La cueva del superviviente
Piensa mal y acertarás
Mirian Daniela Saraceno

La generación de lo irónico nos atrapa. Finalmente encontraré a otras generaciones que me hablarán de códigos o respetos que hoy son anécdotas. La calidad humana normal es tratada por un reality show y sumará más puntos de audiencia cuanto más humana sea la actitud y más horrorosa la vida de nuestro semejante.
Estamos transformados en seres que evolucionaron quizá un poco menos que los monos, porque ese código que manejaban mis antepasados hoy sólo es pura teoría con guirnaldas.
Es triste creerse las mentiras de la tele y quedarnos con ese espejito lleno de colores, pero más triste es rodearse de patéticos perdedores que buscarán un poco de gloria en pequeñas luchas privadas que sólo ellos las entienden.
Pues entonces podemos decir que hay una manera de sobrevivir a esto: esperaremos atacar para ser atacados o esperaremos ser atacados para atacar (lo mismo nos da).
Miraremos al futuro como a un sueño dorado y pretenderemos que el pasado sea como un jarrón que nadie mira en el rincón de una vieja cocina que ya nadie usa.
En la época de los idiotas el más idiota es el que nos dirige y seguramente la lógica mirará en las últimas filas. Haremos el culto de lo absurdo ya que eso nos dará dinero. Daremos rating al que menos lo merece porque es lo más nombrado y haremos de cada día un gran circo fantasioso porque nos ayudará a sobrellevar el malestar de nuestras tristezas.
Me levanté un día para entender de qué trataba esto de la vida. Quise manejar los mismos códigos de pequeña para cosas cotidianas del presente y me equivoqué.
Intenté remediarlo con el diálogo aunque para dialogar se necesitan dos personas como mínimo, y tampoco tuve éxito.
Intenté ser más sincera, pero eso juega en contra según la voz popular. No es lo que se dice, sino cómo se dice. Cierto que lo externo es lo primero que se percibe... me olvidé de ese detalle. Diré cualquier burrada pero bien dicha y haré más amigos que antes.
Empecé a ver el doble discurso en el resto para darme cuenta que a la larga realmente era sólo un discurso cierto: el único que sale de una falsa melange de ideas que viven contradiciéndose.
Si acertara menos en todos mis malos pensamientos prematuros, el mundo sería otra cosa: los periódicos informarían en vez de negociar con los gobiernos. Los índices económicos serían más reales y menos dibujados por campañas pasajeras de políticos no vocacionales. La televisión educaría y no arruinaría la capacidad del que la mira. No habría tantos insultos a la inteligencia aplaudidos de pie por tanta gente. No cabrían nuestros corazones en el pecho porque estaríamos engrandecidos por la fuerza de la misma vida que nos vio nacer.
Después de tanto humo intenté mirar el sol y pude ver que si existen incertidumbres sólo nos toca mirarnos y entendernos para poder llegar a rearmar reglas posibles de aplicar en los demás. De nada vale parecer los más exitosos si no tenemos éxito en las evaluaciones nocturnas que nuestra alma nos reclama cada noche. De nada nos sirve perjudicar nuestros caminos tomando el papel de otros personajes que jamás quisimos ser. Llegaremos a un largo final con un corto principio, ese principio que siempre esperaremos sentados.
Acertaré siempre en cada predicción poco afortunada pero existirá a la vez aquel momento donde sólo la verdad ganará. Donde quedaremos perplejos ante la fuerza natural de la revancha que pondrá en orden lo que siempre queremos ver desordenado.