
El cuento de la escalera de servicio
Érase una vez un lugar y un tiempo muy lejano, donde ocurrieron las cosas fantásticas que ahora paso a relatar. De este modo distante y ajeno hubiera podido comenzar su narración la profesora Elena Sanemeterio, para no dolerse en cada palabra y en cada frase escrita de su relato trágicamente autobiográfico.
La novela, que también lo es, es sobre todo un homenaje a un personaje sencillamente heroico, su madre. En ella concreta a todas las mujeres que, derrotadas en la mal llamada Guerra Civil y quebrado el sueño de libertad que para ellas supuso el desgraciadamente breve período republicano, continúan vivas. Estas humildes y bravas mujeres, que perdieron a sus padres, hermanos y maridos en el frente, o fueron vilmente asesinados en la posguerra, o permanecían presos con largas condenas, se conjuraron para sobrevivir y sacar adelante a sus hijos y además ayudar a sus desvalidos familiares.
La técnica literaria utilizada para romper la continuidad de lo vivido con lo narrado, es la del personaje interpuesto, una niña narra en primera persona con la más natural sencillez los desoladores hechos que conformaban la realidad de esos momentos. El tiempo descrito es el transcurrido entre la primera infancia y la adolescencia, que se corresponde con el inicio de la Guerra y los sórdidos años 40 y 50. El espacio donde transcurre la acción es la ciudad de Madrid, principalmente en la modestísima y vacía vivienda donde la niña pasa sola la mayor parte de su infancia, que sólo cuenta con el apoyo de las vecinas y su discreta atención.
Otro espacio singular, y provocador contrapunto de su vivienda, es la lujosa residencia que habita el personal al servicio de la Embajada de la Alemania nazi donde su madre trabaja como empleada. A éste y a otros edificios ocupados por las cases dominantes, donde acude acompañando a su madre para pedir clemencia para su padre preso, siempre accede a través de la escalera de servicio. Un tercer espacio para la acción es el entramado de destartalados pisos en los que se establecían los colegios nacionales, donde se enseñaba a respetar sin sombra de dudas el orden militar y católico establecido, y donde las sádicas profesoras falangistas se ensañaban con las niñas pobres.
También se describen las tristísimas e inevitables visitas a los penales de Ocaña y Yeserías, lugar en el que conoce a un hombre con barba, rostro demacrado y ojos hundidos que le da miedo y es su padre. Ahí conoce la existencia del cura del penal, que no duda en romperle los dientes a cristazos a los presos que van a ser fusilados y no quieren confesarse. Este distinguido religioso fue inmortalizado por el poeta Miguel Hernández, que vio como daba el tiro de gracia a los fusilados con su propio pistola o los remataba a martillazos.
Otro lugar, que contrasta con la desquiciada cotidianeidad urbana, es el pueblecito de la provincia de Guadalajara de donde es originaria su familia y que se convierte en un bálsamo. Allí descubre la serena belleza de la naturaleza y el indolente fatalismo de los campesinos, en definitiva, un medio más cordial aunque no exento de durezas, que calma sus infortunios diarios.
La narración remata con un capítulo en el que describe su entrada en el mundo laboral, el opresivo ambiente de la jerarquía burocrática, los libidinosos deseos de sus compañeros y el trato despectivo de sus casposos jefes. Un apunte lleno de sugerencias de lo que podría ser una magnífica novela que diera continuidad a la presente.
En definitiva, no se trata de otra novela gratuita sobre la Guerra Civil y su miserable posguerra, sino de un testimonio único que conforma una narración necesaria, construida en doscientas páginas insustituibles. La novela huye de cualquier maniqueísmo, en el que los actores jueguen un papel prefijado en función de su clase social o ideología, los ricos no son avaros e insolidarios por ser ricos, ni los pobres son honrados y generosos por ser pobres, acciones y posiciones aparentemente contradictorias se entrecruzan, como todos conocemos en nuestra propia experiencia. Lo asombroso del texto es que está escrito sin el menor asomo de resentimiento, los hechos descritos, los actos de solidaridad y los de crueldad, son tan claros que sus protagonistas y beneficiarios han quedado perfectamente definidos para siempre.
Ninguna cortina de humo interpuesta por los poderosos de ahora, que en la inmensa mayoría de los casos son los herederos de los verdugos de entonces, confundirá a quien no sea imbécil sin remedio o cínico interesado. La inmensa crueldad de los vencedores y el sufrimiento injusto de los vencidos no ha sido un cuento, y todos aquellos que lo padecimos en carne propia o en la de nuestros padres y abuelos, nunca deberíamos permitir que se olvidara.
El libro, que fue Premio Ciudad de Barbastro en su edición de 2005, goza de una cuidada edición a cargo de María Manso y de su editorial Taller del Libro. Los 500 ejemplares numerados de que consta la primera edición del 2008 se caracterizan por la calidad del papel escogido, la bella tipografía seleccionada y hasta el muy cuidado colofón, haciendo de estos volúmenes un ejemplo reconocible para cualquier editor que aborde su oficio con dignidad.