En 500 palabras... ¿Qué?
J. Bielsa
En 500 palabras... ¿Qué? - J. Bielsa
Graffiti en la calle Batalla de Villaviciosa
(Guadalajara - España)
No todo es como nos lo cuentan.
Tampoco como yo lo digo, ni como tú lo piensas.
¿Qué tal si debatimos sobre ello?
La literatura tampoco es inocente.
En 500 palabras... ¿Qué?
Todo comenzó hace más de cincuenta años. De niño me preguntaba si podría conversar con una persona mayor. La idea me inquietaba porque si bien las palabras fluían con desenvoltura en mis labias infantiles, intuía que la duda se refería a la capacidad de despertar interés. Una tarde, a la vuelta del colegio, me sorprendí en animada charla con una señora. Ella se interesaba ardorosamente por las materias que impartían en clase y se quejaba con dolor por no haber ido a la escuela y apenas saber escribir. Fue ella quien me deslumbró con su conversación. La traté muchos años y siempre me pareció una mujer inteligente por su forma de reflexionar. Algo, que no sabía explicarme, se encendió dentro de mí aquella tarde.

Desde entonces me ha gustado escuchar y leer a las personas sabias, aunque no todas me han deslumbrado. Pienso siempre, sin excepción, que la culpa es mía por no estar a la altura de sus conocimientos y, aceptándolo, intento reflexionar siguiendo el ejemplo de mi vecina.

Hay una idea bullendo en mi cabeza que no llega a exteriorizarse; no llega a tomar cuerpo: es una inquietud sobre la cultura, o tal vez sobre esas personas cultas que no siempre me han parecido inteligentes. ¿Y qué es la inteligencia? Debería ser la herramienta para la búsqueda de la felicidad. No puedo concebir persona inteligente alguna que no pretenda la felicidad y en esa búsqueda tropiece con la reflexión, e instalada en ella, no bucee en su interior sin hacerse trampas.

Pretendo que reflexionemos a través de esta columna como lo hacía aquella mujer que logró interesarme con su interés y que encendió dentro de mí, en edad tan temprana, la inquietud de las vislumbres; esos destellos que a veces brillan en nuestro pensamiento tras escuchar o leer una frase que no llega a cubrir las expectativas que había despertado, que se rinde cuando sólo ha apuntado el principio de una idea —o incita hacia otra diferente— por desarrollar. O aquellos que surgen de lo que esas mismas frases callan, sin consciencia de que el silencio abre fisuras en lo más íntimo de las convicciones humanas.

Se habla del mar y en cada persona surge una representación, diferente según su experiencia con él. Lo mismo puede decirse del campo, cada ser ve en él aquello que reafirma sus convicciones. No sólo son palabras.

También me subyugan las verdades eternas de cada época que suelen condenar a quienes no las comparten; aunque con el transcurrir del tiempo se llegue a decidir que ni eran eternas ni verdades, sino imposiciones de la cultura del momento. Tópicos al cabo que, como decía Ortega, sirven para que saquemos de viaje a los intelectuales.

Esta columna no pretende alcanzar más allá del círculo de amistades de El ángel caído. Ese fue el destino, en el principio de los tiempos, de las expresiones gráficas que algún ser remoto pintaba en las rocas de las cuevas. Es a esa humanidad cercana a quien se dirige.

J. Bielsa
Guadalajara, octubre de 2008

pepe@elangelcaido.org

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