La cueva del superviviente
El retorno a la inocencia
Mirian Daniela Saraceno

Por un segundo durante algún día de algún año, salimos a la calle y nos sentimos muy frágiles ante los demás. Sentimos que no hay leyes reales porque la misma ley es creada por nosotros mismos y nosotros mismos terminaremos en el mismo sitio. Nos sentimos sin fuerzas al ver que el que hoy nos mira y nos pide ayuda sin conocernos, es el que mañana nos mirará a nosotros en aquella situación. Vemos cómo los hijos de los hijos crecen y aún seguimos pensando que somos esos niños de hace años, necesitando jugar a algo y lo hacemos. Algunos juegan a hacer negocios y ganan, luego con su dinero ejercen poderes que no existen en realidad. Todo es irreal, todo lo hemos impuesto sin darnos cuenta de quién lo hacía. Ayer los negros eran aborrecidos y hoy son los salvadores de alguna cosa que nos atormenta.
Valemos lo que tenemos y eso nos hace tan pobres que aún no nos damos cuenta.
Y luego sucede que cruzamos el charco de algún continente y empezamos a ver los valores esenciales del ser humano, de nuestros pares... eso que no vemos alrededor nuestro.
En el año 2007 viajé a Egipto. ¿Y saben lo que diferencia aquella sociedad de ésta? ¿Aquellos niños de estos? ¿Aquellos trabajadores de nosotros mismos?, el retorno a la inocencia.
Descubrí que la felicidad de un niño en África se parece mucho a mi felicidad, esa felicidad básica que siento cada tanto.
Descubrí que el asombro todavía existe, estaba en esas caras. Descubrí que tenía que viajar muy lejos para ver la realidad sin máscaras, esa máscara que nos imponen cuando creemos que sólo con ese coche podemos salir a la calle. Esa máscara que nos imponen nuestros jefes cuando nos hacen creer que trabajamos en conjunto para un mismo objetivo. Todos sabemos que no hay objetivo común.
Tuve que subirme a una balsa de madera y cruzar a la isla Elefantina. No dejaba de sacar fotos intentando guardar algo de ese momento, no me daba cuenta de que todo quedaría dentro de mí. Me reí varias veces e intenté hablar alguna cosa hasta que llegó aquella pregunta: ¿Cuántos amigos tenes? No la entendí, y no sé por qué no la entendí... no era tan complicada. Se la hice repetir y con naturalidad la repitió: ¿Cuántos amigos tenes?... Empecé a contar mentalmente y me di cuenta que amigos de los buenos tengo muy pocos. Tiré una cifra muy justa y muy real para aquella pregunta: tengo cinco amigos. La respuesta fue más que contundente, me miró con asombro y reprochó aquel número sorprendido... ¿Por qué sólo cinco? No tuve respuesta, me quedé en blanco, nunca nadie me había preguntado por qué tenía sólo cinco amigos y jamás se han sorprendido por eso. ¿Tú cuántos tienes? Y su naturalidad bastó para creer que hasta ese día no había entendido nada de la vida: Tengo cien amigos más o menos.
Me reí, me asusté, me horroricé como es natural en una persona que sólo se horroriza de la subida del Euríbor.
También yo le reproché aquella respuesta: No puede ser, dije convencida.
Él me miró, me sonrió y me dijo: ¿Por qué no puede ser?, es la verdad. Tengo cien amigos, y siguió remando.
Regresé a estas normas y me involucré nuevamente en la ley del poderoso de la cuenta bancaria más enorme. Me involucré otra vez en "sólo conservaré mis pocos amigos y me cuidaré del resto de la gente", me involucré en quejarme porque mis ahorros no son los esperados y en ser cauta al caminar por la calle.
Otra vez me involucré en "sólo con este compañero de trabajo podré sentarme a tomar un café, el resto intenta pisarme".
Otra vez respetaré a los dueños y los gerentes...
Sólo iré a la misa del domingo y festejaré la navidad esperando las rebajas. Y si choco con el coche, esperaré, por supuesto, la posibilidad del otro (o mía) de sacar dinero de más al seguro. Si mi jefe me sonríe es que han subido las ventas, si mi jefe está enojado es que las ventas han bajado... Así es señores... Regresé a las normas universales...
¿Universales?
¿Universales para quién?
Por un momento me puse triste y traté de olvidar que esas normas son construidas por nosotros... e intenté pensar que por aquellos sitios también existen, sólo que el común de la gente casi las desconoce y no es el caso nuestro.
Se dice que tenemos poder cuando tenemos información, y juro que no lo dudo...
Sólo que a veces somos víctimas de ese propio poder que nos ofrecen y lo peor de todo es que lo compramos como real.


