Alud
Gonzalo Iglesias

El 9 de febrero de 2009, durante la mañana, la ciudad de Tartagal ubicada en la provincia de Salta al norte de Argentina, fue azotada por un alud de tierra, barro y árboles que dejó un saldo de 2 muertos y más de mil evacuados. Las grandes lluvias que se produjeron en Bolivia, país limítrofe con Tartagal, rebalsaron los ríos cerro arriba precipitándose por la ladera arrastrando árboles y tierra hasta llegar a la ciudad con toda su furia. El lodo llego hasta 1,70 metros en los barrios más afectados, destruyendo viviendas por completo, incluso arrancando de cuajo un puente ferroviario.

Se dice que fue a causa del desmonte de los cerros, de la depredación forestal, del cambio climático, etc. Lo cierto es que una ciudad tan pobre como Tartagal se vio afectada y casi sepultada por el barro. Las calles antes asfaltadas ahora se transformaban en sendas de tierra y todo lo que había en los interiores de las viviendas, destruido. La tragedia no fue numerosa en víctimas fatales afortunadamente pero la mayoría de la población fue afectada de manera directa o indirecta por el alud.

Tuve la oportunidad de recorrer la localidad cinco días después del alud y ver, durante ocho días, como el pueblo se reconstruía no sólo materialmente sino también emocional y moralmente.

En Tartagal se evidencia la polarización, la fragmentación de una sociedad, dividida entre ricos y pobres. Aquellos que perdieron su casa, su auto, sus muebles y aquellos que sólo perdieron el rancho de madera en el que vivían. Aquel que el barro le llegó hasta el metro y medio y pelea por un colchón o un bolsón con comida o ropa y aquel que se queja porque el gobierno no le va a devolver su auto Alfa Romeo. Tragedias en donde el ser humano sorprende y nos atrapa a la discusión por la condición humana. Tragedias en donde el Otro se ve desde un Sí mismo, en donde el Otro queda fagocitado a un Sí mismo. En donde el Otro deja de ser un Otro. A Tartagal, podríamos decir, no la dividió el lodo.