
Para empezar por el principio habría que aclarar, que la existencia del pueblo judío es anterior a la práctica de la religión monoteísta conocida por judaísmo y que aquél estaba constituido por diferentes tribus seminómadas asentadas en el territorio de la actual Palestina. Con toda probabilidad esta religión fue creada por el faraón Akhatón IV, siglo XIV antes de la era común, que refundió doctrinas zoroastristas -adoradores del dios sol- de Babilonia. Estas nuevas creencias fueron trasladadas y transformadas por uno de sus más directos colaboradores, el judío Moisés, a su tierra de origen cuando huyó con parte de su pueblo.
Por otra parte, y ya que se trata de una comunidad humana ancestral, la condición de pertenencia al pueblo judío se establece a través de la línea materna, sociedad matriarcal, o por convertirse libremente a la religión judía y cumplir con los rituales de iniciación correspondientes.
Dadas las adversas y dispares condiciones en las que se desarrolló este viejo pueblo, es fácil deducir que no todos los judíos son practicantes de dicha religión, de hecho las corrientes de pensamiento y creación artística más interesantes surgidas de este pueblo son de no creyentes o directamente ateos, y que muchos de los practicantes de esta religión no son de origen judío. Porque a pesar de no tener la religión judía una doctrina expansionista, hubo en su historia dos conversiones masivas de singular importancia y prácticamente simultáneas en el tiempo. La primera se produjo por el sur, y fueron las tribus bereberes de los desiertos norteafricanos los que convertidos al judaísmo se enrolaron como tropas mercenarias al servicio de los invasores musulmanes de la Península Ibérica. El hecho de que hubiera judíos con anterioridad es posible, pero en todo caso serían poco numerosos. Su número e influencia cambió radicalmente a partir de ese momento, mediados del siglo VIII, y de ahí vienen los judíos sefardíes y su lengua, el ladino -una forma singular del castellano medieval-. En el norte y en el año 740, el rey de los jázaros, una importante tribu de origen turco descendiente de los hunos que entonces estaban asentados en torno a los Montes del Caúcaso se convirtió al judaísmo y con él, su pueblo. De aquí vienen los judíos askenazí y también su lengua propia el yiddish, mezcla de alemán y hebreo.
Llegados a la situación presente, es obvio pensar que los pobladores de la actual Palestina-Gaza, Cisjordania y los territorios ocupados por el Estado de Israel, cedidos por el decadente Imperio Británico en 1947, son los verdaderos judíos que nunca abandonaron aquellas tierras, aunque se convirtieran a la religión musulmana. Ellos son las principales víctimas del genocidio perpetrado por el Estado de Israel, que no cejará hasta exterminarlos u obligarlos a huir. En el otro lado, actuando como verdugos, están todos los inmigrantes de los depauperados países del Este de Europa, de la lejana Argentina y de la próxima Etiopía, también hay judíos negros, que logran ascender en la escala social desde el lumpen judaísmo del que proceden actuando como crueles policías al servicio de los intereses petrolíferos y militares del Imperio Norteamericano.
Esta nueva conquista del oeste recuerda cabalmente la trágica suerte que corrieron las comunidades autóctonas del continente americano, que fueron exterminadas por toda suerte de marginales despiadados amparados por las Monarquías Británica, Francesa y Española, además de las Iglesias Anglicana y Católica. El terrible colofón a estos hechos fatídicos lo puso el naciente Estado Norteamericano, que acabó del modo más inhumano imaginable con la población indígena.
También el Estado de Israel condena a sufrir la violencia y el terror que ejercen y ejercerán los agredidos contra los sicarios de ahora, y por proximidad a la parte sensible y minoritaria de esa población israelita que no comparte la violencia, porque sólo beneficia a terceros lejanos. En ningún caso los judíos de la Bolsa de Nueva York, ni los banqueros judíos de París, ni los comerciantes judíos de Londres, ni los traficantes judíos de diamantes de Ámsterdam, ni tantos otros poderosos de su comunidad esparcidos por el mundo vivirán aterrorizados, ni derramarán su sangre por alcanzar el sueño sionista del gran Israel. Objetivamente, la pertinaz orientación guerrera del estado sionista atenta contra la misma existencia del pueblo judío sobre la tierra.
Sólo una negociación honesta entre ambas comunidades, que defina normas de convivencia y respeto mutuo para lograr una paz duradera, salvará a unos y otros de la liquidación.