben tomarse con humor. Imaginar, por ejemplo, al joven Jorge Luís leyendo versos en voz alta en un lento y solitario tranvía que hacía el trayecto del barrio Norte hasta Almagro Sur, resulta admirable. Pero si esos tercetos eran leídos en inglés e inmediatamente después en italiano, cuando menos debían sorprender a los pocos viajeros que coincidían con él en el recorrido; no digamos nada del tranviario, que giraría de vez en cuando la cabeza. Sabemos que Borges escribió para nuestro regocijo y en la literatura es importante fantasear. Las vislumbres precisan de un determinado estado de ánimo.
No hay mal en volver a considerar aquello que nos legaron las generaciones anteriores, pues fue mediante esa actividad y con esa misma actitud ante la vida como ellas llegaron a abrir nuevos caminos; aunque se da con frecuencia la paradoja de que aquellas personas que más nos enseñaron suelen ser las primeras víctimas de nuestras reflexiones.
He ahí un diálogo lúcido, fértil, interminable, doloroso y placentero entre generaciones.