El Gran Capitán, añoso y cansado recorre el territorio comprendido
entre la ciudad de Buenos Aires y Posadas, cerca del curso del río Uruguay. Va
recorriendo uno a uno los kilómetros, muy despacio y en un promedio de 33 horas
infinitas, une los 1.100 km de su recorrido. El estado de los rieles en la Argentina
es una vergüenza nacional. Este deterioro obliga al tren a circular a velocidades
ridículas y hacer de cada viaje toda una odisea.
Los paisajes en los que se hace camino cautivan a sus pasajeros. Nada de grandes
ciudades, sino inmensas llanuras y esteros que van modificando su color al mismo
ritmo de su pesado y constante paso.
Sacar un boleto para experimentar su mística está motivado por diferentes razones:
pasajes económicos, posibilidad de caminar sus vagones, trasladar sus vehículos,
hacer sus mudanzas; pero sobre todo, se debe querer viajar en tren. En este gigante
de hierro pasan muchas cosas: la gente conversa, se conecta y comparte de una manera
muy particular sus historias mínimas; como no lo hace en otros medios de transporte.
El tren a su paso, despierta en quienes lo ven circular periódicamente un efecto de
redención muy especial. Nadie es indiferente al sonido de su bocina. Es porque en
los trenes de larga distancia sigue existiendo una idea romántica de viajar y tal
vez porque en cada estación, la llegada de la máquina invita a revivir épocas donde
la actividad ferroviaria era sinónimo de progreso.