No quiero olvidar aquel verano
Juanma Ferreira
Manolo
Manolo

José Manuel es mi padre. Unas horas antes de recogerme en casa e ir a la cena de Nochebuena, me dijo textualmente: - ¡Mi padre es un cabrón, es un auténtico cabrón!. No intuí duda alguna en su afirmación. Hablaba, claro está, de mi abuelo. Su nombre es Manolo y su edad, alrededor de 87. Es padre de tres hijos y una hija. Abuelo de 6 nietos y 4 nietas. Además tiene 1 bisnieta y 1 bisnieto. Está casado con mi abuela Gloria hace más de 60 años, es natural de Madrid y vive en Oroquieta, zona periférica de la capital. Siempre fue muy activo. Trabajó en Osram, donde las bombillas.

Mi recuerdo más bonito de él, es un juego que consistía en mirar fijamente durante un minuto a un punto de su casa y preguntarme sobre lo que había visto. ¿Cuántas postales hay en el marco del cuadro?, ¿cuántas bombillas hay en la lámpara?, ¿cuántas están fundidas?... Supongo que es la versión de barrio del Brain Training. También recuerdo cuando bromeaba con todos los nietos dándonos leves golpes en la cabeza con un periódico, a la vez que sonreía y nos enseñaba los huecos que había en su dentadura. Ahora, esos y otros periódicos, los almacena en su casa y mi padre, su hijo mayor, se los tira a escondidas para evitarlo.

Un verano, mis padres encargaron una reforma en casa y nos mudamos con mis abuelos. Mi hermana tuvo la suerte de quedarse con mi abuela materna que en esa época ya era viuda. Fue un verano apasionante... supuestamente debía ocupar mi tiempo en recuperar 8 asignaturas que me habían quedado para septiembre, pero preferí dedicarlo a perder kilos en su bicicleta estática, además de registrar todos los cajones de la casa en ausencia de mis padres y abuelos, seguir las primeras indicaciones sobre las pajas de mano de mi primo mayor, y cómo no, practicar de manera indiscriminada lo aprendido. El sexo, sin lugar a dudas, fue motor de aquellos días. En mi labor veraniega de aprendiz de Sherlock Holmes, descubrí, miré y remiré una y otra vez una vieja revista erótica que escondía mi abuelo entre otros papeles. También conseguí quedarme despierto lo suficiente como para ver por primera vez en la tele Nueve semanas y media y además perdí el entusiasmo de Sherlock, para apreciar que mi primo y su polla eran dignos del mundo de otro Holmes. En este caso de nombre John.

Posiblemente lo que más me haya traumatizado, -aunque esta quizá no sea la palabra que mejor representa mi percepción ante lo que viví-, fue un día que a la vuelta de la típica compra de sábado por la tarde junto a mis padres, en el Centro Comercial de Moratalaz, cazamos a mi abuelo con los pantalones, y uno de esos calzoncillos rancios amarillos de persona mayor, bajados hasta los tobillos. Él, sentado en un sillón con su arrugado, y por qué no decirlo, flácido miembro en la mano, observaba a mi abuela sentada en otro de los sillones con uno de esos vestidos floreados talla grande de mercadillo. Y sí, subido hasta la cintura y con uno de sus pechos caídos salpicado al aire. ¡Pobres!. Y pobres mis padres. Mi madre cerró la puerta rápidamente y nos fuimos los tres a la cocina. Todos pensamos algo, pero nadie dijo nada. Esperamos a que la puerta se abriese y apareciese mi abuelo como si nada, sabiendo que no diría nada y efectivamente, no dijo nada. La verdad, es que creo que en una situación así, les vine a huevo. Nunca más se supo de aquel tema o por lo menos a mi no me hicieron partícipe. Pasó el tiempo y la reforma acabó. Yo perdí unos kilos y además repetí curso.

Hace unos 10 años me encontré con mi abuelo en el metro. Se hizo el despistado. Lo sé porque esas cosas se notan. Me dirigí hacia donde estaba sentado, y mientras él fingía sorpresa y yo las ganas de saludar, ambos deseábamos que aquel momento no se alargase en exceso y pudiésemos salir airosos de aquel trance. Se notaba que no teníamos confianza y nada que decirnos. No existía complicidad, y seguro que en ese momento, sacar el tema de su morbosa y calurosa paja mientras observaba a mi abuela, no era un tema como para comenzar un cómplice entendimiento.

Supongo que este es el punto más claro en el cual me di sobrada cuenta de que mi abuelo no es más que una persona que me ha tocado como familia. Nunca noté un interés en mí por su parte, y tristemente ese interés, yo tampoco lo tenía hacia él. Desconozco si realmente es un cabrón, y tengo muy claro que ya es muy tarde para descubrirlo. Supongo que la opinión personal de mi padre es simplemente eso, una opinión personal. Mi abuelo, estoy seguro que no dedica ni un segundo a pensar si es un cabrón o deja de serlo. Pero sin conocerle, y teniendo como lejano punto de encuentro sólo una revista erótica con la que nos hemos pajeado los dos, sé que piensa 24 horas en mi abuela, la que sigue siendo su mujer y madre de sus cuatro hijos.

A día de hoy, ella se muere. Se muere en el Hospital Doce de Octubre. Insuficiencia cardiaca, falta de oxígeno en la sangre, una media de 39º C de temperatura y Alzheimer. Sé que piensa en ella. Lo que no puedo llegar a saber exactamente es qué siente, conociendo que la persona con la que ha compartido su vida dejará en breve de hacerlo. Le hace un cabrón el miedo y la pena por la muerte de su compañera. Creo que eso es lo que le hace un cabrón. Y cuando mi padre me lo dijo, era porque veía cómo Manolo gritaba a Gloria. La metía prisa: - ¡Vamos Glorita!. Y le recordaba que debía levantarse, lavarse, vestirse, hacer la cama y bajar a por el pan... - Luego tenemos que comer... ¡vamos Glorita!. Yo creo que la gritaba para despertarla. Para intentar que el Alzheimer no la secuestrase más de lo que ya estaba secuestrada. Pero tristemente, él sabe que es una lucha perdida.

No quiero, pero quizás algún día, yo también olvide aquel verano.

Juanma Ferreira
Madrid, a 6 de febrero de 2009

juanma@elangelcaido.org

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