
Desde entonces me ha gustado escuchar y leer a las personas sabias, aunque
no todas me han deslumbrado. Pienso siempre, sin excepción, que la culpa
es mía por no estar a la altura de sus conocimientos y, aceptándolo, intento
reflexionar siguiendo el ejemplo de mi vecina.
Hay una idea bullendo en mi cabeza que no llega a exteriorizarse; no llega
a tomar cuerpo: es una inquietud sobre la cultura, o tal vez sobre esas
personas cultas que no siempre me han parecido inteligentes. ¿Y qué es la
inteligencia? Debería ser la herramienta para la búsqueda de la felicidad.
No puedo concebir persona inteligente alguna que no pretenda la felicidad
y en esa búsqueda tropiece con la reflexión, e instalada en ella, no bucee
en su interior sin hacerse trampas.
Pretendo que reflexionemos a través de esta columna como lo hacía aquella
mujer que logró interesarme con su interés y que encendió dentro de mí,
en edad tan temprana, la inquietud de las vislumbres; esos destellos que
a veces brillan en nuestro pensamiento tras escuchar o leer una frase que
no llega a cubrir las expectativas que había despertado, que se rinde cuando
sólo ha apuntado el principio de una idea —o incita hacia otra diferente—
por desarrollar. O aquellos que surgen de lo que esas mismas frases callan,
sin consciencia de que el silencio abre fisuras en lo más íntimo de las
convicciones humanas.
Se habla del mar y en cada persona surge una representación,
diferente según
su experiencia con él. Lo mismo puede decirse del campo, cada ser ve en él
aquello que reafirma sus convicciones. No sólo son palabras.
También me subyugan las verdades eternas de cada
época que suelen condenar
a quienes no las comparten; aunque con el transcurrir del tiempo se llegue
a decidir que ni eran eternas ni verdades, sino imposiciones de la cultura
del momento. Tópicos al cabo que, como decía Ortega, sirven para que
saquemos de viaje a los intelectuales.
Esta columna no pretende alcanzar más allá del círculo de amistades de El ángel caído. Ese fue el destino, en el principio de los tiempos, de las expresiones gráficas que algún ser remoto pintaba en las rocas de las cuevas. Es a esa humanidad cercana a quien se dirige.