Basquiat: El ángel caído
Teresa Lañarova

Basquiat: El ángel caído
De niño le contaron que un dios todopoderoso y justiciero castigó la insolencia de un ángel expulsándolo del paraíso, creando para él, de paso, un reino de sombras y dolor del que le hizo dueño. El bien y el mal tenían así su origen, su aposento y representantes.
De adolescente aún le llegaron los ecos de los gritos "sed realistas, soñad lo imposible" y cual ángel que se enfrenta a fuerzas sobrehumanas, cogió un spray y empezó a pintar por las calles de un Harlem harto de marginación y desprecio del mundo blanco. Pintaba textos agresivos con un trazo peculiar e imágenes infantiles; apenas sabía dibujar, pero su ambición y su rabia suplían sus deficiencias. Lo quería todo: fama, reconocimiento, dinero... el mundo a sus pies; un mundo que le fascinaba y rechazaba por igual.
Su estrella empezó a brillar con rapidez. Parecía que Lucifer le hubiera ofrecido un buen pacto. Dejó el spray, salió de Harlem y empezó a pintar compulsivamente y sin tregua sobre cualquier soporte que tuviera a mano. El mundo se le quedó pequeño. Los galeristas se lo rifaban. Su pintura se llenó de símbolos diversos que conectaban con héroes, reyes, miedos, fobias y filias dentro de una mitología muy personal donde él era el díos absoluto.
En 1981 pintó este ángel caído. ¿Era,
una vez más, un canto a sus santos y héroes negros -músicos, boxeadores,
cantantes, líderes políticos- consumidos por el sistema? ¿era una
metáfora de si mismo?
A estas alturas sus obras ya empezaban a arrancárselas de las manos, húmeda
aún la pintura. El mercado artístico parecía haberse vuelto loco.
Era el triunfo de los galeristas, especuladores hábiles. A Basquiat decidieron
entronizarle: la fuerza expresiva de su producción se cotizaba más si se
tejía en su entorno el mito romántico de genio negro, incansable, misántropo,
original, caprichoso, y maleducado.
Tal vez en aquel pacto secreto cuyos acuerdos solo él conocía, estaba la exigencia de morir joven. Además de agotar sus días y noches, consumía sustancias de alto riesgo sin importarle.
Como este ángel que tiembla bajo el peso de sus alas, debió
sentir que ya no merecía la pena reinar en ese mundo. Dicen que quería volver
a África a soñar otros imposibles. Que quería dejar la pintura y ponerse
a escribir. Tenía los billetes de avión comprados. No llegó a usarlos.
Otro ángel caído llamó a su puerta, le dio una sobredosis mortal, y se
llevó a cambio su sonrisa.
Descanse en paz.