Viajeros y turistas
Fernando Ferro
Viajeros y turistas - Fernando Ferro
París, 2005
Manuel Rodríguez

En esencia toda vida no es más que un viaje a ninguna parte, como ya aclarara el poeta Jorge Manrique tras la muerte de su singular padre y el genial Fernando Fernán Gómez dejara meridianamente claro en su más brillante novela (1). Otros antes ya lo habían formulado, y previsiblemente algunos tras nosotros volverán a darle otra vuelta al tema.

Porque viajar es desplazarse de un lugar a otro en el espacio, se supone que también en el tiempo -aunque yo no sé si el tiempo existe, ya que la única forma de medirlo es constatando que algo ha cambiado de posición-, y es infrecuente el caso del ser vivo que no se mueve desde su lugar de nacimiento hasta el de su final, los animales, o el movimiento se produce en sí mismo, las plantas en su crecimiento y consumación. Y en los animales mal llamados superiores, los humanos, el movimiento es una pasión desbocada. No sólo se desplazan para buscar alimento, descanso y relaciones de todo tipo, también se mueven por moverse. ¿ Serán estos últimos, los reconocibles turistas ?.

La analogía más próxima que se me ocurre entre el viajero y el turista es la que hay entre la cultura y la información comercial, la primera te plantea preguntas trascendentes e inquietantes y la segunda te ofrece respuestas obvias, parciales y complacientes. Por este motivo hay tanta gente que rechaza sin el menor miramiento la música contemporánea de calidad, porque le habla de las disonancias de su propia existencia, que quiere negar antes que intentar entender. Por el contrario, se encuentra muy reconfortado con los simplones arrullos melifluos de los cantantes del hit-parade y contundentemente anonadado por los machacones ritmos bacalas.

Pues viajar es lo mismo, uno viaja en solitario o en compañía para acercarse a otras realidades geográficas, económicas, sociales y culturales para en la confrontación con ese mundo ajeno encontrarse con uno mismo. Se trata de un proceso de averiguación por contraste. Uno tiene que saber mucho de las vidas de los otros para entender un poquito de la suya propia.

Para viajar con aprovechamiento conviene llevar datos previos y expectativas, el planteamiento del problema y una hipótesis para comprobar, pero nunca presuponer lo que se va a encontrar, porque en ese momento la búsqueda ha quedado frustrada, ya no hallará nada más de lo que le anunciaban al turista en el folleto multicolor de la agencia de viajes. En un viaje, para que lo sea, hay que exponerse a ciertas inclemencias, porque en los resquicios del conflicto siempre se halla un punto de luz. Si uno trata de trasladar a su periplo las monótonas seguridades del devenir cotidiano, no se enfrentará nada más que a las mismas situaciones conocidas y entonces tanto da que te encuentres en Cabo Verde como en Oslo.

Aún conociendo los deslumbrantes inventos actuales para desplazarse, sigo creyendo que para hermanarse con el paisaje, disfrutar de la compañía y hacer un tránsito reflexivo hay que utilizar el coche de San Fernando, la bicicleta, el tren de cercanías, los trenes nocturnos de largo recorrido que también son emocionantes y para el mar la vela y el barco de mediano tonelaje. Barcos de crucero, aviones, trenes de alta velocidad -tan eficaces, pretenciosos y anónimos, los pobres-, y demás artilugios mecánicos suelen carecer de interés.

Cuando veo que a un complaciente ejecutivo oriental le hacen comer tortilla de patata -previamente cocida la patata-, beber una sangría infame, jalear sus inoportunos olés en un tablao flamenquito, participar en una monótona y sangrienta corrida de toros -siempre sucede lo mismo-, visitar a la carrera el Museo del Prado y comprarse en Toledo una espadita de acero o una cartera de cuero repujado y le convencen de que ha conocido España. Cuando no ha escuchado un eco flamenco que le rompiera el corazón, ni se ha percatado que a parte de la intrínseca brutalidad de la fiesta nacional, hay detrás una experiencia plástica y coreográfica inigualable, que hay una gastronomía y unos vinos diversos, complejos y muy sabrosos, y que el Prado es un recorrido para toda una vida. Toda esta universal experiencia de los turistas extranjeros aquí, siempre me produce la inquietante sensación de que con los de aquí hacen lo mismo allí, si no padecen más crueldades.

El viajero experto sólo inicia el camino por dar cauce a una necesidad contrastada y si coincide con el turista ocasional, que deambula por el trayecto de moda, en un punto y hora concreto es una confluencia aparente, dado que ambos están sometidos a solicitaciones bien distintas o directamente contrarias.

Evidentemente, el viaje más intenso es el que se hace sin moverse del sitio, en el que se busca el recuerdo de otros viajes, se va a dialogar con los muertos queridos o con los amados lejanos, a los odiosos con haberlos padecido en vida ya es suficiente -creo que es mejor olvidarlos y no visitarlos ni con el pensamiento-, se visitan de nuevo lugares en los que fuimos felices y que quizás no existieron nunca y, sobre todo, se planifican los futuros recorridos que nos proporcionarán los mejores frutos de cualquier viaje.

A pesar de lo dicho, veo que hay gentes que pasan por la vida de turistas, acercándose siempre a lo más banal, sin intentar siquiera enterarse de algo, y tal vez sean los verdaderamente felices.

(1) - El viaje a ninguna parte. Fernando Fernán Gómez. Editorial Península 2007.

Fernando Ferro

fernando@elangelcaido.org

Licencia Creative Commons
Mayo 2009