
En los muchos vuelos que he realizado no he sentido miedo a pesar de ser latino.
Soy consciente de que si te quieres ganar la simpatía de la persona que lee,
lo aconsejable es dejar constancia de tus debilidades, pero no es el miedo
a volar una de las mías.
En cierta ocasión, volando sobre El Salto Ángel,
recordé el artículo que Gabriel García Márquez escribiera
veinte años antes, en octubre de 1980. Era una excursión familiar y yo
me había adueñado del asiento del copiloto. Tenía ante mí
el mando, que ejercía como péndulo hipnótico al ritmo suave que
marcaba el capitán, pero sólo me atreví a acariciarlo por percibir
a través de las yemas de los dedos el cositeo de sus entrañas.
Sobrevolábamos la Gran Sabana de Venezuela un día de excesiva calma y
casi sentí la necesidad del miedo al avión por experimentar esa
sensación que cuentan; para saberme machito hablando de ello más tarde.
Se ve que no me concentré lo suficiente. En cambio se apoderó de mí
otro sentimiento fuerte: en ninguno de los viajes había logrado entrar en la
cabina de mando; siempre había sido ignorado a juzgar por la facilidad,
según cuentan, con que otras personas lo consiguen:
el complejo de inferioridad que, como el miedo a volar, también se aprende.
Hablaba GGM en su artículo de un amigo español que fue invitado a presenciar un decolaje desde la cabina de mando. Cuando lo leí no fui capaz de interpretar qué maniobra era ésa. Lo había consultado en diferentes diccionarios y enciclopedias de aquellas fechas sin resultado. La imaginación me decía que podía ser una especie de derrape, de deslizamiento semicontrolando las ruedas por la pista hasta posicionar la cola mirando al frente, pero parecía peligroso, más propio de juegos de chavalería que de profesionales maduros.
En aquellos días visitamos la feria de Mérida, ciudad universitaria. Mi familia me hizo fijar la atención en el cartel que exhibía un tenderete: Pantalones que levantan la colita. Era obvio que aquellos pantalones estaban diseñados para elevar las nalgas, levantar los culos que se van cayendo con la edad, la sobrealimentación o la holganza, pero son palabras malsonantes en ciertas zonas del español meridional. Allí debí preguntar mi duda sobre el decolaje pero no me atreví.
En el aeropuerto de Las Piedras estuve a punto de interrogar a mi primo; tampoco lo hice llevado por el acontecimiento de la despedida. Y en La Guaira, mientras esperaba el trasbordo, escrutaba con atención las maniobras de los aviones por ver si deducía el significado. Nada: unos despegaban y otros aterrizaban sin derrapes. Se estaba convirtiendo en obsesión la dichosa palabra, pero a sabiendas de encontrarme en los lugares oportunos para salir de mi propio atolladero, seguía empecinado en no preguntar. De pronto fui consciente de que la introversión me convertía en memo, y que quienes somos así, encontramos un placer íntimo navegando por las incertidumbres.
¿Despertará interés algo escrito por quien nunca entró en una cabina de mando?