
Entro allí de mala gana. Arrastraba un cansancio de varios días. Tantos como los que llevaba en la ciudad. Demasiadas ilusiones por ver París y al final, tanto luchar en casa para conseguir que le dejaran marchar, tanto ahorrar para financiárselo, tantos esfuerzos y discusiones y ahora resulta que el viaje no parecía estarle compensando en nada. No sabía muy bien que era lo que le provocaba esa desazón, cual de las peleas en el grupo por cosas tan tontas como interpretar el mapa de forma distinta, la manera de repartir el fondo, decidir las rutas, los descansos, dónde y qué comer... le iba quitando la alegría y energía para recorrer una ciudad excesivamente grande.
Tampoco el Louvre arregló las cosas. Al final se apartó de los demás y se decidió a vagabundear recorriendo las salas sin rumbo fijo, ya se verían todos a la salida. Llevaba media hora en ese deambular cuando le entraron una ganas enormes de volver a casa. Nunca, pese a ser un sitio tan lleno de gente, se había encontrado tan solo y fuera de lugar. Nunca había sentido una angustia así. Se hubiera puesto a gritar o a correr hacia la salida de no haber sido porque la vio. ¿Quién era esa mujer desnuda con un papel en la mano y esa cara de infinita tristeza? ¿qué acababa de leer que parecía haberle destrozado la vida? ¿qué tenía esa obra que le inquietaba tanto? Era de una hermosura extraña, su desnudez no estaba de moda, además era muy mayor para él, pero daban ganas de amarla, protegerla. No se dio cuenta de lo rápido que se le pasó el tiempo, ni de que su angustia se había evaporado. No recuerda cuanto rato se pasó contemplándola. Varias veces intentó irse y varias volvió de nuevo. Su imagen poseía un imán que le hacía volver sin remedio a contemplarla. ¡¡Betasabé, hermosa y triste Betsabé¡¡ ¿quién te ha dejado en ese estado?
Muchos años después, cuando hacia tanto tiempo que el misterio de la historia bíblica había quedado resuelto, aprovechando un viaje de negocios a Madrid, que se resolvió con éxito, entró feliz una mañana en el Prado tras el tirón de Rembrandt, sin tiempo para saber que se iba a encontrar. Y allí, en la última sala, casi al final de la exposición, volvió a encontrarse con ella. Tras la alegría inicial empezó a sentir un extraño desasosiego. ¿Oh hermosa Betsabé porqué me conmueves tanto? La fragilidad de su mirada perdida, la impotencia de su ensimismamiento, le llevó incluso a creer ver que su cuerpo temblaba, cuando cayó en la cuenta que era el quien empezaba a sentir escalofrios. ¿Qué tenía esa mujer que le estaba dejando tan desolado? ¿qué empezaba a remover en su interior? ¿qué miserias propias le dejaba en evidencia? Se sintió muy cansado y busco un banco para sentarse. Había uno enfrente, auque lejos. Esta vez no se resistió a dejar de mirarla. Sabía que era inútil. Entonces comprendió de pronto y eso le hizo sentirse aún peor. Sintió que, como el rey David, por aquella mujer, hubiera sido capaz de todo.