Juan Rulfo

 
 
 

Polvo eres. Fotografías de Juan Rulfo

Enfoca
Se ha dicho repetidas veces que el genio de un artista no es un producto enteramente personal.
Las llamadas influencias históricas o culturales se concretan en el sencillo espacio regional donde transcurre la vida del escritor, pintor, etcétera.

Juan Rulfo no escapa de esta aseveración y, más aún, se le ha tomado como ejemplo y como escuela (generando productos no siempre certeros).
Los antecedentes de Rulfo nutren sus ambas obras: la literaria (multipremiada y reconocida) y la fotográfica (no del todo descubierta por las mayorías).

Es indudable que en Rulfo se alza constante y generadora la imagen de la tierra, así lo evidencian los nombres de algunos de sus cuentos: El llano en llamas (título de unos de sus libros), la Cuesta de las Comadres, Nos han dado la tierra, Luvina (nombre de un cerro), Paso del Norte.
Aunque el resto de sus cuentos, y de su fantasmal novela, Pedro Páramo, no porten títulos semejantes, sí hablan de un México rural que aparentemente dejó de serlo a partir de los años 50.
Digo aparentemente porque a lo largo de todo el territorio nacional sigue existiendo un campesinado que se niega a desaparecer y que se muestra al mundo cotidianamente en el trabajo diario de la labor campesina rudimentaria y estalla multicolor en las fiestas religiosas de cada pueblo.

La fuente de nutrición para las imágenes rulfianas son sobre todo los paisajes secos, desnudos de verdor que podemos apreciar aún en el Sur de Jalisco.
La región de Sayula (de donde erróneamente cree la mayoría que es Juan), junto con un puñados de pueblos (Amula, San Juan de Alima, Zapotitlán, Tuxcacuesco, región conocida como "El Bajo"), ejemplifican correctamente este paisaje peor para los ánimos que el desértico ya que las pocas plantas ahí existentes, secas y quebradizas, parecieran un símbolo de una constante muerte.
Polvo que se levanta donde, en otras regiones, hay brisa; polvo que cala en los pulmones dejando profunda huella en los interiores del alma.

Rulfo respiró estos aires, pero no se quedó en el mero respiro ¿qué produjo al sentirse poseedor de una imagen que convertiría en propia?



Juan Rulfo


Dispara
La tierra para el mexicano es auténticamente una madre, pero no sólo el origen de nuestra identidad, sino también de un destino inalterable.
Repetidas veces he escuchado entre los míos, "aquí nací y aquí moriré".
Origen y meta, la circularidad de la Tierra deja de ser una obviedad geográfica para convertirse en un símbolo rector.
Qué lejos estamos de los europeos y los argentinos que se han decidido a conquistar el mundo alejándose de su terruño original.

El símbolo de la tierra como origen del mundo, visión mexicana, como lo estamos tratando aquí, nos viene de los pueblos prehispánicos.
Observemos las pirámides y atendamos a su significado indígena.
No es el "llegar al cielo" del mundo occidental con su ejemplo máximo, la Torre de Babel.
No, lejos de todo ello la pirámide azteca y maya es un ascender la tierra, hacerla llegar a lo alto, como dando a conocer a los seres celestes cómo es el mundo terreno.



Juan Rulfo


Revela
Rulfo es un excelente fotógrafo que obedece sus instintos y olvida las influencias de sus contemporáneos.
Nadie más lejos que un Álvarez Bravo ya completamente citadino y hasta universal.
Retraído (como nos lo ha descrito Juan José Arreola) parecería huir constantemente de la compañía de los demás.
La soledad pareciera la constante rulfiana (y eso rayaría en lo obvio ya que la mayoría de sus fotos son paisajes y éste puede muy bien omitir la figura humana. Sin embargo esto no es enteramente así, los atriles e instrumentos musicales de una banda musical acusan un gusto por la ausencia de la figura humana).

Dados estos antecedentes podríamos muy bien pensar que Rulfo no es un fotógrafo de lo humano, pero nada más alejado de la verdad.
Él es un fotógrafo muy humano a la caza de imágenes plásticas.
Para entender esto hay que observar más de cerca y detenidamente.
Partamos de lo mencionado anteriormente.
El escritor jalisciense ha vivido su infancia entre cerros de arbustos estériles y remolinos de polvo, ha visto de cerca la desesperanza de dos guerras civiles (la Revolución Mexicana y la Guerra Cristera).
Desde joven supo del abandono gubernamental lo cual tradujo, paisaje y sociedad, en desesperanzas existenciales (esos dos pilares que nos formaron como humanos, la naturaleza y la cultura, se le han venido abajo).

Hay en Rulfo, como una constante, sensualidad en las texturas y en la imagen lograda.
El paisaje, para el indígena (he aquí otra de las herencias recibidas), alcanza sesgos de espiritualidad, todo tiene vida y alma.
Por eso todo merece respeto y no es infrecuente encontrar al indígena pidiendo perdón por los daños que ocasionará al medio ambiente para lograr su subsistencia.
Rulfo capta con su lente esa espiritualidad para, a través de la fotografía, alcanzar el simbolismo de una existencia jamás muerta.

El gran acierto de Rulfo como fotógrafo es haber transformado una imagen externa en un símbolo interno, de una desolación profunda del campesinado mexicano (que no fallaríamos en calificar de universal, tal ha calado en lo profundamente humano).
Paisajes de una naturaleza muerta, sentimientos de percepción desencantada.
Cielos sin nubes, futuros sin esperanza.

Cuidadoso observador de sus iguales y su desesperación, al menos nos ofrece la consolación de la belleza a través de la fotografía.


Ergo Rodrerich
2005, Zapotlán, El Grande, México
ergo_rodrerich@yahoo.com.mx



Juan Rulfo